Hay que decir que los tres meses de presidencia de Donald Trump han sido cualquier cosa menos aburridos. El hombre ha intentado de verdad cumplir sus promesas de campaña. Lo que sucede es que la terca realidad y la necesidad de estar mejor informado lo han llevado a modificar su curso de acción, repensar sus objetivos y, en algunos casos, a cambiar radicalmente su visión.


Es fácil burlarse, criticar su imprevisibilidad, considerar su presidencia un fracaso al compararlo con su predecesor, pero la realidad es que está aprendiendo, y lo mejor es que termine cuanto antes con el aprendizaje de lo que significa ser presidente de los Estados Unidos; al fin y al cabo le quedan casi tres años y ocho meses de mandato y la posibilidad de extenderlo cuatro años más. Por el bien de todos, que aprenda rápido.
Aunque es obvio pensar que el discurso de Trump cambia a la manera de aquel refrán español que dice “Donde dije digo, digo Diego”, a pesar de sonados fracasos como desmontar el Obamacare o imponer restricciones a la llegada de inmigrantes de países (“el veto musulmán”) que él considera riesgosos para la seguridad nacional, eso no es tan así. Al final, Trump ha entendido que dirigir una nación no es cómo manejar una empresa. Eso, junto con estar mejor informado de los detalles de los asuntos, lo ha llevado a cambiar de opinión por razones de “realpolitik”. Pero mientras los asuntos internos y sus promesas electorales se han atascado en el sistema político americano, con órdenes ejecutivas frenadas por los jueces, y han sido escasos los triunfos como la aprobación del juez Gorsuch para la Corte Suprema, Donald Trump se ha concentrado más en la política internacional, en donde ha cambiado de forma radical de opinión con respecto a algunos asuntos.
Después de conversar con la primera ministra británica, Theresa May, y con Angela Merkel, Trump llegó a convencerse de que la OTAN no es un vetusto recuerdo de la Guerra Fría, sino un valioso instrumento para contar con aliados que contribuyan a enfrentar retos tan complejos como la guerra en Siria (es claro que la decisión de atacar Siria en respuesta al ataque químico fue consultada al menos con sus aliados y vecinos como Turquía o Israel), Norcorea, pero sobre todo hacer causa común contra Rusia, de la cual ya no tiene la opinión favorable que mostró durante la campaña. Es que al final, renunciar a eso de ser el policía del mundo no es cosa de un día.
Por otro lado, reconoció que en la reunión con el premier chino Xi Jinping en la Florida aprendió cosas esenciales: que China no es el peligro amarillo que pregonaba en su campaña y que la influencia del gigante asiático sobre las decisiones y el comportamiento de Corea del Norte es mucho menor que lo que esperaba, pero mayor que la de EE UU, y que un cambio de régimen en Norcorea tendría consecuencias impredecibles para todos. De allí su sorprendente declaración de apoyar los esfuerzos de China en este punto, llegando a llamar al presidente chino “Un muy buen hombre” que está “intentado muy duro hacer algo” para influir sobre Norcorea. Se trata, afin de cuentas de ejercer un poco el Multilateralismo.
 
Otra cosa de la que se ha dado cuenta es que Moscú tiene intereses distintos a los de Washington (obviedad que él parecía desconocer) y que cualquier idea que tuviera en la campaña sobre una sincera amistad con Rusia parece hoy desechada. Una cosa es su admiración por Putin, y otra muy distinta los intereses de este en reconstruir la pasada gloria soviética seguidos de los esfuerzos de EEUU por poner freno a estas aspiraciones. La llamada “madre de todas las bombas” de Afganistán puede verse como una velada advertencia a Rusia en este punto.
En el tema de las relaciones con América Latina Trump muestra poco interés en su antiguo patio trasero, como lo demuestran la supuesta reunión con Uribe y Pastrana en Mar A Lago, que fue totalmente ignorada y seguida de una ratificación de apoyo al proceso de paz colombiano; en cuanto a Venezuela, salvo la declaración hecha en la reunión con el presidente Mauricio Macri, no parecen nada distinto en la política americana hacia Latinoamérica de buscar soluciones en el terreno multilateral, pese a la urgencia existente en el país vecino.
Capítulo aparte merecen las relaciones con México: es en este punto donde Trump ha hecho los virajes más frecuentes. Hoy es consciente de que las promesas de deportar ilegales a México, o de construir un muro tropiezan con la oposición de una gran parte de la sociedad americana y de su entramado jurídico, y por lo tanto no se ven fáciles de cumplir. Se han modificado las prioridades, y la renegociación del Tratado de Libre Comercio es un hecho. Temas como el muro, la inmigración ilegal, o la deportación de ilegales tendrán que esperar “por ahora
A escasos 100 días de haber asumido la presidencia, el antiguo empresario y estrella de la telerrealidad se revela nostálgico por la vida más libre y relajada que dejó atrás, como lo señalan algunas de sus declaraciones. Han sido meses en los cuales ha tomado un baño de realidad: más allá de sus trinos furiosos en las redes sociales, ha sido un tiempo de curso intensivo de política que lo ha llevado a cambiar de opinión en multitud de temas. Y si es de sabios cambiar de opinión, el señor Trump va en camino de ser un hombre muy sabio.
 
(Imagen tomada de http://www.newyorker.com)