Quizás el factor que contribuyó a redondear el fracaso de una de las más formidables empresas emprendidas por los franceses, cuando se empeñaron en construir el Canal de Panamá hacia la segunda mitad del siglo XIX, estuvo compuesto por una mezcla de las buenas intenciones del personal sanitario colombiano de entonces (Panamá todavía pertenecía a Colombia) y el desconocimiento científico propio de la época.


Me explico: las monjitas, que abnegadamente atendían los hospitales de la zona, ponían vasijas llenas de agua debajo de las patas de las camas hospitalarias con el piadoso fin de que no se treparan las hormigas y molestaran a los enfermos, pero con la funesta consecuencia de que allí, en esas aguas quietas, depositaban sus huevos las hembras de mosquitos anopheles y aedes aegypti, principales vectores de transmisión de la malaria y otras enfermedades tropicales. Los mosquitos, entonces, salían de los huevos, picaban a los ya contagiados -que tenían ahí a boca de jarro- y volaban a diseminar exponencialmente las epidemias.
Casos como el anterior, en los que acciones motivadas por pensamientos nobles terminan perjudicando al sujeto necesitado de ayuda, se dan a diario. Sin embargo, éstos sólo se convierten en hechos verdaderamente deprimentes cuando la ignorancia no debería ser una excusa, y cuando detrás de todo se ocultan intereses creados.
Estuvo a punto de suceder hace poco en Colombia, gracias a ese monumento al despilfarro y a la estupidez que hubiera significado el referendo que los calculadores esposos Lucio y Morales pretendían sacar adelante. Personas que votarían a favor de limitar a familias de padre y madre la adopción de niños, con seguridad que hay millones en Colombia. Y, también con seguridad, muchas de ellas lo harían basándose en propósitos que consideran nobles, pero que en realidad son estúpidos. La verdad es que votar a favor de ese referendo sólo hubiese conseguido negarles una potencial familia amorosa y protectora a niños abandonados por parejas necesariamente heterosexuales.
Basta con que circule por ahí una carta presuntamente escrita por una mujer criada por un padre homosexual, en la que aquella narra la vida libertina que éste llevaba y cómo eso la habría afectado de forma negativa, para que se presente ese único caso como prueba reina de la inconveniencia que implica una crianza diferente al idealizado modelo de familia nuclear. Sin percatarse, quienes se convencen de esas cosas, de que casi con certeza la totalidad de padres irresponsables y libertinos que han conocido a lo largo de sus vidas son heterosexuales.
Las intenciones (proteger a los niños de padres libertinos e irresponsables) son buenas, pero los resultados (negarles uno o dos padres potencialmente amorosos y responsables) no. El ICBF examina con minucia a los candidatos a padres adoptivos. No hay razón para creer que lo hará mal si éstos son solteros u homosexuales.
Otro ejemplo: con el fin de 'cuidar a la juventud' muchos les siguen el juego a los prohibicionistas: como "hay que proteger a nuestros jóvenes de ese flagelo", la mejor idea es declarar una guerra contra las drogas, no importa si al final ésta resulta estéril y dañina. Aparte de que no advierten el hecho de que quien quiera consumir drogas lo hará (ni siquiera Estados Unidos, la máxima potencia mundial, ha podido impedírselos a sus propios ciudadanos), tampoco se dan cuenta de que esa famosa guerra termina siendo contraproducente.
Para empezar, la ilegalidad ocasiona que la droga que terminan consumiendo los adictos no sea sometida a ningún tipo de control. El producto, entonces, suele ser de pésima calidad, lo que provoca un mayor daño en el organismo del consumidor. Quienes aspiran a proteger a los jóvenes apoyando la prohibición acaban no sólo perjudicándolos más, sino también a toda la comunidad. Y aquí no me refiero solamente al gigantesco poder corruptor de los dineros de la mafia: según cuatro investigadores del John Jay College of Criminal Justice -que recopilaron información de precios al detal de heroína, cocaína y crack en Nueva York entre 1982 y 2007-, mientras menos cantidad de droga haya disponible en las calles mayor será la tasa de criminalidad. Entre varias otras, por una razón elemental: a más oferta, menor precio; y a menor precio se necesita cometer menos delitos para financiar el consumo.
No sobra mencionar que, al igual que los indudables intereses electorales que escondía el referendo discriminatorio en Colombia, detrás del caso de la criminalización de las drogas se ocultan oscuros motivos: los vendedores y consumidores son primero enjuiciados y encarcelados, y después, ya adentro, en prisión, utilizados como mano de obra gratuita al servicio del gran capital. Sea el momento para recordar que la Constitución de Estados Unidos prohibió someter a esclavitud -a 'servidumbre involuntaria'- a todo ciudadano americano, "con excepción de los condenados por un delito". (Recomiendo ver el documental Enmienda XIII -disponible en Netflix- para entender mejor este perverso juego).
A las monjitas que servían en Panamá hace casi siglo y medio podemos perdonarles el daño involuntario que provocaron: en ese momento no se sabía que los mosquitos eran los culpables de transmitir esas enfermedades. Pero no a los anacoretas que, por mucha era de la posverdad en la que vivamos, le siguen comiendo cuento a políticos y empresarios avivatos e inescrupulosos, teniendo toda la información a un click de Google.
Debe ser por eso que se dice que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.

(Imagen tomada de https://i1.wp.com)