La Alianza Francesa de Barranquilla ha sido clave en la vida cultural de la ciudad. Sus directores han marcado sendas y gracias a su gestión se ha mantenido la fortaleza de esta institución clave en la enseñanza del francés, pero sobretodo del conocimiento de la cultura francófona.


Uno de ellos fue Monsieur Eric Seebold, por allá a mediados de 1980, 1985 o 1986, si no me falla la memoria. Monsieur Seebold, aparte de educador era un estudioso de la obra de Louis Ferdinand Celine, el escritor autor de la celebrada novela Viaje al fin de la noche, que tanta influencia ejerció sobre la literatura francesa posterior. Fiel a ese estudio rayano en la devoción, Monsieur ofreció un curso sobre Celine. Para qué fue eso. Por muy alejada que estuviera Barranquilla en esos años del mundo, una polémica estalló en el mundillo cultural local a propósito de ese curso. Si bien Louis Ferdinand Celine es autor de novelas inolvidables como la mencionada Viaje al fin de la Noche, Muerte a crédito, o De un Castillo, el otro, que han marcado la literatura europea e influenciado el cine mundial (por ejemplo, La gran belleza, de Paolo Sorrentino, tiene un epígrafe de Celine), también fue un confeso antisemita que escribió panfletos como Bagatelas por una masacre y La escuela de cadáveres. Pero lo que es peor es que fue un colaborador del régimen de Vichy y de los alemanes durante la II Guerra Mundial. Condenado a muerte en ausencia, fue luego indultado y regresó a Francia, donde murió en 1961.
La discusión que se armó fue la misma que ha perseguido a artistas como Knut Hamsun, Ezra Pound, Paul Gilman, Diomedes Díaz, Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges, y que en el lúcido Rincón de Casandra Alberto Assa resumió en una pregunta: ¿Debe separarse el arte y la obra de la vida del autor? Por el camino se preguntaba cómo estudiar ese arte y a la vez no ensalzar al criminal. Al final, ni el mismo Assa tenía una respuesta clara. (Confesaba que amaba la obra de Hamsun, al que consideraba uno de los grandes escritores del siglo XX, pese a sus loas al “inefable Adolfo”). Sin embargo, sí hacia una observación: las personas tienen una opinión y a veces la cambian hasta el punto de llegar a conclusiones totalmente opuestas, y lo único que de verdad debe juzgarse es la sinceridad de esas opiniones, así sean contrapuestas.
Desde esa época no mucho ha cambiado para bien. Creería más bien que ha empeorado. Muere alguien famoso y sale aquél que denosta al difunto por su vida u opiniones, no por su obra. Miren los recientes casos de García Márquez, enviado al infierno por su apoyo a Fidel Castro por una congresista lengüilarga; de Diomedes Díaz, cuya actuación en el caso de Doris Adriana Niño cada tanto emerge en el juicio de valor de su obra; o la prohibición de actuar en Rock al Parque a Paul Gilman por su apoyo al chavismo. Las redes sociales bullen en estas disputas, y voces a favor o en contra de estos artistas pululan en un griterío interminable de indignados. Creo que al final estos indignados llevan las de perder. No por indignados tienen razón. Son discusiones de “gatos canequeros”, como me dijo una vez el escritor John Better Armella.
Hay casos en los cuales la obra está muy por encima de la vida del escritor, como ocurre con García Márquez y sus opiniones políticas, o con Borges y sus ironías conservadoras: hasta los más feroces críticos reconocen su valía literaria.
A fin de cuentas, el arte no tiene cadenas, pervive, y en la medida en que la obra le siga diciendo algo a las generaciones, devendrá en clásico. Por muy incómodo que sea Celine, si su obra sigue vigente, las discusiones sobre su “depravación moral” serán una anécdota para generaciones futuras, para aquellos que se interesen en estudiarlo. Igual pasará posiblemente con Diomedes Diaz, cuya obra quizá sobreviva a las histerias feministas políticamente correctas que cada tanto surgen. Quizá Gilman, más allá de su apoyo a Maduro, seguirá siendo el ilustre desconocido que hoy es.
Hace tiempo, un escritor y cortesano recibió un encargo de un tirano que había ascendido a sangre y fuego en su reino; se trataba de escribir una obra que alabara y justificara su gobierno. El escritor acometió la tarea y redactó un texto en el que conectaba a sus dioses con el tirano, que había desterrado y desheredado incluso a miembros de su familia, y a poetas que alguna vez gozaron de su favor. A un poeta famoso, por ejemplo, que sospechó que sabía demasiado de su familia, lo desterró a los confines del imperio en duras condiciones y casi matándolo de hambre.
Esos actos de crueldad no le importaron al autor, quién antes de su muerte pidió destruir su obra, no porque hubiera puesto su pluma al servicio del tirano, sino porque estaba inacabada. El déspota recuperó su obra y la publicó. Hoy, 20 siglos después, la leen en los colegios y está considerada un clásico. Hablo de La Eneida, de Virgilio. Por supuesto, el tirano es Cesar Augusto, quien desterró a Ovidio a Tomis, un confín remoto del Imperio Romano. La obra se lee como lo que es: un hito de la literatura romana, y solo se menciona lateralete que en realidad fue concebida como un panfleto.
El arte, pues, está por encima de la vida de sus creadores, de sus acciones privadas o sus opiniones políticas. Monsieur Seebold, como muchos, rescató lo que hay de bueno y noble en la obra de Celine, como otros ven poesía en las canciones de Diomedes, como el universo de Macondo brinda significados a sus lectores, o los laberintos borgianos siembran inquietudes a quienes se acercan a sus letras. En cambio, a quienes ven lo negativo en las biografías de los autores, les queda el insuficiente ejercicio de escarbar en la basura, como las gatos canequeros.
Una amiga me dijo una vez que es necesario tener siempre la mirada limpia. Es posible que esa sea una buena receta para vivir.
 
(Imagen tomada de www.eldiarioexterior.com)