El traje de Mark Zuckerberg

mayo 10 de 2017
Tengo una relación ambivalente con el Facebook. Lo amo porque me ha permitido conocer gente maravillosa, pero también se me hace detestable. Siempre hay cosas que hacen odioso el Facebook. De las peores es la eterna tendencia a la autoexpresión de aquellas personas que no tienen nada que memorable para decir. Aún peor es el estímulo que brinda a aquellos que prefieren ser conocidos como monstruos: las historias de asesinatos, violaciones o el ahorcamiento de un bebe por su padre para deleite del autor y de los espectadores ávidos de historias llenas de morbo. Pero esa no es la razón fundamental de mi odio.
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Burradas

mayo 05 de 2017
A Marco Fidel Ramírez, el ilustre “concejal de la familia”, como se autonombró el caballero hace meses, la musa de la genialidad no lo suelta. Por culpa de esa hada que le habla al oído -tal vez sea un ángel, quién sabe- el precandidato presidencial por los cristianos sale todos los meses con brillanteces que lo dejan a uno como Condorito. Su preocupación del mes pasado tenía que ver con “nuestros niños” y lo que deben o no deben ver en las salas de cine. Con la campaña #DisneyConMisHijosNoTeMetas se fue lanza en ristre contra el último estreno de la empresa del ratón más famoso y querido del mundo, el reencauche del clásico La Bella y La Bestia, pues para el señor era claro que la multinacional pretendía homosexualizar a los menores llenándoles la cabeza con contenido vulgar y pecaminoso. ¡Horror!
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Odiar a Santos: nuevo deporte nacional

abril 28 de 2017
Difícil resistirnos a la fórmula predecible, a echarle mano a los juegos de palabras involucrando semejante apellido de alcurnia para referirnos al presidente más detestado de la historia reciente de Colombia, Juan Manuel Santos. En este país místico, rezandero, en donde la camándula sigue teniendo su trono en la mesa de noche del ciudadano promedio, a este santo nadie le prende una vela. ¿Quién lo venera? ¿Tiene devotos? Los índices de favorabilidad indican que no le sale ni media con sus gobernados, que no importa qué logre ni cómo lo consiga ni cuántos reconocimientos, aplausos y distinciones obtenga en otras latitudes más educadas, aquí no le creemos ni la inicial de su primer nombre. De todos los santos, el que no tiene altar.
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Juzgo, luego soy

abril 22 de 2017
Una leve mirada a los aconteceres diarios eriza la piel y comprime el alma. Más aún si es en las redes sociales: una imaginaria reunión social entre personas importantes deviene en una catarata de dimes, diretes, memes, ofensas, reproches, represalias, manifestaciones entre las partes: Que sí, que no, que sí pero, que tal vez, que no fue pero fue, etc. Una mujer escribe un tuit desafortunado y voces se alzan pidiendo su renuncia del medio en el cual colabora; de nada valen las explicaciones, se ha cometido un delito imperdonable. Una condecoración a un cantante se convierte en una diatriba contra una sociedad, acusaciones de machismo, chistes, politiquería barata, y hasta paramilitarismo. La foto inocente de un hombre y una niña se convierte en una acusación de pedofilia. Todo en una mezcla de silencio de los que tienen que explicar su acusación, el uso del vaguedades como justificación del tipo: “Debe ser que…”, “Es que…”, “Yo creo que…”, “Mejor que…”; y al final, la evasión de los que tienen que probar las acusaciones. Olvidamos que, en la justicia, el acusado no tiene que demostrar que es culpable. En las redes, en muchas ocasiones, esto se invierte.
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