La silla vacía

abril 29 de 2016
Un año ya. Un año sin sus ojos y sin su cola. Sin sus saludos. Se llamaba Bambina. Sin querer queriendo fue mi primera perra. No pagué ni un peso por tenerla, ni siquiera me costó las gracias. No la saqué de una vitrina llena de cachorros en la Caracas. No la seleccioné entre varias opciones. No me decidí por ella por ser la más juguetona del grupo, o la más bonita, o la más cariñosa, o la que brincaba más alto con el timbre de mi voz. Tampoco la adopté. Fue al revés. Fue Bambina quien decidió rescatarme cuando me supo perdida, cuando se percató de que me urgía sentir ese amor incondicional, desprendido, que sólo ella podía darme.
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Dejémonos de maricadas

febrero 19 de 2016
De sobra sabes que eres la primera que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera. Y sin embargo un rato cada día ya ves te engañaría con cualquiera te cambiaría por cualquiera. Mitad arrepentido y encantado de haberme conocido, lo confieso tú que tanto has besado tú que me has enseñado sabes mejor que yo 
que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado los labios del pecado. Joaquín Sabina Y sin embargo es la primera canción de amor de Joaquín Sabina. La compuso cuando una amiga le hizo notar que luego de varios discos seguía sin cantarle a ese sentimiento despiadado que no se deja elegir y que es, según Cortázar, como un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Así que el maestro decidió hablar en su primera canción netamente romántica sobre el “amor amor” de ese típico hombre que está perdida e irremediablemente enamorado de su mujer, pero que sigue mirándole el culo a otras, a muchas otras, a todas las que puede.
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Las dos orillas

febrero 13 de 2016
Barranquilla de tarde. Pleno aguacero. Un chorro cayendo de la canaleta del techo, raudo, feliz. Y yo, una niña barrigoncita en un vestido de baño enterizo azul, debajo de él, emparamada de la cabeza a los pies, con frío, dando brinquitos, gritando de alegría. En esa escena se resume lo más bello de mi infancia, el recuerdo más grato, los instantes más plenos. Podría añadirle otro “flashback" para redondear esa certeza tan arisca, tan rara vez sentida, de “tengo todo lo que necesito para ser feliz en este instante”, otra reminiscencia relacionada con la lluvia. Aconteció en la casa de mi abuelo materno en el barrio Ciudad Jardín, ya sin él, en el garaje del primer piso. Retal de mármol hasta la calle, en bajada, jabón, nosotros, los de siempre, los míos, los cuatro de toda la vida, deslizándonos una y otra vez desde el portón hasta casi tocar el arroyo que pasaba por el frente. Carcajadas. Mi hermano mayor y mi mamá abrazados luego de las lágrimas. La felicidad.
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Transmilenio: ¿una mierda como todo lo de Peñalosa?

febrero 05 de 2016
En "palabras" del Quijote, a Enrique Peñalosa le ladran porque cabalga. ¡Y vaya que lo hace! Porque a ver, echemos memoria, ¿recuerdan ustedes cómo era Bogotá antes de la primera alcaldía de Peñalosa? Tal vez sí, tal vez no, aunque por el termómetro de las redes sociales y los innumerables memes en contra de la gestión de este alcalde (que lleva apenas un mes en su segundo periodo, luego de porfiar en varias oportunidades), yo me atrevería a decir que no, que se les olvidó, que conveniente y sospechosamente eso fue borrado del casete de la memoria capitalina en donde a duras penas de Peñalosa quedaron guardadas, y tal parece que para siempre, sólo críticas relacionadas con bolardos, losas, relleno fluido y tramullos jamás probados. Y no es que yo tenga memoria de elefante, no, ¡qué va!, pero a mí sí no se me olvida cómo era la Bogotá que me tocó padecer cuando aterricé en El Dorado en enero de 1994, con apenas diecisiete años.
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Con el opinómetro desmadrado

noviembre 20 de 2015
Si algo ha traído esta vitrina en la que nos exhibimos sin pudor es bulla, alharaca, ruido. La opinadera se desmadró, se salió por completo de su cauce. Los usuarios asiduos de las redes sociales, dueños y señores de medios de comunicación virtual abiertos al público 24/7/365, aunque no tengamos la más mínima idea sobre los intríngulis del último ‘boom’ mediático -sea un atentado terrorista, un desastre natural, unos diálogos de paz, un partido de fútbol, unas elecciones presidenciales, una guerra lejanísima, un escándalo, un siniestro, un descubrimiento asombroso-, salimos raudos a dejar constancia de nuestra sapiencia. Si tenemos algo que decir, lo decimos. Y luego concluimos con un contundente: ¡Y punto! O sea que a quien no le guste, que se aguante o que me elimine de su lista de amigos o que me bloquee. O simplemente que se joda.
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Perros y gatos

noviembre 06 de 2015
Me pasa con frecuencia. Quiero alegrarme por la buena noticia, y no me dejan. Quiero brincar y reír y salir a abrazar a los vecinos y no, no se puede. La mala vibra del ambiente me lo impide. Más tardo en recibir la buena nueva que la jauría de indignados de las redes sociales y de algunos medios de comunicación en echármela a perder. No sé en qué momento me robaron el derecho a celebrar, pero ya no lo tengo. En su lugar se instaló la desesperanza. A menos de que se trate de un partido de fútbol ganado de la Selección Colombia, aquí no nos ponemos de acuerdo ni para alegrarnos por los pasitos tímidos que de tanto en tanto damos hacia adelante como sociedad. La polarización no lo permite.
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