No recuerdo cuándo fue que oí por primera vez sobre ese asunto de los bitcoins, sólo puedo decir que desde entonces -haya sido cuando haya sido, y hasta el sol de hoy- no he logrado comprender de qué va exactamente eso. Vi un documental hace un tiempo en el que un tipo lo explicaba como para que entendiera hasta un niño de cinco años, pero supongo que apenas tengo cuatro años mentales en esa materia. De lo poco que entendí fue que mientras cada vez hay más dinero tradicional en el mundo -y por lo tanto su valor decrece-, los bitcoins son finitos (algún día llegarán a su límite) -y por lo tanto su valor tiende a aumentar en el tiempo-.


Todo eso suena lógico, y estaría muy bien si al menos entendiera cómo es eso de que alguien, que ni siquiera se sabe a ciencia cierta quién fue, creó dinero en algún momento y en alguna parte que tampoco están claros. Así, de la nada. Y el mundo lo aceptó. Tan tranquilamente. Y mientras tanto, en la otra cara de la moneda (nunca mejor dicho), me entero de que hay venezolanos vendiendo billetes de cien bolívares en las estaciones de transmilenio de Bogotá, pero no a su valor nominal, sino como objetos de colección, porque -caso contrario al de arriba- alguien (Maduro) de alguna manera destruyó ese dinero.
Resulta cuando menos paradójico que eso que sin duda es lo más apetecido, lo que mueve al mundo, por lo que se llevan a cabo los actos más maravillosos y los más mezquinos y los más heroicos y los más crueles, y los más atrevidos y los más infames, y los más…eso, pues, capaz de mantener unida a una gran organización de gentes heterogéneas o de separar para siempre a los amores más grandes, termine siendo una cosa tan etérea y arbitraria.
Hace un tiempo el columnista Héctor Abad Facio-Lince reflexionaba al respecto, cuando un grupo de expertos, entre los que se encontraba nadie menos que el premio Nobel de Economía Paul Krugman, aconsejaba al entonces presidente Obama que acuñase una única moneda de platino y le asignase el valor de un millón de millones de dólares, para así conjurar la amenaza que, por cuenta de las presiones de los republicanos, se cernía sobre la capacidad de endeudamiento de Estados Unidos, y por ende sobre su calificación de crédito.
Y, mucho antes de Abad, también el escritor argentino Ernesto Sábato se refirió al tema, concretamente a través de uno de los personajes de su novela Sobre héroes y tumbas. En efecto, en su Informe sobre ciegos, Fernando Vidal Olmos discurre acerca de las multitudes de personas que depositan en los bancos, "con infinitas precauciones", lo que él llama "pedazos de papel con propiedades mágicas". Los cuales papeles "otras multitudes retiran de otras ventanillas con precauciones inversas".
Vidal después se asombra de que esos "papeluchos sucios" simplemente se comprometan a dar "no sé qué cosa" al 'creyente' (en los papeluchos), sin que nadie nunca haya reclamado esa tal cosa. Y continúa enseguida con los cheques ("otro papel más limpio pero todavía más alocado"), los cuales a su vez se comprometen a dar papeluchos sucios a cambio de sí mismos. Delirante, si se mira bien.
Con todo, los tiempos de Vidal Olmos no le dieron para imaginarse el dinero plástico, ni las transferencias electrónicas, conceptos que reforzarían aún más su idea de que "toda esta historia es cosa de religión", puesto que "así lo indican palabras como 'créditos' y 'fiduciario'". Creencia y fe en bites, en este último caso; en combinaciones abstractas de ceros y unos que representan valores, que a su vez representan papeluchos, que a su vez representan posesiones en un metal precioso (oro) que ya ni siquiera existe como respaldo, pero en cuya existencia, en cuyas reservas, se basó gran parte del sistema monetario que conocemos en la actualidad.
Para no hablar -peor aún- del 'dinero' que usan algunos 'gamers' inmersos en una 'segunda vida', vivida en el imaginario mundo de un videojuego. Créase o no, en abril de 2014 dos hombres de apellido Wang y Cai, residentes de la provincia de Sichuan, en China, fueron sentenciados a dos años de cárcel por el delito de robo. De robo de bienes y dinero virtual pertenecientes a 'Mister Ma', que era el login de un jugador de Dungeon Fighter Online, a quien los dos ladrones le sonsacaron sus datos privados dentro del juego y le vaciaron todas las cuentas de dinero virtual, además de objetos igualmente virtuales, para cambiarlos por 6.000 dolares de dinero real (si es que a estas alturas esa expresión -'dinero real'- significa algo).
Volviendo a los dichosos bitcoins, hay que decír que éstos se pueden obtener al menos de dos formas: comprándolos, como quien compra dólares o euros, o por medio de la extracción: haciendo 'mining' (minería), por medio de un computador -o de una batería de éstos-, el cual, a base de fuerza bruta de procesamiento, eventualmente dará con algún ínfimo saldo de las 21 millones de criptomonedas que conforman el universo de bitcoins y que todavía andan por ahí, literalmente en otra dimensión. Como quien se dedicase a buscar oro.
Con lo cual volvemos al principio.