Si alguna contribución cultural tiene la vida de Manuel Antonio Noriega, es haber servido de modelo a la imagen del dictador latinoamericano corrupto en el cine: desde el depuesto dictador Ramón Esperanza, en Duro de Matar 2, interpretado por Franco Nero, pasando por el villano M. Bison de la película Street Fighter, la última batalla, al que dio vida el puertorriqueño Raúl Julia, hasta el caricaturesco Alphonse Simms, con sus gorras alzadas para parecer más alto, en la comedia Luna sobre Parador, entre otras películas. E incluso, el haber inspirado también un personaje del video Call of Duty: “Cara de Piña”.


Pero su recuerdo en Panamá produce sentimientos encontrados. Como señalo en su Twitter el presidente Varela luego de su muerte el martes 30 de mayo: “La muerte de Manuel A. Noriega cierra un capítulo de nuestra historia; Sus hijas y sus parientes merecen enterrarlo en paz ". Un homenaje sin gloria a un hombre que era recordado por blandir un machete mientras gritaba consignas nacionalistas desafiantes, al tiempo que llevaba una vida lujosa y libertina con sus riquezas mal obtenidas, en la que destacaban las fiestas llenas de excesos en lujosas mansiones en donde exhibía su colección de antigüedades y otros tantos caprichos infantiles: Noriega coleccionaba ositos de peluche vestidos de paracaidistas.
Cruel, de pocas palabras, frio, pero a su manera correcto, dispuesto a dejarse sobornar por aquel que pudiera pagar el precio de sus servicios, la vida de Manuel Antonio Noriega comenzó en un barrio pobre de la Ciudad de Panamá, el 11 de febrero de 1934, según los datos más confiables.
Dependiendo de quién cuente la historia, su padre era contador público y su madre cocinera o ama de casa. Huérfano de padre y abandonado, fue criado por una madrina, y sus ambiciones eran ser médico psiquiatra o presidente de Panamá. Dado que no pudo ingresar a estudiar medicina, sus conexiones le permitieron ingresar a la Guardia Nacional. Su ascenso al poder comenzó como leal servidor del General Omar Torrijos con el golpe de estado del 11 de octubre de 1968.
Astuto, osado, mujeriego, juerguista, buena vida y divertido, Omar Torrijos fue hasta su muerte venerado como un líder latinoamericano que con un discurso opuesto a los Estados Unidos (“El gallo panameño para jugárselo a los gringos”, decía una canción de Rafael Escalona de esos años) logró que los nortemaericanos devolvieran el Canal a los panameños con la firma de los tratados Torrijos-Carter. Sin embargo, en Panamá su legado es discutido: sus críticos cuestionan los abusos en materia de Derechos Humanos, la tutela militar sobre el gobierno, la corrupción, la represión y la violencia contra los opositores. Por otro lado, quienes apoyan su ejerccio gubernamental presentan como su gran logro la recuperción del Canal y, con ella, de la dignidad nacional. Una herencia tan controvertida en opiniones que se refleja en dos hechos: su hijo Martin fue electo presidente, en buena medida por la grata memoria de su padre entre los panameños, y el Aeropuerto de Panamá, que había sido renombrado Omar Torrijos tras su muerte en 1981, volvió a su nombre original, Aeropuerto de Tocumen, después de la caída de la Noriega.
Fue en los años de Torrijos cuando Noriega ascendió en la Guardia Nacional, donde se convirtió en Jefe de la Inteligencia, y fiel auxiliar del “Hombre Fuerte”. Desde el cargo, orquestó la tortura, desaparición y encarcelamiento de opositores, estrechando las relaciones con las agencias federales americanas y la CIA. Pronto mostró sus habilidades para venderse al mejor postor. Se vendió a todo aquel que estuviera dispuesto a pagar su precio: La CIA, los narcotraficantes colombianos, los contrabandistas, el gobierno cubano.
Después de que el General Torrijos muriera en un accidente aéreo en 1981, Noriega maniobró para hacerse cargo de la Guardia Nacional. Colaboró para deponer al sucesor de Torrijos en 1982 y posteriormente engañó al general Rubén Darío Paredes para convertirse en el Comandante de la Guardia Nacional.
Vanidoso como pocos, se autonombró “El hombre fuerte”, pero el apodo que se hizo famoso entre sus detractores fue “Cara de Piña”, debido a la forma de su cabeza y a su rostro repleto de cicatrices de la viruela. En esos años fortaleció sus vínculos con el narcotráfico, en particular con el Cartel de Medellín, que fue al final lo que le costó la cabeza.
Las crecientes demandas de democracia en Panamá, originadas en las condiciones del tratado Torrijos-Carter, junto con la preocupación del Senado de Estados Unidos por la próxima entrega del Canal, fueron respondidas por Noriega con represión y beligerancia, confiado en que sus pasadas relaciones con las agencias norteamericanas de intelegencia lo hacían indispensable. Al final, la paciencia de Washington y la deriva autoritaria de su regimen, llevaron a los norteamericanos a intervenir. Acusaron a Noriega en 1988 por cargos de narcotráfico y finalmente, el 20 de diciembre de 1989, los Estados Unidos invadieron a Panamá, con la intención de detener a Noriega y de restaurar la democracia. Las fuerzas panameñas resultaron incapaces de oponer resistencia y el dictador se refugió en la Nunciatura el 24 de diciembre. Cercado, se entregó a los norteamericanos el 3 de enero de 1990.
El resto de su vida fue un pasar en cárceles. Condenado en 1992 a 40 años de cárcel, paso 17 años detenido en la Florida, acusando al gobierno norteamericano de haberlo traicionado. En 2010 fue extraditado a Francia para enfrentar cargos por blanqueo de dinero. Nuevamente condenado, en el 2011 fue finalmente extraditado a Panamá, donde fue condenado a 20 años por la desaparición de varios opositores políticos en los años 80.
Nunca expresó remordimiento; en un libro expresó que: “Nadie puede evitar el juicio de la historia. Sólo pido ser juzgado en la misma escala de traición e infamia de mis enemigos".
Sin embargo, en una entrevista para la televisión panameña se mostró más conciliador al indicar: "Quiero cerrar el ciclo de la era militar como el último comandante de ese grupo", dijo, "pidiendo perdón".
Su muerte deja un legado repudiado en la sociedad panameña; como señaló la excandidata presidencial Balbina Herrera: “No tuvimos la capacidad como sociedad de hacer un proceso de reconciliación entre los involucrados, y quedará un gran vacío con su muerte”. Con él muere un capítulo de la historia latinoamericana: la de los dictadores militares que a sangre y fuego gobernaron sus países. Luego del derrocamiento de Manuel Antonio Noriega, los “hombres fuertes” latinoamericanos serían autócratas civiles que guardaron las formas democráticas. Un avance, a pesar de todo.