Leo con mucho de resignación y nada de asombro que el autodenominado Estado Islámico se atribuyó el reciente acto terrorista perpetrado en la ciudad inglesa de Manchester, durante el concierto de una estrella juvenil de la canción. El atentado deja hasta ahora 59 heridos y 22 muertos. Y esto, junto al agravante de que muchos de ellos, predeciblemente, iban a ser niños, demuestra que no sólo el carácter sanguinario de sus autores no ha disminuido un ápice, sino que parece haber aumentado.


Lo que causa mi resignación y ausencia de asombro es el hecho de que pese a que las medidas tomadas frente a otros sucesos similares en el pasado han sido -más que estériles- contraproducentes, siguen siendo las mismas con cada nuevo suceso. Cuando Trump asumió el poder, la caverna mundial coreó que las cosas ahora sí iban a cambiar, que "se tuvieran" los del Estado Islámico, que les había llegado la hora. Pero no; pasó lo de siempre: lo único que ha hecho Trump hasta el momento es ordenar un bombardeo que apenas se diferenció de los anteriores en el tamaño y la potencia del proyectil, pero cuyo resultado fue el mismo: aumentar el sentimiento antioccidental en un mundo árabe que más que una zona geográfica es una mentalidad; y dejar incólumes a los potenciales perpetradores de futuros atentados, que viven en los países donde éstos ocurren.
La fuerza bruta no siempre es la mejor solución para arreglar los problemas. Quizás el lanzamiento de las dos bombas atómicas por parte de Estados Unidos sobre Japón, que determinó el final de la Segunda Guerra Mundial, haya contribuido como ningún otro evento de la historia a que se piense que a mayor ferocidad mejores resultados. Pero no hace falta tener una mente muy aguda para darse cuenta de que la bomba de Trump -'la madre de todas las bombas'- mató, según algunas versiones, a un número apenas más alto de presuntos terroristas que el número de jóvenes que mató la bombita hechiza que explotó en estadio Arena, en Manchester.
La guerra contra el terrorismo -cualquiera lo sabe- demanda unas estrategias harto diferentes a las que son apropiadas para una guerra convencional. Sin embargo, lo que uno ve es que las primeras medidas que se siguen tomando cuando hay un ataque terrorista son, por lo general, más del tipo de estas últimas. Es obvio que quienes toman estas medidas lo hacen para favorecer a determinadas industrias. O para dar una falsa sensación de seguridad al público en general, que pierde su capacidad crítica cuando un telenoticiero le entrega las noticias ya masticadas y a medio digerir.
Una de esas medidas consiste en construir murallas. Lo hicieron infinidad de pueblos de la antiguedad, y todavía se sigue haciendo, no importa que hoy la mayoría de las veces se trate de murallas virtuales. Como las leyes antiinmigración que promueven tantos políticos populistas en Europa, por ejemplo. O Trump en Estados Unidos. "No los dejaremos entrar", es el mensaje. El problema es que también la mayoría de las veces los perpetradores de los peores actos terroristas recientes han sido ciudadanos del mismo país donde se cometió el crimen. Simplemente fueron reclutados a través de internet. La estadística demuestra que no sirven para nada esas leyes, esas murallas, pero traquilizan a muchos.
Sin embargo, las preferidas, tanto por los políticos como por los consumidores de noticias chatarra, son las retaliaciones bélicas. Ya poco se dan aquellos desfiles militares en los que se exhibían enormes flotas de tanques de guerra y vastos regimientos de infantería armados hasta los dientes. Ahora el asunto se resuelve con el video de un tren militar que transporta un sinfín de misiles, muchos de los cuales llevan inscripciones macabras pintadas a brocha gorda en sus superficies por algún militar psicópata ("Desde París con amor"). Pero los atentados siguen ocurriendo con la misma frecuencia.
No es, pues, quien prometa lanzar más y más grandes bombas, o impedirle la entrada a más extranjeros, el que va a resolver el gigantesco problema que significa el enfrentamiento entre una facción radical y sanguinaria del Islam y las industrias petrolera y armamentista de las potencias de occidente -disfrazado éste enfrentamiento de una guerra de civilizaciones entre el Islam -a secas- y el Mundo Occidental -también a secas-. No es el Plavov que satisfaga el reflejo condicionado de los que claman venganza quien va a acabar con la amenaza que se cierne sobre la vida cotidiana de franceses, británicos, españoles o americanos (ni tampoco sobre la de afganos, iraquíes y sirios).
Los hechos de Manchester, acaecidos pocas semanas después del lanzamiento de la tal 'madre de todas las bombas', así lo confirman.

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