En el desarrollo de una entrevista que concedió durante el Festival de Cannes, el cineasta austriaco Michael Haneke soltó una de esas opiniones que se ponen de moda y terminan ganando los titulares de las notas periodísticas: "las redes sociales no son la vida real (…) su superficialidad marca las relaciones actuales”. Algo parecido declararon un poco antes de morir personajes de la talla de Zygmunt Baum o Umberto Eco.


Emitir ese tipo de opiniones se ha convertido en el lugar común donde igual cae el gran pensador que el oficinista con ínfulas de filósofo. Por eso muy poca gente se atreve a cuestionar esas aparentes verdades, máxime si los hechos que las sustentan están a la vista: el afán por conseguir likes, la ansiedad por mostrar las fotos de lo que se va a comer, la perfección postiza de los viajes a todas partes del mundo...
Sin embargo, si fuese cierto que son las redes sociales las que nos están llevando a ese hipotético desbarrancadero tendríamos que sacar una conclusión que se me hace cuando menos curiosa: que antes de la aparición de éstas vivíamos una vida caracterizada por la sinceridad en nuestras relaciones y por la profundidad de nuestro pensamiento.
Yo no sé ustedes, pero después de hacer esa reflexión me resisto a sumarme a ese coro de lamentos, y mucho menos a sentir añoranza por un paraíso perdido que nunca existió. Cualquiera que oiga a uno de esos nostálgicos de aquella vida que-sí-valía-la-pena-de-ser-vivida pensaría que las cafeterías de universidades de 1983, cuando ni siquiera había nacido Mark Zuckerberg, eran testigos de tertulias que nada tendrían que envidiarle a las que se desarrollaban hace 2.500 años, en el Ágora de Atenas. Y no, no era así. Les aseguro a quienes son demasiado jovenes para saberlo que apenas se podría distinguir entre lo que conversaban dos universitarios de mediados de los ochentas y lo que conversan dos de la actualidad.
De hecho, me parece que de existir una diferencia ésta sería en el sentido contrario de lo que dice el vox populi: hoy en día, y justamente gracias a las redes sociales, los jóvenes están más al día con las noticias, más en contacto con la realidad. Más aún: participan de tú a tú en discusiones y debates de gente mayor (con amigos de sus padres, que son contactos suyos en Facebook o en Twitter, con sus profesores, con intelectuales a los que siguen). Esa posibilidad en tiempos de aquella imaginaria Grecia Clásica ochentera, en la que simultáneamente bailaba Michael Jackson en televisión, era prácticamente inexistente.
Pero además, por medio de la observación cotidiana de, digamos, estados de Facebook, o de comentarios en este o aquel post, o de los trinos que comparte o aprueba alguien, se puede conocer mejor y más a fondo a las personas. Eso para no hablar de las inesperadas relaciones que surgen gracias al encuentro fortuito de dos desconocidos en la página de algún contacto común a ambos, muchas de las cuales han sido propiciados por una idea o interés afín imposible de detectar tan fácilmente dos o tres décadas atrás.
Dudo, pues, de la tal superficialidad en las relaciones derivada exclusivamente de las redes sociales, y del supuesto contenido light de las mentes de ahora con respecto a las de hace 30 años.
Pero, además, tampoco me convence eso de que sólo desde hace 15 o 20 años estamos vendiendo una imagen que no corresponde con nuestra realidad. O, para ponerlo en palabras de alguno de uno de esos apocalípticos de oficio, viviendo una vida falsa. ¿Es que nadie que se esté acercando a los 50 recuerda haber oído en su infancia el comentario del carrazo que tenía fulano mientras la nevera de su casa permanecía vacía? ¿Ninguno se acuerda de la familia tal que, estando llena de deudas, se fue de viaje a Europa y anunció su regreso en las páginas sociales del periódico local?
Yo sí lo recuerdo. Y por eso, repito, me resisto participar de la sistemática satanización que se le hace a las redes sociales, en la que está empeñada tanto Savonarola contemporáneo. Allí, en esa ajusticiadora hoguera de admoniciones y reproches, se quieren quemar, junto a los videos de los viajes en yate y a las fotos de la langosta a la termidor a punto de ser devorada en el restaurante exclusivo, las opiniones sesudas del uno, la fotografía espléndida del otro, el poema sentido de este, el reencuentro efusivo de otros dos.
Allá el que recuerde aquel pasado en el que se sentaba a charlar con las reencarnaciones de Platón y Aristóteles, allá el que se lamente de la frivolidad de la vida actual. Pero lo que soy yo seguiré disfrutando de entrar a Facebook o a Twitter, como se entra en cualquier otro escenario social, a decidir por mí mismo a qué de lo que hay allí puedo sacarle algún provecho (el que sea, no tiene que ser sólo intelectual).
Y, por supuesto, a qué de lo que hay ahí lo considero nada más que basura, para simplemente pasarle por encima.

(Imagen tomada de http://ichef.bbci.co.uk/)