Difícil resistirnos a la fórmula predecible, a echarle mano a los juegos de palabras involucrando semejante apellido de alcurnia para referirnos al presidente más detestado de la historia reciente de Colombia, Juan Manuel Santos. En este país místico, rezandero, en donde la camándula sigue teniendo su trono en la mesa de noche del ciudadano promedio, a este santo nadie le prende una vela. ¿Quién lo venera? ¿Tiene devotos? Los índices de favorabilidad indican que no le sale ni media con sus gobernados, que no importa qué logre ni cómo lo consiga ni cuántos reconocimientos, aplausos y distinciones obtenga en otras latitudes más educadas, aquí no le creemos ni la inicial de su primer nombre. De todos los santos, el que no tiene altar.


Un proceso de paz exitoso, el desarme de la guerrilla más antigua del mundo, el fin de la confrontación bélica entre el Estado y las FARC, la reducción de heridos y muertos a su mínimo histórico, el espaldarazo de la comunidad internacional en pleno a la política exterior e interior colombiana, la visibilización de millones de víctimas por cuenta de la violencia, la sepultada de la reelección presidencial obtenida por su predecesor gracias a tramuyos, un Nobel por finiquitar lo que tantas veces se intentó en vano, eso que nadie había logrado articular en medio siglo, el acuerdo de paz mejor estructurado de los que se han firmado hasta la fecha en el planeta, millones de dólares y de euros donados por las grandes potencias para apoyar la etapa actual de posconflicto, el aval de la Unión Europea, de la OEA, de las Naciones Unidas…en fin, una lista larga de chulitos que deberían verse reflejados por lo menos en el cariño de la gente, en agradecimiento, en gratitud. Pero nada, al tipo ni en estatua lo quieren por estos lares. Como van las cosas será un Nobel sin monumento en su tierra.
La pregunta del millón, ¿por qué?
¿Falta de educación, poca lectura, envidia, medios que no hacen su labor educativa, que desinforman en vez de instruir, de guiar, de formar opinión imparcial, acaso el culpable es el uribismo y sus patrañas, el triunfo a lo nazi de la propaganda falaz, la perversidad de algunos dirigentes muy populares que desean mantener el status quo de la guerra, el pueblo manipulado, el resentimiento que nos coloniza desde tiempos inmemoriales, una falsa percepción de que estamos peor hoy que ayer, los efectos nocivos de la viudez de poder del patrón dueño de finquitas? ¿Qué?
A estos interrogantes se le suman otros, más inquietudes, más preocupaciones, y muy pocas respuestas que despejen la gran duda, pues si bien Santos tampoco es santo de mi devoción, lo considero de lejos el mejor presidente que he visto gobernar mi país en mis cuarenta y un años de vida. El mejor. Así que no entiendo
¿Por qué minimizamos los logros de Santos, por qué los enlodamos si al hacerlo le metemos palos a las ruedas que mueven al país, por qué no le reconocemos que por lo menos lo que ha hecho bien, lo ha hecho muy bien? Tal vez acá no tengamos ni idea qué significa ganarse un Nobel, lo difícil y valioso que es semejante reconocimiento, tal vez tampoco nos quede claro qué implica para una nación que su presidente sea reconocido como una de las cien personas más influyentes del globo, tal vez ingenuamente creamos que a Colombia -un país pobre del Tercer Mundo- le sobra el billete para enmermelar hasta al gato que se lame las patas en el Vaticano, tal vez todo ello sea producto del desconocimiento propio de una ciudadanía sin formación política y no de algún tipo de esquizofrenia bipolar con altas dosis de maldad. Tal vez no estamos locos, tal vez no seamos malos ni brutos ni flojos, tal vez simplemente nos haga falta tener mejores líderes, mejores políticos, mejores periodistas, mejores pastores, mejores personas guiándonos, gente que no pretenda lavar nuestros cerebros ni alienarnos. Menos titiriteros. O tal vez, y por ahí me voy inclinando, deberíamos simplemente cambiar de deporte nacional. Pedalear más al estilo de Nairo y Mariana, por ejemplo.

(Imagen tomada de http://www.24horas.cl/)