El pasado sábado manos criminales accionaron un artefacto explosivo en el baño de mujeres ubicado en el segundo piso del Centro Comercial Andino, en Bogotá . El cobarde acto se llevó la vida de tres jóvenes mujeres, también resultaron afectadas casi una decena de personas y, como si las alcantarillas del baño fueran las entrañas de este país fallido que se llama Colombia, volaron por los aires las heces putrefactas que llevamos dentro, salió ese gen nocivo que nos llama a la vendetta, a la cuchillada trapera.


Iban pocos minutos de conocerse la tragedia y la politiquería con pe minúscula inundaba con trinos oportunistas las redes sociales; este país es como esos equipos de fútbol que no saben leer los partidos, que cuando sus jugadores tienen que defender unidos atacan con desorden, somos tan irracionales que no sabemos ni cuándo ni dónde jugamos, ni qué nos jugamos.
Después de un ataque terrorista hay una rabia natural que debe ser canalizada con cerebro y sin pasiones, y son los líderes políticos los primeros llamados a tranquilizar a los militantes de sus partidos y al país en general. Las acusaciones de la derecha adjudicando la autoría al ELN y/o a las Farc son tan irresponsables como las que señalaron a oscuras fuerzas de la derecha, enemigas del proceso de paz. La falta de sensatez es falta de sensatez, venga de la orilla que venga. En blanco no hay mucho: el ELN rechazó la autoría y condenó el “execrable hecho”, hasta ahora nadie se ha adjudicado la fechoría y las autoridades encargadas de las investigaciones apenas inician su labor y han sido más que parcas en sus pronunciamientos.
Las teorías conspirativas sin ningún fundamento estuvieron a la orden del día: que si las Farc, que si los Elenos, que si los de la Nacho, que los militares, que la ONU, que los franceses, que si los marcianos, que si Bin Laden y un largo etcétera. Mucho ruido, mucha basura, demasiadas posverdades que más bien son grandes mentiras, nada de servicio, nada que aporte a la construcción de una sociedad unida para enfrentar a sus enemigos. ¡Pura bulla! Las crisis suelen sacar lo mejor de una sociedad, su berraquera, su deseo irrenunciable a luchar, a sobreponerse a la adversidad. Dentro de la tragedia del acto criminal pudimos sacar algo en limpio, una construcción colombiana mayoritaria, humana y generosa. Ni de eso fuimos capaces.
Recuerdo que cuando se presentó el atentado de Charlie Hebdo toda Francia se unió para enfrentar la amenaza terrorista; todos los partidos manifestaron su apoyo al gobierno, y sin importar colores se convocaron marchas que tuvieron multitudinarias asistencias. Para ellos la importancia de lo que significa su país, su France, era muy superior a sus diferencias, para nosotros es más importante lo que nos separa que lo que nos une. También en Francia ocurrió algo similar luego de la tragedia de Niza, o en Estados Unidos al enfrentar el ataque a las Torres Gemelas del 9/11, o en España contra ETA, o en Inglaterra, hace menos de dos meses, en el concierto de Ariana Grande en la ciudad de Manchester.
En lo que tengo de memoria lo único que, en los últimos años, fue capaz de unirnos, fue la lucha contra las Farc; recuerdo con nostalgia aquel 8 de Febrero de 2008, día en el que marchamos como un solo país, cuando levantamos cuarenta millones de voces contra las Farc, qué digno hubiera sido el unirnos en un frente común para rechazar la violencia, para proclamar que queremos y exigimos vivir en paz y resolver nuestras diferencias por vías pacíficas y democráticas. No nos movilizamos ni contra los falsos positivos, ni contra la barbarie de Machuca, ni contra la del Salao, ni la de Bojayá, ni contra miles de matanzas con las que hemos teñido de sangre nuestro suelo patrio, ¿era mucho pedir movilizarnos todos esta vez?
No sé si sea por ser un centro comercial de una ciudad (y para más señas el Andino) que, de alguna manera, a todos nos ha tocado lo ocurrido el sábado en la capital del país. Pudiste ser tú, pude ser yo, o tu madre, o mi tía; la violencia sólo nos trae lágrimas y velorios. En todo caso, las reacciones frente a la atrocidad acaecida en el Andino me llevan a sospechar que nos estamos empezando a acostumbrar a vivir en un país menos salvaje y un pelín más civilizado. Pareciera que nos estamos desacostumbrando a la muerte y eso no es una noticia menor.
Ahí quedan tres vidas truncadas y un país en conmoción, mientras se nos avecina una previsible sucia contienda electoral que marcará el derrotero de la Colombia que intentaremos construir. Esperemos que la muerte de Julie Huynh, francesa de 23 años, de Leidy Paola Jaimes, de 31 años, y de Ana María Gutiérrez, de 41, nos sirva para que nos despojemos de la mezquindad, para que pensemos en lo importante, en la construcción de un país donde quepamos todos. Esperemos que en el futuro no vuele más la mierda que llevamos en nuestras almas y que esta podredumbre no siga pringando el futuro de nuestros hijos.