Por: Eduardo Uribe

No soy de los que cree "El pasado fue mejor..." pues la evolución constante del pensamiento es una de las cosas que diferencia al hombre del animal. Pero siempre es bueno recordar de dónde venimos para tener claro a qué cosas renunciamos para poder llegar a donde estamos hoy día. La naturaleza, sin duda, es algo en lo que hemos dado un giro de 180 grados.


Aunque la mayoría de mis lectores superan los 25 años, quizá muchos de ellos no recuerden de su vida escolar, de su infancia, pequeños detalles que en esta época dejaron ya de existir o que no están a la vista como antes a pesar de que fueron de gran importancia para nuestro desarrollo. En mis años de vida escolar, a muchos de mis compañeros y a mí no nos alcanzaba el dinero para comprar en la tienda los snacks para el segundo recreo, de hecho no se llamaban snacks sino merienda. Y a menos que pidiéramos o le robáramos a otro alumno, había que degustar algo: las almendras maduras que caían o arrancábamos de los árboles (palos) eran un platillo exquisito y el coco que contenía su pepa era casi caviar a las 11 de la mañana. Hoy no creo que ningún niño barranquillero coma pepa de almendro y mucho menos que haya tantos palos de esa fruta como lo había antes.

Me encantaría que mi hija pudiera conocer aquellas semillas que explotaban al contacto con la saliva o el agua y que eran el bullying de nuestra época. Nunca supe cómo se llamaban, pero el ingenio caribe las bautizó (Explota explota). ¿Los jóvenes sabrán que hay plantas que al puyarlas con un cuchillo les sale leche? ¿O en los recreos aún podemos ver esas plantitas pequeñas cuyas hojas se cerraban al ser acariciadas por nosotros? ¿Qué se hicieron los gusanos peludos que daban fiebre o los cien pies largos a los que poníamos a apostar carreras? A lo mejor existen pero por mirar el celular se nos olvidó que observar y ver no son sinónimos.

También había unas frutas pequeñas que al partirlas y apachurrarlas en un mortero la volvíamos Colbón y los más atrevidos, herramientas para cazar pájaros. Pero realmente este escrito se basa en que había una planta que mi madre odiaba más que las malas calificaciones, una planta que se adhería a mis bluyines, a mis medias y que ni lavando la ropa en la Batea o después en la lavadora se quitaba... Una planta que nos recordaba todos los días que la naturaleza estaba ahí, que nada de lo que hiciéramos nos alejaría de ella. Una planta que sirvió de nombre para un famoso grupo de rock que lo identificaba como nuestro. Una planta que llevo dos días buscando dentro de la ciudad y que desapareció como desaparece lo que dejamos de regar cada día.

Les informo, barranquilleros, con el dolor en mi alma y lágrimas en mis ojos, que el CADILLO ya no existe y que con su partida se fueron miles de anécdotas que nuestros hijos jamás disfrutarán.