Un profesor es un transmisor de datos. Un maestro, en cambio, tiene la misión de tocar almas. En esa diferencia está el meollo de la precaria situación en la que está postrado el sistema educativo colombiano.


En Colombia, como en todos los países, la sociedad parece estar de acuerdo en que la educación –la de verdad– es la salida a todos sus vicios, a todas sus mezquindades, a todos sus desaciertos. Sin embargo, las decisiones de fondo no llegan nunca y el tema solo se toca cada año, cuando los docentes protestan, con razón o sin ella, para mejorar sus condiciones laborales. Y eso de tocar almas se queda en muy pocos tinteros. Aquí las almas se tocan a la hora de la telenovela.
Pero, en temporada de paros, la atención recae en los asuntos laborales, que son otra cosa: unos trabajadores organizados reivindicando derechos, un sindicato presionando el Estado, un tema político.
Son justas algunas de las reclamaciones que terminaron dejando sin clases a 8 millones de estudiantes, pero hay otras que obedecen a una vieja estrategia de negociación sindical, alentada por la influencia que algunos grupos políticos ejercen sobre Fecode. Entretanto, el Gobierno atiende la contingencia como lo que es: un problema laboral.
Los protagonistas de estas jornadas: profesores parados, gobernantes que intentan negociar, estudiantes sin clases y padres de familia a quienes lo único que les importa es el cartón de bachiller de sus hijos para colgar en la pared, dan vueltas en círculos sobre el más importante de los asuntos, regodeándose en su retórica politiquera, su apatía y su vista gorda.
La movilización que se necesita es otra, una que aborde el tema fundamental: la calidad de la educación. Abundan en Colombia, no solo en las escuelas primarias de las zonas apartadas, sino en el corazón mismo de las universidades privadas más costosas, los docentes incapaces, indolentes, concentrados en la predecible transmisión del dato, desentendidos de su rol esencial de formadores. He visto profesores de inglés consultando traductores de Google, y de español con errores de ortografía peores que sus discípulos, y de educación física exhibiendo obscenas barrigas, y de sociales que no saben cómo funciona el sistema electoral de Estados Unidos; eso en colegios públicos de primaria y bachillerato. Aún más tristes son los profesores universitarios que matonean a sus estudiantes en sus redes sociales o que rechazan temas de tesis de grado por razones religiosas o de corrección política.
El resultado se resume en generaciones de jóvenes educados para la predecible supervivencia, sin la menor curiosidad científica y con los talentos desaprovechados; mediocres y pícaros con el alma sin tocar. Y son esos muchachos desorientados, que a lo mejor saben sumar y que con seguridad no tienen la menor idea de dónde poner una coma en sus publicaciones de Facebook, quienes en el futuro mandarán a sus hijos a un colegio que replique los vicios de un sistema que no hemos podido ni querido cambiar. Las vueltas en círculo en el país de las almas intocadas.
Como están las cosas, un profesor que gane un salario decente o que tenga servicios de odontología en su plan de salud no es necesariamente un maestro, un educador, un tocador de almas. Esa carencia, que es la medida de todas nuestras miserias, no se resuelve con el paro promovido por una organización de trabajadores cuyos directivos, sindicalistas profesionales, hace tiempo que no pisan un salón de clase.