Cuando huir también mata

abril 14 de 2017
A Claudia Rodríguez la secuestró y baleó su exesposo y padre de su bebé de un año en su lugar de trabajo en un centro comercial luego de una historia tipo “crónica de una muerte anunciada” en el que el sujeto repitió macabramente el mismo crimen por el que ya había pagado diez años de cárcel con anterioridad. A Paola Noreña la dejó gravemente herida su exnovio luego de acuchillarla en el pecho, el cuello y el rostro con toda la intención de quitarle la vida. Eso por nombrar solamente los dos casos más sonados ocurridos en Bogota durante esta semana que millones de creyentes llaman santa, casos en que unos machos alfa no soportaron convertirse en el ex de “sus mujeres”.
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Burla peligrosa

marzo 21 de 2017
Cada quien se protege a su manera en este mundo hiperconectado, en este mundo que no duerme, que no para, que se encogió gracias a la era digital. Las máscaras elegidas son de todo tipo. Duras, tiernas, dulces, grotescas, chistosas, superfluas, profundas. No es fácil desnudarse, mostrarse en pelota en esta galería en la que se nos convirtió la vida de la noche a la mañana. Ante la imposibilidad de escondernos, nos mimetizamos. Nos sabemos expuestos, vulnerables, y por eso es más lo que tapamos que lo que descubrimos. Detrás del insensible suele refugiarse un terrón de azúcar con miedo a derretirse. ¿Vemos lo que vemos, vemos a quien creemos estar viendo cuando chapoteamos en aguas ajenas? Las poses, las armas, las caretas, sirven para estar sin estar, para meter las narices y oler las porquerías sin ser manoseados de vuelta. Y en esta realidad ampliada algunos escudos son más efectivos que otros, ¿pero alguno más eficaz que la burla, que el sarcasmo?
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Amor en pausa

febrero 24 de 2017
Soy una sobreviviente. Estoy echando el cuento a pesar de que mi pediatra, cuando tenía dos años, sentenció que no llegaría ni a los diez por falla renal. Me radiaron, me dilataron, me torturaron, me hospitalizaron, me canalizaron una y mil veces en mi infancia. Y sin embargo, aquí sigo. He debido morir hace mucho, según ese pronóstico que se posó como un cuervo sobre los pelos de mi cabeza por largos años. Pero, contrario a los vaticinios apocalípticos, crecí, me desarrollé, me reproduje. De hija y hermana pasé a convertirme en esposa y madre. Toda una hazaña, dado mi historial de "debiluchez" crónica. Dos muchachitos salieron de mi vientre respirando, dos salieron amoratados, casi negros. Vida y muerte, caras de una misma moneda, ese círculo perfecto, esos puntos suspensivos...
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¿Quiénes diablos son los Chompos?

febrero 23 de 2017
Hoy no hay columna de opinión. Haga de cuenta que estamos en la sala de su casa más bien y que le voy a echar un cuento de esos que creemos que sólo pasan en Colombia pero que en realidad se dan como mata de monte en toda parte. Ojo, no es chisme. Curiosidades más bien que se le van despertando a una gracias a las nuevas formas de comunicación y socialización en estos tiempos de muchos amigos virtuales y de pocos amigos reales. Hasta hace nada lo más cercano de la palabra chompo que procesaba mi cabeza era esa prenda que todos los calentanos tenemos en algún lado del clóset y que usamos cuando llueve: la famosa, corroncha y nunca bien ponderada chompa. Tal vez de esa prenda horrible se desprendió el personaje del Chómpiras. No sé. Yo tengo varias y en ellas me veo como un tamal mal envuelto. Pero como este no es un texto sobre moda o mal gusto, sigamos. Les hablaré de ellos, los chompos. Un montón de chicos y chicas de distintos colegios y universidades a los que llegué una madrugada de este año para tratar de entender si son tan neonazis como dicen quienes los critican, tan matoneadores, tan delincuentes, tan cafres, y descifrar dónde está la bolita, qué los mueve, por qué hacen lo que hacen que no es más que burlarse hasta de la madre que los parió en una especie de catarsis virtual "facebookiana". Me enteré de ellos gracias a una nota que llegó a mis manos firmada por la rectoría de la Universidad de los Andes en la cual les piden, palabras más palabras menos, mesura, que se controlen, que dejen a ciertos estudiantes en paz, so pena de ser sancionados disciplinariamente cancelándoles la matricula (aclaro, no todos son de esa universidad). Así que les envié solicitud para ingresar a su grupo cerrado de Facebook, conformado actualmente por cincuenta mil gatos y, para sorpresa mía, me aceptaron. Sí, a una cuarentona, feminista y encima periodista, la dejaron entrar a su cueva.
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Sin palabras

febrero 23 de 2017
Sigo sin palabras, negándome a que me arrastre la horda de linchadores de las redes sociales, consternada, infinitamente triste, sin poder pronunciar aún el nombre de esa pequeña, pensando en mis hijos varones, preguntándome qué tan bien o qué tan mal lo he hecho hasta ahora para que no sean unos monstruos y para que mañana, lejos de casa, vivan sin caretas, sin fachadas, sin máscaras. ¿El feminismo que se les ha inculcado en el hogar bastará? Rezo.
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Si usted marchó y es mujer: ¡Tiene huevo!

