Hace dos semanas se armó un zafarrancho en mi muro de Facebook porque reconocí públicamente y sin sonrojarme que mordí a mis hijos para enseñarles a no morder y que jamás dormí con ellos porque la práctica del colecho y de la crianza con apego me entra en reversa. Ambos posts despertaron pasiones encontradas. Unas voces a favor, otras en contra. Que cómo voy a impulsar la violencia intrafamiliar entre tantos seguidores, que el lenguaje tiene poder y debería medirme más a la hora de expresarme no sea que alguien se lo tome literal y le arranque un pedazo de cachete a su hijo, que eso de enseñar “ojo por ojo y diente por diente” es lo que nos tiene como estamos, que por eso somos vengativos…en fin, se armó un debate bastante interesante en el que me sacaron hasta los antecedentes de la Procuraduría.  

 

Reconoceré de entrada lo que ya muchos saben: soy el ejemplo típico de una madre atípica. A mis hijos no les di teta, a pesar de tener leche hasta para los bebés de los vecinos, porque no me sentí bien haciéndolo; no dormí con ellos en mi cama porque me incomodaba tenerlos ahí; no los mecí en mecedor ni los chocholié a la hora de irse a la cuna porque para mí esas prácticas los echan a perder y le enredan la vida a la mamá; no los puse de primero; no los ubiqué en el centro de mi existencia; no giré alrededor del ombligo de esos mucharejos cual satélite embelesado. Nunca les seguí caprichos, ni acepté pataletas, ni tiradas al piso, ni berrinches. Para prepararme como mamá no leí nada. Cero. No es posible aprender a ser mamá a partir de libros de autoayuda. El mejor maestro será ese bultico parido por tus entrañas. Por lo menos así fue para mí, un aprendizaje mutuo y una vaina muy personal entre mi hijo y yo. Un hacer clic. Así que solita me diseñé un método soportable, el mío mío. Y consta de un montón de tips prácticos, de barbaridades, seguramente, que de tanto en tanto comparto con mis lectores, pero que a nosotros nos funcionaron. Por lo menos nos hicieron la vida más llevadera. Porque, no nos digamos mentiras, ¡qué cosa tan dura es convertirse en madre! Durísima. Y ahora, con tanta perfección que se le está exigiendo a las madres de los millenials, la maternidad se está convirtiendo en una especie de religión con feligreses y todo. 
¿Quién puede decir que me vio con un termo de agua caliente y un pote de leche metidos en una pañalera gigante de aquí para allá? Nadie. Yo hacía los teteros en la mañana y los dejaba dentro de la nevera para que se pusieran fríos y así, ya preparados, los sacaba a la calle listos para consumir. Cero parafernalia, cero enredos. A casa que llegaba iba directo a la nevera a refrigerar los teteros. Anulé la leche caliente y anulé la jartera que me producía tener que entibiarla para que la lengua del pelaíto no se quemara. ¡Leche fría desde recién nacidos! Fría de nevera. Lo que fuera más fácil para mí debía también funcionar para ellos. Por eso les enseñé a tomarse el tetero solos, que no mezclaran apego a la madre con alimentación para que pudieran comer en cualquier lado y con cualquier persona. La hora de la comida era simplemente eso, la hora de alimentarse. Los juegos y las carantoñas y los pechiches eran en otros momentos y en otros lugares. Ni a la hora de comer ni a la hora de dormir. ¿Resultado? Durmieron de largo desde que nacieron y no jodían para comer. Bueno, tampoco hay nada perfecto: mi hijo menor todo lo que comía lo vomitaba por una úlcera en el estómago (reflejo que también le quité con mis métodos mágicos -pero esa ya es otra historia de la que menos mal no se enteró en su momento Bienestar Familiar-). 
¿Dormir con los papás? Nunca lo practiqué. La cama matrimonial es para la pareja y para que todo el combo vea películas de tanto en tanto, pero no para el condumio permanente todas las noches de los 365 días del año. Detesto el colecho, me resulta insoportable, desagradable y altamente nocivo. Cada quien en su espacio y con sus cosas. Los muchachitos desde bebés en sus camas y con la luz apagada. ¿Sin bulla? Pues no, con la bulla natural de una casa. Con el ruido del televisor en el cuarto de al lado o de la licuadora en la cocina. A un niño que aprende a dormir así, luego no lo despierta ni un terremoto. ¿Por qué creerá tanta gente que la llegada de un escuincle al hogar debe trastocarlo todo y que la madre debe olvidarse de sí misma y estar a entera disposición del hijo? Que él estire la mano y ahí esté la teta así sea solo para morderla y jugar con ella. Que él grite, pegue un alarido, y ella esté enseguida a su lado satisfaciendo sus demandas. Que él se tire al piso porque desea un carrito y ella salga corriendo a comprar el juguete. Y así. 
Toda esta perorata no va para las madres perfectas. Para esas que están siempre al lado de sus mochuelos dándoles todo lo que ellos exigen y hasta más. Esa perfección no necesita palmaditas en la espalda ni voces de aliento. Toda esta lora va para las “malas madres” como yo, que viven con sentimientos de culpa porque muchas veces quieren tirar la toalla, largarse y dejar todo botado para no ahorcar a su prole, para no colgarlos del pescuezo; va para esas madres que se desesperan y dan alaridos de la frustración que le generan sus hijos, que aprietan brazos y meten pellizcos y jalan mechas para controlar al muchachito que ya las sacó de casillas. Está bien no ser perfecta y carecer de paciencia. No sufran, no tiene nada de malo reconocer que hay cosas que nos pueden, que nos sobrepasan, que nos hacen preguntarnos: ¿pero qué diablos hice yo para merecer esto? Aceptemos más bien que no todas somos expertas en manualidades, como la mamá de Manuela (la niña esa que siempre lleva la mejor maqueta al colegio); o que no somos chefs, como la mamá de Nicolás (el niño que lleva comida gourmet de almuerzo preparada por su mamita a las cuatro de la mañana); o que no somos tan devotas como la mamá de Juan (el niño del Jardín con cuatro años que todavía toma leche materna y que por eso no tiene alergias). No se sientan culpables, que en últimas, cuando los hijos crecen, todos terminan haciendo la de mi hermano mayor, quien estando en el colegio en la celebración del día de la madre, le sacó un cartel a mi mamá con la siguiente leyenda:
¡MADRE SOLO HAY UNA Y JUSTO ME TOCÓ A MÍ!

(Imagen tomada de https://lacasadelatata.com)