Ebrios de azufre

mayo 02 de 2016
Por Paul Brito/ Hay dos tipos de personas en el mundo: las que se atreven y las que no se atreven, las que están borrachas de forma natural y dicen las cosas desinhibidamente, y las que están anudadas de temores y diplomacia, y viven en el “hubiera”. Estos son los que nunca se atreven a sacar a bailar a la mujer que les gusta y se quedan toda la vida arrepintiéndose; los otros son los que se levantan de su asiento y simplemente lo hacen.
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Germán no es el man

abril 26 de 2016
Por Ricardo Abdahllah/ No voy a unirme a los que se quejan de que los fans de un youtuber monopolizaran las entradas a la Feria del Libro (eso que ahora llaman “Filbo”). Germán Garmendia estaba allí para promocionar un libro. Que su obra, que nadie de más de venticinco años ha leído, se llame Chupa el perro, es lo de menos. Primero porque podría ser el título de una obra de Efraím Medina (y lo digo sin juicios de valor) y segundo, porque vivir más de venticinco años es una estupidez, como decía Andrés Caicedo. (A veces tengo la impresión de que Andrés Caicedo ha envejecido con nosotros, de que nadie de menos de venticinco lo lee ya).
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Infernal

abril 25 de 2016
Por John William Archbold/ A finales del siglo XIX fue inaugurado en el barrio Montmartre de París un lugar que bien podría considerarse el ancestro de los restaurantes temáticos contemporáneos: El Café Infierno, un sombrío rincón de la Ciudad Luz, que parecía rendir homenaje a aquella esquina de la conciencia que acorralaba los impulsos a través del temor. Desde la excéntrica decoración hasta el “Pase y sea maldito” con que solía saludar el maître, sin olvidar los nombres bizarros que se le adjudicaba a los licores y el demoniaco uniforme de los camareros. Todo parecía extraído de la página más sádica de La Divina Comedia de Alighieri. Era el lugar favorito de filósofos testarudos y artistas apóstatas, que disfrutaban de un trozo del Gehena ardiendo muy lejos de las murallas de Jerusalén.
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No es no

febrero 07 de 2016
Por Alonso Sánchez Baute/ El crecimiento del mercado de cine porno ha sacado del underground la vida privada de sus protagonistas. James Deen es quizás uno de los más conocidos. De pasaporte británico, se trata de un joven de 30 años, sonrisa ingenua, ojos profundamente azules, 1.86 de estatura, delgadísimo y mejor dotado. Según lo retratan las publicaciones de farándula, es el tipo de muchacho al que “presentarías a tu familia con un anillo de pedida en el dedo”. Deen es idolatrado por el sector de mayor crecimiento de la industria: mujeres menores de 35 años (la Generación del Milenio). Lo aman porque, según afirman, “trata muy bien a las mujeres en todas sus películas”, es decir, lo contrario de lo que hace Nacho Vidal. Deen ha participado en más de 1.300 cintas; cobra, por una sola escena, US$200.000 (¡¡¡US$200.000 por tirar durante quince minutos!!!), y es de los pocos que ha hecho el cruce a Hollywood protagonizando una película independiente, basada en una historia de Breat Easton Ellis, al lado de Lindsay Lohan. Lohan, de hecho, fue su novia durante un buen tiempo.
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Carta abierta a la senadora Viviane Morales

noviembre 08 de 2015
Por John Archbold/ Siempre he creído que el éxito de la comunicación radica en procurar que cada mensaje proferido esté lo más contextualizado posible a la lengua del receptor. Debo aclarar que cuando me refiero a “lengua”, señalo cualquier sistema codificado que dispense de la interpretación. Esta capacidad, como todos sabemos, es absolutamente subjetiva, depende de muchos factores particulares que varían a través de la universalidad de la experiencia humana. Por eso, haré un esfuerzo por dirigirme a usted de un modo en que pueda llegarle verdaderamente. Creo que no habría mejor modo de hablarle a una mujer temerosa de Dios, como lo es usted, que desde la luz de su palabra: La Biblia.
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El territorio del silencio

octubre 31 de 2015
Por José Rodolfo Rivera/ Hay una escena de la película del director alemán Werner Herzog, titulada Aguirre, la cólera de Dios, en la que dos nativos de la cuenca amazónica se acercan en una canoa hasta la balsa donde Lope de Aguirre, el avaro conquistador español, cegado por la obsesión, y empeñado en culminar su gran conquista, se dirige hacia El Dorado. Los indígenas se suben sin temor a la balsa, intercambian algunas palabras con uno que habla su misma lengua; luego el sacerdote, ley clerical de aquella embarcación, les extiende la Biblia diciéndoles que allí está la palabra de Dios, que la escuchen.
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