agosto 12 de 2016
Canadá, 1917. Estados Unidos, 1920. Uruguay, 1927. Ecuador, 1929. Puerto Rico, 1929. Brasil, 1932. Chile, 1934. Cuba, 1934. Bolivia, 1938. El Salvador, 1939. Panamá, 1941. República Dominicana, 1942. Jamaica, 1944. Guatemala, 1946. Trinidad y Tobago, 1946. Venezuela, 1946. Argentina, 1947. México, 1947. Surinam, 1948. Costa Rica, 1949. Barbados, 1950. Haití, 1950. Guyana, 1953. Honduras, 1955. Nicaragua, 1955. Perú, 1955. ¿Y Colombia? 1957, de los últimos países de América en dar ese paso.
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Contratistas en la olla

julio 22 de 2016
La palabra contratista suena a poder, huele a dinero, sabe a champaña. Cuando nos hablan de contratistas pensamos en contratos multimillonarios, en grandes obras de infraestructura, en puentes, en andenes, en túneles, en vías, en importantes intervenciones arquitectónicas, en aeropuertos, hasta en aviones y en armamento. Se nos pasan por la cabeza los Nule y los Sarmiento y los Jaramillo y los Solarte y tantos otros apellidos que se han lucrado como contratistas toda la vida. Signo pesos y un montón de ceros a la derecha. Cifras enormes que no caben en calculadoras de bolsillo. Licitaciones. Comisiones. Influencias. Carruseles y corrupción y desfalcos recordamos cuando el tema se pone sobre la mesa. ¿Pero relacionamos a los contratistas con la inequidad? Craso error no hacerlo.
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Soy mujer y soy machista y soy feminista

julio 08 de 2016
¡Qué vaina con los “ismos" y los “istas”! Hay tanto rollo alrededor de esos sufijos, tanta necesidad de teorizar, de poner los puntos sobre las íes, que a muchos nos provoca salir corriendo para hacerle el quite a esa etiquetadera que en algunos momentos resulta excesiva. Y es grave que eso nos pase en cuanto al feminismo y al machismo se refiere, que el tema nos jarte, nos canse, nos mame. Porque todavía hay mucho por hacer, todavía falta camino por recorrer, todavía hay tela por cortar en esta lucha en la que ninguno de nosotros debería dar su brazo a torcer, esa lucha que pretende una cosa muy obvia y necesaria: que todos los humanos gocemos de los mismos derechos, deberes y libertades, independientemente de qué tengamos entre las piernas: pene o vagina. Que nadie discrimine, mate, pordebajee, humille, hiera o abuse a otro por su género.
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¿La volveremos a cagar?

julio 01 de 2016
Los cuarenta años que tengo, todos, completitos, los he vivido en un país en guerra. En 1976, cuando nací, Colombia ya llevaba varios años en estas. ¿Cuántos? No sé. Ni para eso nos hemos puesto de acuerdo. La mayoría de estudiosos del tema -académicos, politólogos, analistas- creen que el conflicto actual de corte contrainsurgente entre el Estado y la guerrilla nació al sur del Tolima, en una vereda de Marquetalia, en 1964; es decir, que tiene la medio bobadita de cincuenta y dos años. Medio siglo mal contado. Para otros, las raíces de este enfrentamiento que nos ha costado casi 300 mil muertos y más de seis millones de desplazados (todo un récord mundial sólo superado por los sirios), viene de atrás, de la época de La Violencia, esa brutal guerra civil en la que se mataron, a punta de bala y machete, miles de colombianos por el color de su trapo, rojo o azul, entre 1946 y 1958. De ser cierta esta teoría, nuestra guerra es ya septuagenaria. ¿Quién tiene la razón? Tal vez ninguno; tal vez lo cierto es que lo nuestro han sido las matazones desde siempre, desde que nacimos como patria. ¿Acaso, desde la independencia de España hasta hoy, los colombianos hemos hecho otra cosa con más juicio y perseverancia que matarnos?
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