Si usted leyó y creyó todo lo que le vaticinaron en la última cadena que se viralizó en WhatsApp sobre el futuro inmediato de la aplicación y acto inmediato entró en pánico y prosiguió a compartirla, no deje de leer este texto de Samuel Rosales. Se lo merece.


Supongamos que usted es un uribista de esos que comparten el tipo de cadenas que advierten sobre invasiones de soldados cubanos. Supongamos, también, que nunca ha leído lo que compañías como Whatsapp y Facebook han declarado hasta la saciedad: que ellas nunca exigen compartir mensajes, o asunto parecido, para que sus usuarios utilicen gratis sus cuentas.

Si suponemos esas dos cosas sería, pues, aceptable que usted considerara compartir una cadena de Whatsapp que alertara acerca de que "sólo nos quedan 530 cuentas disponibles" y que continuara con que "nuestros servidores han estado recientemente muy congestionados por lo que estamos pidiendo su ayuda para solucionar este problema".

Pero empezaría a dudar de su calidad de Homo sapiens si no se da cuenta de que la solicitud que hacen a los usuarios de que "reenvien este mensaje a cada una de las personas de su lista de contactos" congestionaría todavía más los servidores, no importa si lo asusta la terrible consecuencia de que, de no hacerlo, "su cuenta permanecerá inactiva", perderá "todos sus contactos" y empezarán a cobrarle los mensajes "a 0.37 centavos".

Sin embargo, sólo me convencería de que usted ni siquiera alcanza el rango de un vegetal -y tendríamos que acomodarlo a mitad de camino entre ese reino y el mineral- cuando en efecto reenvíe el mensaje a 9 de sus contactos a solicitud de una directora mundial de Whatsapp llamada Karelis Hernández. ¿"Karelis"? Mire, mi amigo, si usted sigue las instrucciones de alguien llamado "Karelis" no sólo merece que le cierren la cuenta de Whatsapp, sino que le expropien todos sus bienes y repartan el producto entre los pobres.