Tengo una relación ambivalente con el Facebook. Lo amo porque me ha permitido conocer gente maravillosa, pero también se me hace detestable. Siempre hay cosas que hacen odioso el Facebook. De las peores es la eterna tendencia a la autoexpresión de aquellas personas que no tienen nada que memorable para decir. Aún peor es el estímulo que brinda a aquellos que prefieren ser conocidos como monstruos: las historias de asesinatos, violaciones o el ahorcamiento de un bebé por su padre para deleite del autor y de los espectadores ávidos de historias llenas de morbo. Pero esa no es la razón fundamental de mi odio.

Lo que realmente detesto de Facebook son las camisetas que usa Mark Zuckerberg, su fundador, en una burda imitación de Steve Jobs.
Lo sé, suena clasista y fatuo, pero crecí oyendo que había que vestirse según la ocasión y me choca profundamente ver a Mark Zuckerberg en una presentación de Facebook como si estuviera en su casa, jugando con su bebé, antes de salr a atendernos.
Desconozco el juego consciente de adoptar la camiseta como vestimenta formal. De Steve Jobs sabíamos su obsesión por el trabajo, y que el mensaje subliminal con su ropa era: “estoy trabajando”. Pero en el caso de Mark eso no está claro. Lo hemos visto vestido de traje en contadas ocasiones, visiblemente incómodo. ¿Es el equivalente moderno de María Antonieta, que se disfrazaba por las tardes de pastorcita y en la noche con sus esperados vestidos de reina? Tal vez en privado Zuckerberg se viste con gran elegancia, aunque lo dudo. Al final, disfrazarse no le sirvió de mucho a María Antonieta.
¿Está jugando al igualitario?, me pregunto, y si es así, ¿Cuál es la verdadera razón? Es poco probable que alguien en la posición de comprar ropa cara piense que no puede permitirse algo mejor o más sofisticado.  Sería un caso severo de tacañería.  Asumo que es posibe también que como proveedor de entretenimiento a las masas más bien teme parecer muy diferente de ellas, en caso de que estas desarrollen la idea de que su producto no es más que una estratagema cínica para explotarlas. Un mensaje subliminal del tipo “miren, uso estas camisas porque si bien soy el creador de Facebook, y si bien mi compañía vale mucho, sigo siendo uno de ustedes”.
Por supuesto, también es posible que las camisetas del señor Zuckerberg representen algo real, que sean el espejo de su alma. No estoy muy seguro de esto, como en otros casos similares, y desconozco si a lo mejor está representando un papel o expresando su verdadero yo. No lo sé. Quizás soy injusto con él, a lo mejor es un hombre sencillo de gustos sencillos a quien no le interesa influir en el mundo, aunque también lo dudo. Me parece indigna su manera de vestir, eso es todo.
Últimamente he asistido cada vez más a funerales (he llegado a la conclusión de que podría tener alguna inevitable relación con mi edad), y en ellos he notado que los asistentes aparentemente más sofisticados -desde un punto de vista social, cultural e intelectual- se visten con más informalidad en este tipo de ocasiones. Las personas más sencillas todavía tratan de vestirse con corrección en los funerales, y aunque parezcan un poco incómodas con la ropa que casi nunca usan en su vida cotidiana, han hecho esfuerzos para mantener la costumbre, en una señal de respeto al difunto y los deudos.
Quizá otra explicación a la renuncia a vestir ropa más digna es un deseo de permanecer siempre adolescente. Desde la década de 1950 se considera a la adolescencia como el pico experimental de la vida (¿no fue Borges quien dijo que uno es de donde termina el bachillerato?) y al resto de la vida como descenso. Si los adolescentes se visten de una forma, continuar vistiendo de esa forma en la madurez te mantiene adolescente: lógica falsa y una forma de pensamiento mágico. Parece que las supersticiones brotan cada tanto, cambian pero son eternas.
Al final, lo reconozco, soy heredero de las ideas de la señora Brooke Astor, que durante años fue una conocida filántropa de Nueva York, famosa por llegar a las casas de sus beneficiarios, gente de recursos muy limitados, con sus mejores galas y costosas joyas, peinada para la ocasión por su peluquero. Cuando la inerrogaban por esa muestra de ostentación la señora Astor respondía que le enseñaron que cuando la invitaban a la casa de alguien debía presentarse bien vestida, y que estaba segura de que si ella invitara a esas personas a su casa de seguro se pondrían sus mejores galas. La señora Astor era sabia. Era quien era, y no nos dejaba duda de su sinceridad, como sí lo hace Marck Zuckerberg, el eterno adolescente de las camisetas.