El buen escritor colombiano, William Ospina, expresó hace pocos días una extraña opinión, comparando la situación actual de Colombia y Venezuela: “Si los pobres colombianos fueran tan capaces de quejarse como los ricos venezolanos, Colombia cambiaría”, afirmó en una entrevista concedida a un canal local de televisión.


¿Qué quiso decir con eso? ¿Acaso le parece que las protestas en Venezuela son protagonizadas por millonarios? ¿Si fuese cierto que solamente los venezolanos ricos son quienes protestan –que no lo es–, carece de legitimidad su desacuerdo con el régimen de Maduro, ya que la gente pobre es la única que tiene derecho a la protesta? ¿Se vale cualquier argumento para seguir defendiendo, en contra de las evidencias, la desastrosa gestión del chavismo?
No es serio descalificar a priori a quienes se identifican con los ideales chavistas, incluso a los que insisten en minimizar, excusar o negar los desmanes del régimen. Sin embargo, el pueril tufillo de resentimiento de clase que subyace en la declaración de Ospina preocupa y desilusiona. Porque uno supone que lo que solemos llamar “intelectualidad” es una élite conformada por personas cuya principal virtud es la profundidad de sus reflexiones, y que las pasiones universitarias que se reducían a detestar a los policías del barrio por el solo hecho de serlo terminaban aquietándose en la madurez.
Ni lo uno ni lo otro parece evidenciarse en la respuesta deliberadamente ambigua de este intelectual criollo que ya había sorprendido a alguna audiencia inerme –también con la intencional pose de quien quiere parecer misterioso e interesante– cuando lanzó al viento su decisión de votar por Óscar Iván Zuluaga en las pasadas elecciones presidenciales “para tener bien identificado al enemigo”.
La juguetona frase de William Ospina, que trata de ser sarcástica sin éxito, deja en el aire una idea que parece gestada en alguna cafetería de barrio y no en una universidad o una biblioteca: que la crisis venezolana no es tan incontrovertible como parece, que los múltiples desaciertos del actual gobierno son exageraciones del imperialismo, que las graves consecuencias de una ideología anclada en la irrealidad son malévolos inventos de CNN, que los muertos en las calles durante las protestas son una mentira difundida por la oligarquía a la que el chavismo le arrebató sus privilegios y, con el delirio a flor de piel, que Venezuela está mucho mejor que Colombia. Si esa es la profundidad argumentativa de uno de nuestros más insignes intelectuales, qué podrá esperarse de quienes no han escrito ni leído una sola línea en su vida.
Prefiero mil veces leer los extensos libros del prolífico escritor, sean de ficción o de historia (aunque podrían ser de una sola de las dos cosas porque es sabido que la historia es la más grande de las ficciones), a escuchar sus efectistas posiciones políticas. Aunque creo que en unos meses algún periodista sucumbirá a la tentación de preguntarle sobre su intención de voto en las elecciones del próximo año. Y entonces, William opinará de nuevo.

(Imagen tomada de cromos.elespectador.com)