El barrio La Soledad, de Bogotá, no se caracteriza precisamente por hacer honor a su nombre. En las últimas décadas, sus cuadras de edificios viejos han venido albergando a una cada vez más numerosa muchedumbre, variopinta y contradictoria, que convierte a este tradicional sector capitalino en uno de los más concurridos.


Un martes cualquiera usted puede encontrarse en el sector del Park Way, por ejemplo, con jóvenes hipsters en bicicleta, estudiantes de mochila y cámara fotográfica, ejecutivos de corbata y camisa planchada, muchachas tomadas de la mano, señoras con bolsas de panecillos bajo el brazo, aprendices y profesionales de toda clase de artes, diseñadores, obreros, indigentes, funcionarios públicos de todas las pelambres, políticos vestidos con jeans que desayunan omelettes y tostadas, conspicuos fumadores de marihuana, bebedores vespertinos de cerveza artesanal, bailadores de salsa, sacerdotes hermosos y, por supuesto, cientos de perros -con sus dueños, sus entrenadores y sus acariciadores ocasionales- que muchas veces nunca se han enterado de que lo son.
Esta vitalidad rica en matices, surgida de la combinación entre las dinámicas cotidianas de quienes viven y trabajan en este barrio y sus alrededores, no logra sustraerse, a pesar de su generalizado espíritu alternativo y contestatario, de uno de los problemas centrales de la realidad urbana del país: la multiplicación de automóviles.
Extrañamente no se ven filas de carros sin saber a dónde ir, estancados en las vías principales, alimentando las desesperantes estadísticas del tráfico más caótico del mundo. Por el contrario, lo que parece ocurrir en La Soledad es que una innumerable cantidad de dueños de vehículos particulares se ponen de acuerdo para visitar la zona al mismo tiempo, por razones personales y laborales, y, ante la increíble ausencia de estacionamientos, se ven obligados a dejar en plena calle sus preciados bienes de cuatro ruedas.
El panorama, entonces, se torna mucho más extraordinario: en las vías secundarias se ven hileras interminables de automóviles inmóviles, los símbolos del progreso de las clases medias estacionados uno detrás de otro, en calma y en silencio, esperando a que sus conductores regresen de trabajar o de comer o de tomar su café orgánico con galletas de macadamia.
Este idílico panorama urbano es aprovechado por una fuerza que extrañamente incrementa su apetito de legalidad, su eficiencia sin par y el ejercicio transparente de su autoridad, los días y en las horas de mayor afluencia de visitantes motorizados: la Policía de Tránsito.
Según la ley, el dueño de un carro estacionado a la vera de un andén incurre en el delito de “Abandono en la vía pública”, así no exista una señal que prohíba el parqueo en una zona específica. Esto hace que los vehículos de La Soledad un preciado botín para patrulleros y operadores de grúas.
Los he visto agazaparse detrás de los postes, esperando a que los desprevenidos conductores se alejen lo suficiente y poder emprender sin obstáculos las rápidas y silenciosas maniobras que terminan con el carro arrastrado hacia el ignominioso destino de “Los Patios”, el purgatorio de los mal parqueados. Los he visto también reducir sus gestos a la inequívoca mueca de la decepción cuando la buena ventura hace que el infractor detecte el procedimiento ninja, y a los gritos corra detrás de la grúa para detener a los oficiales de la ley, obligándolos a desenganchar el trofeo y a terminar el asunto con una simple multa de más de 300 mil pesos.
En estas escenas diarias convergen diversos factores característicos de nuestras contradicciones urbanas: la total falta de parqueaderos públicos en una zona de alto tráfico automotor; la manguala en contra de una policía asumida como el enemigo, ejercida en alertas vociferantes cuando se acerca la temida grúa; el método depredador usado por los agentes de la ley para retirar vehículos de las calles, que se parece mucho más a las maniobras subrepticias de los jaladores de carros que a operativos de agentes del Estado.
No hay explicación aparente para esta particular forma de hacer cumplir la ley a escondidas. Tampoco existe alguna que nos haga entender las razones por las cuales cientos de conductores dejan sus vehículos en las calles de La Soledad sabiendo que en cada esquina pueden tener el infortunio de encontrarse con la sigilosa grúa de las infamias.
¿Por qué tanta gente visita este barrio de contrastes? ¿Vienen de tan lejos que es imposible llegar encaramados en un bus? A lo mejor son como moscas volando hacia miel, y vale la pena el riesgo de que sus carros terminen en “Los Patios” con tal de saborear, en un pintoresco café iluminado con graciosos farolitos, las mejores galletas de macadamia del mundo.
 
(Imagen tomada de https://c1.staticflickr.com)