Por: Mónica Meneses

Fue un sábado. Barranquilla, 20 de Agosto de 2016. Dos de la tarde. Estaba en un taller metalmecánico cuadrando unos trabajos y un colaborador de mi empresa me sugirió dirigirnos a verificar otro pendiente en la calle 30 con carrera 30. Inicialmente dudé. Es más, me negué porque ya me sentía cansada y no le veía sentido a llegar a esa hora en la que normalmente ya todo está cerrado. Alguien diría que "era mi día". Accedí.


Soy la persona más desubicada del mundo, me pierdo en el parqueadero de mi casa y, por lo general, cuando voy por esa zona lo hago acompañada de alguien que me vaya guiando. Él me sugirió que nos desviáramos por la Avenida del Río para evitar el trancón del mercado de la 30; y así lo hice, infortunadamente. Recuerdo con claridad sentirme bastante insegura ante tanta "tranquilidad" en esa vía. Íbamos prácticamente por una calle fantasma, uno o dos carros alcancé a ver en el recorrido por la avenida, y ese día entendí, de mala manera, por qué. A la altura de la parte de atrás de Bavaria, en un semáforo que queda antes del peaje, mi acompañante me indicó que cruzara a la derecha por una calle ancha que tiene un delgado separador en el centro. Seguí sus instrucciones. Fue ahí cuando empezaron a transcurrir los minutos más largos de mi vida.
Inmediatamente vi corriendo de frente, a unos 20 metros de mi carro, a un grupo de 5 personas. Uno de ellos llevaba un arma que apuntaba hacia nuestra dirección. Mi primera impresión, en medio de la confusión, fue que era una persecución y que íbamos a quedar en medio de una balacera, y por eso mi reacción fue bajar aún más la velocidad. Pero nada, el objetivo éramos nosotros. Creo que hoy podría hacer fácilmente un retrato hablado del sujeto que me apuntaba. Nunca dejé de mirarlo porque se acercó tanto al capó del carro que su arma prácticamente tocaba el panorámico, a centímetros de mí. La expresión de su mirada me lo dijo todo: disparar para él era pan de cada día. Frené totalmente, sin apagar el carro, y levanté mis manos sin dejar de mirarlo, en un intento por indicarle con mi gesto que se calmara, que no me iba a resistir al robo. Mis ojos ni por un segundo se desprendieron de él, el resto de lo que sucedía a mi alrededor era totalmente ajeno a mí, tanto así que mi acompañante me tuvo que gritar para que me espabilara: "¡baje la ventana que ya se la van a romper!" Yo reaccioné y obedecí, y acto seguido abordaron mi carro de la manera más violenta dos hombres más de cada lado. Quitaron la llave del encendido. Literalmente quedamos a merced de 5 o 6 depredadores, siendo yo la única presa disponible. El que "entró" por mi ventana lo revisó todo, incluyéndome a mí. Se cercioró de que mi cuerpo no ocultara un botín millonario por ningún lado posible. Tomó mi cartera y mi celular. Los demás, cada uno en su respectiva puerta, se encargaron del resto. Yo no musité palabra. Mis manos levantadas jamás bajaron, y mi mirada se perdió por un segundo buscando ayuda en el retrovisor: nadie, ni un alma, ni un carro, mucho menos un policía, nadie llegó a socorrernos. Solo escuché voces ansiosas, hambrientas, desesperadas que pedían más. Sin perder de vista al hombre armado, noté a leguas que las drogas eran parte indispensable de su menú diario. Entonces, cuando ya se dieron por satisfechos, salieron corriendo en direcciones distintas y uno de ellos me hizo el gran favor de tirarme la llave del carro.
Efectivamente sí "era mi día", pero especialmente era el día de ellos también, porque los sábados acostumbraba a cargar importante efectivo para pagar a mis contratistas (tiempo pasado). No derramé una lágrima, nunca grité, solo prendí mi carro y simplemente salí de ahí buscando un teléfono fijo desde donde poder bloquear mis tarjetas de crédito. Volví a mi casa y me acosté en la cama durante un rato largo, sin emociones.
A una de las primeras personas a las que llamé a contarle fue a mi hermano mayor. Pensé que me iba a decir lo que ingenuamente muchos "valientes" me dijeron después: "¡Hubieras dado reversa!" o "¡Le hubieras tirado el carro encima a esos hijueputas! Pero no, mi hermano me escuchó y solo me dijo: “Hiciste lo correcto y debes estar agradecida porque hace pocas semanas una mujer en esa misma zona murió precisamente en un atraco de este estilo” (es el caso que relata el Heraldo hoy al final de su nota).
Los días pasaron y lo que llaman efecto post-traumático apareció. Mi corazón se paralizaba si alguien sorpresivamente intentaba cruzarse en mi camino, mucho peor si notaba que caminaban muy cerca de mi carro, y ni decirles de un día en que un vendedor ambulante me tomó desprevenida y golpeó mi ventana.
Hoy escribo mi novela de terror, a manera de catarsis quizás, porque el titular de esta noticia me recordó que nuestros días son un milagro que se repite cuando amanecemos vivos, y que luego olvidamos cuando se nos pasa el susto, no valoramos la magia divina de despertar. Si tuviera que describir lo que sentí ese sábado, solo copio y pego las palabras que están en comillas en este titular del señor víctima de ese atraco. No pensé en nadie, no pensé en mi familia, no pensé en mis hijos, no recé, solo tuve tiempo de sentirme inmensamente vulnerable ante la mirada de un hombre que tenía mi vida en sus asesinas manos. Lo que después entendí es que mi vida estuvo en las manos de Dios cuando un policía de la Sijin, el día de la denuncia, me dijo que tuve mucha suerte, que pocos atracos en esa zona terminan sin muertos o heridos porque el tipo de delincuente que opera ahí es de un perfil extremadamente peligroso, en su mayoría son drogadictos a quienes ni siquiera les duele su propia vida.
De qué nos sirve la Avenida del Río si necesitamos carros blindados para recorrerla tranquilamente. Yo creo que decir que "estamos progresando" en medio de esta inseguridad es equivocarnos, porque al final vivimos presos en nuestra propia ciudad, nos movemos con restricciones, y lo peor es que ya nos acostumbramos a vivir con miedo.