La convención del Centro Democrático fue la puesta en escena de un insufrible sainete. El espectáculo fue protagonizado por un pequeño grupo de demagogos que desfilaron frente a su líder como niños en examen de oratoria esperando un guiño, un asentimiento aprobatorio, una sonrisa de benevolencia.


Como era de esperarse, los precandidatos no se distinguieron por sus cualidades expresivas: pasaron de la grandilocuencia grecoquimbaya al lenguaje precario de los muchachos que balbucean frases de folletín con la seguridad de los que se saben superiores a su audiencia de idiotas. En eso tienen razón: no se puede entender el poder de convocatoria de estos personajes tan pequeños, sino a partir de la pequeñez de sus adeptos.
El problema que tenemos es que esa heterogénea masa de seguidores de Uribe, conformada por conservadores retardatarios, rezanderos de varias religiones, sagaces orquestadores de mentiras, medianos políticos de provincia, militares jubilados, aduladores profesionales, despojadores de tierras, discriminadores de minorías, exsicarios de la mafia, convictos, prófugos de la justicia, células neonazis, amantes de la guerra buscando alguna razón para matar de nuevo y una enorme cantidad de incultos creyentes de posverdades, incluye a la mitad de este pobre país que no se cansa nunca de regodearse en sus miserias.
Esa mitad oscura de nosotros recibió con beneplácito los predecibles argumentos ventilados en el foro político de una ultraderecha que tercamente insiste en negar ese calificativo. En la tarima de los ungidos desfilaron, entre salivas y fervores, amenazas y juramentos, alusiones a la inexistente doctrina castrochavista, profecías de desastres y promesas de refundación de la patria, todo, alrededor del único asunto que les interesa: el acuerdo irreversible con las Farc. De nada más hablaron, por supuesto, porque eso les hubiese significado inmolarse, acusarse mutuamente de una interminable lista de crímenes, estupideces y malevolencias.
Los temblores de Paloma Valencia declarando su místico amor por Álvaro Uribe fueron vistos por una decena de cabezas rapadas en un pequeño apartamento del suroccidente de Bogotá. Más tarde salieron a patear travestis en Chapinero, como lo hacen de vez en cuando para matar el tiempo. Uno de ellos me dijo esta misma noche que él y sus amigos están dispuestos a apoyar con votos y con patadas al candidato que elija el Centro Democrático, que es el único partido que no oculta su odio por los maricas y los comunistas. Así suelen ser los argumentos de los uribistas de base, así de bárbaros, así de peligrosos.
Ante la imposibilidad de deshacernos de esta peligrosa cofradía de fundamentalistas, quienes no negamos la medianía de sus contradictores, que no por haber acertado por una histórica vez al acabar con el conflicto armado más viejo del mundo, dejan de ser una élite que trabaja para sí misma, nos vemos todos los días en una triste encrucijada. No sabemos para dónde mirar, en quién depositar lo que nos queda de esperanza. Mirando y oyendo a Paloma Valencia y a Fernando Londoño y a Alejandro Ordoñez y a Iván Duque (que dice sin sonrojarse que su partido es de centro mientras se habla al oido con el pillo de Invercolsa y el destituido exprocurador medieval) sabemos que no podemos permitir que se salgan con la suya, y que para lograrlo estamos obligados a hipotecar nuestras convicciones apoyando a los menos malos, aceptando una vez más que Colombia es un país incapaz de producir líderes decentes, sabios, ecuánimes.
La cumbre del uribismo nos obliga a recordar que no podemos bajar la guardia ante tanta insensatez, que debemos usar todas las herramientas que nos otorgue esta endeble democracia nuestra para que el fundamentalismo que encarnan los personajes que desfilaron por esa tarima de la vergüenza no regrese jamás a la casa de los presidentes.

(Imagen tomada de http://www.entornointeligente.com)