El cainismo arraigado en nuestro código genético parece no tener límite. Mientras uno de nuestros deportistas más destacados se rompía el lomo en la bota itálica, por acá no faltaba un grupetto1 que en la comodidad de sus computadores y teléfonos inteligentes no hacían sino menospreciar los históricos logros del hijo predilecto de Boyacá.


Cuando tenía 24 años ya se había convertido en el mejor ciclista de la historia de un país que ha parido a figuras como Martín Emilio Rodríguez, Lucho Herrera y Fabio Parra. A tan tierna edad superar a este trío no parece una tarea fácil; ignorar -mediante la crítica sin sentido- los logros de aquellos que se esfuerzan y luchan parece que sí lo es. Y lo hacen con cualquier frase traida de los cabellos: “Es un segundón”, “No lo da todo”, “No tiene la mentalidad de un campeón”.
Revisemos aquello de ser “segundón”. No hace falta haberse montado en una bicicleta para entender que el quedar en el segundo puesto en una gran vuelta no es ninguna deshonra sino todo lo contrario. Un gran campeón como Alejandro Valverde lloraba como un crío en el 2015 por subirse al tercer lugar del podio en el Tour de Francia, tenía en ese entonces 35 años. Valverde, ganador de 108 competencias en su dilatada trayectoria incluida una Vuelta a España, está teniendo una de las mejores temporadas de su carrera y hace un mes le preguntaron qué había cambiado y respondió: “Hacer podio en el tour me liberó muchísimo”.
Lo de segundón no se apega a la realidad porque Nairo tiene en su bolsa triunfos en dos grandes, el Giro de Italia 2014 y la Vuelta a España del 2016 (venciendo nada menos que a Chistopher Froome y a Alberto Contador); adicionalmente se ha ganado el Tour del Porvenir, La Volta a Cataluña, el Tour de Romandía, dos veces la Tirreno-Adriático, Ruta del Sur, etc, etc. Le falta el Tour, del cual tiene tres podios, pero sin importar si se le dé o no, así mañana decida no correr nunca más, ya se ha ganado un lugar en el Olimpo de este deporte; no en vano es catalogado entre los mejores 70 corredores de todos los tiempos y uno de cuatro en la historia que han hecho podio consecutivo en Giro, Vuelta y Tour.
No lo da todo, dicen algunos. Resulta irónico que sus competidores lo admiren (y le teman) por eso, porque en los días malos (todos los tienen) no da ventajas o limita dramáticamente las pérdidas. Nairo es el Rafael Nadal del ciclismo, ese rival incómodo que es capaz de sufrir más allá de la cuenta, que tiene un umbral del dolor que no parece humano. Sólo desde la entrega se explica cómo Nadal puede vencer a un tenista mejor dotado que él como Federer, sólo desde ahí se entiende que Nairo le pelee de tú a tú a gigantes del ciclismo como Froome, Contador y Nibali. Por cierto, siempre ha vencido a Contador y a Nibali, dos de los seis ciclistas que han ganado las tres grandes.
Nairo, por biotipo, arranca perdiendo cada gran vuelta con un minuto por cada 10 kilómetros de contrarreloj individual, pero este chiquitín corajudo, a base de apretar los dientes (y algo más), trata de equilibrar la balanza. Fue sorprendente la crono del domingo, donde Tom Dumoulin sólo le sacó 1:24 en treinta kilómetros; programas de simulación especializados estimaban una pérdida mínima de dos minutos. Con su desempeño les calló la boca a esas aves de mal agüero que ya lo colocaban de 4 o 5 en la clasificación general, fue capaz de sostenerse frente al local y gran campeón Nibali y superó a Thibau Pinot, quien en teoría lo debía vencer por un minuto.
“No tiene mentalidad de campeón”, esto me lleva a concluir que cuando gana es por obra y gracia del Espíritu Santo, o es que los rivales son inmensamente generosos y lo dejan escapar. ¿O es que llegar a un equipo español como Movistar, con un gran líder chapetón como Valverde y convertirse en el líder del equipo en menos de dos años (con 23 añitos) es una bobada?
Nairo es ambicioso, lo dice José Luis Arrieta, de Movistar, quien lo conoce muy bien: Tiene una virtud, que es la de todos los campeones, que saben lo que quieren. Pasarán dificultades, pero nunca se arrugan, y nunca sabes hasta dónde han podido sufrir….Cuando le cuentas un poco la historia, ‘gano este o el otro’, ves que él se lo guarda y que piensa ‘yo aquí voy a poner mi nombre’; no lo dice, pero se lo ves en su mirada”. Quintana cree tanto en sí mismo que se pone listones tan altos como hacer un doblete Giro-Tour, algo que muchos especialistas han criticado y que hace 20 años no se hace. Lo hizo Marco Pantani en 1998 en una época en la que el doping hacía de las suyas en el deporte de pedal.
La verdad no entiendo esta inquina contra aquellos compatriotas que con base en su sacrificio y dedicación se han labrado un gran presente, y de paso le brindan alegrías a un país que ha hecho muy poco por ellos. ¿Será que al vernos en ese espejo nos sentimos incómodos, pequeños e irrelevantes? Porque, sin importar la ocupación que desempeñemos los criticones (administradores, médicos, abogados, ingenieros, periodistas), nunca llegaremos en nuestras profesiones al nivel de excelencia al que ha llegado este boyacense. Sin ser capaces de ganarnos ni el premio de montaña a la azotea del edificio en que vivimos nos atrevemos a someter a una burlita sarcástica a aquel que durante tres semanas se sube al caballito de hierro y busca la gloria a través de 3.400 kilómetros mientras lleva a su organismo a unos límites insufribles y, de paso, expone a diario su vida como tristemente quedó reflejado en el caso del ganador del Giro, Michelle Scarponi, quien falleció al ser atropellado mientras entrenaba para este Giro del Centenario.
Y no se trata de que endiosemos a nuestros deportistas, ni más faltaba, sino que aprendamos a disfrutar con plenitud de sus triunfos, que en el caso de Nairo no son menores, y dejar de lado esa anhedonia que nos cae y que nos impide gozar de los placeres de la vida. Disfrutemos a Nairo, admirémoslo por el gran corredor que es y no lo sometamos a cien años de ingratitud porque las estirpes que condenamos injustamente a nuestro héroes no tendremos una segundona oportunidad sobre la tierra.
 
  1. Grupetto: grupo de corredores rezagados sin ninguna aspiración en la clasificación general que en las etapas de montaña arman un lote juntos con el objetivo de llegar a la meta dentro del límite máximo de tiempo permitido.
(Imagen tomada de semana.com)