A Marco Fidel Ramírez, el ilustre “concejal de la familia”, como se autonombró el caballero hace meses, la musa de la genialidad no lo suelta. Por culpa de esa hada que le habla al oído -tal vez sea un ángel, quién sabe- el precandidato presidencial por los cristianos sale todos los meses con brillanteces que lo dejan a uno como Condorito. Su preocupación del mes pasado tenía que ver con “nuestros niños” y lo que deben o no deben ver en las salas de cine. Con la campaña #DisneyConMisHijosNoTeMetas se fue lanza en ristre contra el último estreno de la empresa del ratón más famoso y querido del mundo, el reencauche del clásico La Bella y La Bestia, pues para el señor era claro que la multinacional pretendía homosexualizar a los menores llenándoles la cabeza con contenido vulgar y pecaminoso. ¡Horror!

 

Fui a ver la película para entender la alharaca (aunque hace rato mis niños tienen pelos en la cara y en otras partes) y terminé concluyendo al salir de la sala de cine de Unicentro que definitivamente el cabildante del Concejo de Bogotá no estaba hablando paja, por lo menos no esa vez: en la película efectivamente hay varias escenas en las que se aprecia una cosa medio rara entre hombres, un coqueteo evidente, un manoseo extraño, una devoción particular de uno de los personajes por otro, una cantadera y una miradera ahí perturbadora entre machos que como que no lo son tanto. En la trama, Le Fou está evidentemente enamorado de Gastón y eso queda claro en varias escenas de la película. En otro momento neurálgico, la cantante de ópera, Madame de Garderobe -que fue convertida en un armario por el maleficio de la bruja que transformó en objetos a todos los sirvientes del castillo del príncipe- para defender la propiedad y a La Bestia, termina ridiculizando a tres de los invasores disfrazándolos de mujeres con maquillaje y corsés y vestidos repolludos de colores. Uno de esos quedó encantado con el atuendo, dichoso, no se sintió ofendido para nada. Y es curiosamente el mismo personaje que al final termina bailando amacizado con Le Fou luego de que Gastón muriese sin pararle bolas por estar empeñado en conquistar a Bella. ¡Maricas declarados que salieron del closet y en una película para niños! Hecatombe. 
 La propuesta del señor Ramírez, de taparle los ojos a los niños para que no sean testigos de semejante perversión cinematográfica, nace de la misma mala semilla de la que surge la propuesta machista de sentarnos a todas las mujeres en el Transmilenio mientras los hombres van de pie. Como lo que le molesta es la inclusión, se esmera en diseñar medidas que mantengan las diferencias entre la población. Que los niños no vean a hombres homosexuales como algo normal de la naturaleza, que las mujeres seamos tratadas como discapacitadas por tener vagina y no pene. Todo con la falsa idea de proteger a los infantes y a las que podemos parirlos. Tremendo caballero, ¿no?  Algo que se debe tratar inculcando el respeto entre unos y otros, se tapa fortaleciendo medidas discriminatorias que solo contribuyen a aumentar la zanja que nos divide y que nos pone en peligro. Políticas cegatonas que no tienen nada que envidiarle al hombre -todos conocemos a alguno- que bota el sofá en donde se pilló a la esposa con otro sujeto para salvar su matrimonio roto. 
 Es cierto que a las mujeres nos manosean en el transporte público. ¿Cómo negarlo? Es cierto que muchos hombres que van parados, se les para de tanto en tanto y se la arrecuestan a la dama de al lado. Es cierto que las mujeres estamos en peligro y que los feminicidios son noticia diaria aquí y en el mundo. Pero la solución no puede ser taparnos el pelo o las tetas o las piernas para no provocar a los señores y mantener sus instintos a raya. Tampoco ir sentadas, porque, además, sentadas también nos irrespetan. Así no estaremos a salvo ni se reducirá ninguna estadística vergonzosa porque con esa medida sexista no se ataca la raíz del mal ni se combate el problema de fondo. Las sillas rojas deben ser para hombres y mujeres sanos, y deben ser tomadas por quien llegue primero porque todos estamos igual de cansados, porque el cuentico del sexo débil es falso y porque ningún ciudadano debe tener corona (mucho menos por su género). Las azules deben seguir siendo exclusivas, como lo han sido desde que se inauguró el sistema, para discapacitados o embarazadas o adultos con niños de brazos. Pare de contar. 
 ¿Para defendernos de este mundo atroz qué sigue, señor Ramírez, acaso burkas y tapaojos obligatorios para mujeres y niños?



Imagen tomada de: http://www.ladailypost.com/content/nature-center-aparejo-burro-packing-july-20