No para de llover. Me pierdo en el aroma a tierra mojada, me dejo ir, viajo al pasado, a mi infancia, le permito a la nostalgia que me abrace mientras se me van los ojos viendo por la ventana toda clase de palos de mango reverdecidos en las aceras. Están llenos de retoños, tupidos. Los gajos popochos con frutos a reventar llegan hasta el piso. Los imagino pelados y picados en un tazón entre mis piernas mientras los saboreo lentamente para que no se me acaben. Agua en la boca. Suspiro. No sé por qué el amor me huele a eso, a mango de Barranquilla. Tampoco sé por qué hoy desperté pensando en lo mucho que les he exigido a mis dos hijos barranquilleros.

 

Las expectativas están ahí, pegadas como lapas a mis emociones, condicionándolo todo, respirándome en la nuca. A diario espero algo de ellos, de ese par de seres que parí, que ya no son niños, pero que aún no son adultos tampoco. Que escriban, que me quieran, que no se engañen, que no me defrauden, que regresen, que no se me mueran, que la enfermedad no les llegue, que contesten, que triunfen, que aprovechen las oportunidades, que no se dejen cortar las alas por nadie y menos por una persona que jura amarlos, que vuelen lejos, que no sean ingratos, que se concentren en lo importante, que recuerden sus raíces, que se aparten de lo malo, que se ejerciten, que estudien, que no pierdan el tiempo, que sean felices, que no sufran, que no se enreden, que se enfoquen, que se cuiden, que me perdonen. Y que todo lo que hagan, lo hagan bien. Siempre bien.
 
Tal parece que en mi cabeza la maternidad se relaciona con exigirle a otro ser más de lo que me exijo inclusive a mí misma y creo que eso le sucede a muchos padres. Es como si creyésemos que los hijos continuarán el legado nuestro o que terminarán lo que dejamos incompleto o que lograrán hacer lo que a nosotros no nos fue posible o que pegarán lo que rompimos. En ellos depositamos la esperanza. Que sepan más, que viajen más, que hablen más idiomas, que conduzcan antes, que se enamoren de la que es, que no pierdan, que no repitan, que no se equivoquen tanto, que sus errores no tengan consecuencias graves, que no embaracen a nadie antes de graduarse y tener un trabajo estable. Esperar y esperar y esperar. Exigir y exigir y exigir. Mientras tanto nos endeudamos y conseguimos como sea la plata para facilitar el camino y que los sueños soñados por los hijos estén al alcance de sus manos. Postergándonos para mañana. Primero ellos, segundo ellos, tercero ellos. “Nosotros pagamos, ustedes estudien; pero cuidadito con embarrarla, muchachos, miren que lo que estamos haciendo por ustedes es un gran sacrificio.” 
 
En Barranquilla la llovedera no cesa, tampoco mi pensadera. Veo el arroyo de la esquina e imagino a Daniel José canalizándolo cuando sea ingeniero civil. La imagen se revela nítida. Mi hijo mayor trabajando junto a su hermano, Sebastián, que parece que estudiará Arquitectura, para enderezar juntos lo que está chueco en la ciudad. Vías amplias de cuatro carriles, edificios bien hechos, mobiliario urbano de calidad en cada esquina, en cada parque. Hasta imagino a mi abuelo, el alfarero, muy orgulloso de sus bisnietos, y a mi madre como un pavo real. No crean, soy consciente de lo mucho que pesan las expectativas de los padres sobre los hombros de los hijos y de lo dañinas que son y de que es muy pronto para hacerse ilusiones (uno va apenas por tercer semestre y el otro ni siquiera ha entrado a la universidad), pero lo admito: yo ya los veo liderando una gran empresa de construcción que encauce a Barranquilla y la convierta en una ciudad cosmopolita de ambiente realmente portuario. Una ciudad moderna y menos goda, una que entienda bien qué significa estar en esta esquina privilegiada en la que se unen El Río Magdalena y El Mar Caribe. 
 
En otra casa no muy lejana las esperanzas no están circunscritas al futuro profesional del heredero. Que el hijo no pierda años en el colegio es lo de menos. Que se vaya a estudiar inglés tiene sin cuidado a sus padres. Al chino no le aseguraron la carrera universitaria desde que estaba en la barriga de su mamá.  Tampoco hay preocupación porque vengan malas calificaciones ni por la plata invertida en algo que fue desaprovechado por el muchacho desjuiciado. Nada de eso. Allí, en ese hogar, darían todo porque el niño simplemente dijera papá y mamá. Porque balbuceara lo que todo niño de su edad ya dice con claridad. Ambos esperan escuchar esas palabras para saltar de la dicha, progresos chiquiticos para la mayoría de familias y que muchas vecen pasan desapercibidos: que el escuincle voltee a mirar cuando lo llaman por su nombre, que se quede sentado acatando instrucciones en el Jardín al que asiste, que comunique sus necesidades, que interactúe verbalmente con otros niños, que encaje las piezas del juegue didáctico en donde van, que aprenda lo que ya "debería" saber, que hable, que diga algo, que se acabe el silencio atroz.
 
Paró de llover.  Ahora solo quiero llamar a mis hijos a decirles que los mangos, como la vida, con sal saben mejor.