Me cuentan que hace poco, después de pedir la palabra en una cumbre de sostenibilidad que se llevaba a cabo en Atenas, el senador Uribe habló muy mal de Colombia, su propio país. Y digo que me cuentan porque, pese a que he visto el video varias veces, no he dado con el idioma en el que Uribe 'habló'. Y como las imágenes correspondientes carecen de subtítulos que traduzcan del inglés muellero, en el que al parecer se expresó Uribe, a algún idioma conocido, sólo me queda creer que fueron ciertas todas las falacias, exageraciones y verdades a medias que me dicen que dijo allá, en el foro, de donde debió de salir directamente al consultorio de algún odontólogo griego que le pusiera de nuevo las dos o tres resinas dentales que se le desprendieron durante su intervención.


Aunque, en honor a la verdad, un odontólogo no era el profesional de la salud al que los presentes en el foro pensaron que Uribe debía acudir: alguien que, en parte por su viudez de poder y en parte por una jugada poética del destino, se presenta (o es presentado, eso no se sabe) como presidente de un país sobre el cual él mismo asegura que está muy mal gobernado y que -palabras mas, palabras menos- es el peor nido de ratas que existe sobre la faz de la tierra, con seguridad lo que necesita es un psiquiatra. O unos enfermeros que le pongan directamente una camisa de fuerza.
En efecto, según portentosos traductores, Uribe también dijo, entre otras barbaridades y mezclando un cinismo fuera de concurso con una mala bilis digna de ser revisada por otro muy buen especialista médico, que Colombia era el cuarto país en el mundo con más carga impositiva. De acuerdo: todo colombiano con dos dedos de frente sabe que aquella promesa que esculpió en mármol el candidato Santos, de cara a su primer mandato, la borró como presidente, en el segundo. Pero también debería saber que antes de Santos quien gobernó fue Uribe, y ¿acaso disminuyó la administración de este último los impuestos del país? ¿O, por el contrario, contribuyó a aumentarlos a través del incremento del IVA y de la creación del Impuesto de Guerra, para sólo poner dos ejemplos? "Llamen al manicomio, por favor", debieron pedir mentalmente los foristas.
Sin embargo, quizás porque esos foristas no sabían si ese orate que habló allí era en realidad el presidente de Colombia -y por lo tanto gozaba de un fuero diplomático especial-, Uribe no fue enviado al hospital mental que se merecía, sino que de Atenas saltó a Madrid para participar en otro panel similar, y en el que -haciendo referencia a la entrega de armas de las FARC- señaló: “Siempre en los gobiernos que yo presidí se habló de muchas más armas, de los misiles tierra-aire, y de eso nada se dice ahora.". Lo cual contrasta visiblemente con otros argumentos suyos según los cuales, gracias a su política de Seguridad Democrática (que por lo visto no fue ni una cosa ni la otra), ese grupo guerrillero había sido reducido a una recua de bandoleros desarrapados e inofensivos que no tendrían de dónde sacar ni siquiera para comprar una batería de caucheras.
Y hablando del rey de Roma -las FARC-, siempre se ha dicho que éstas son 'el cáncer de Colombia', cosa difícil de negar. Pero una vez extirpado ese tumor por un médico más o menos chambón, que no ha logrado que el paciente tenga una convalescencia menos dolorosa, no falta quién insinúe que la dolencia que verdaderamente tiene a Colombia en ese estado de postración permanente es el dengue hemorrágico de la corrupción. No es descabellado: lo más probable es que un enfermo como Colombia tenga más de un padecimiento entre pecho y espalda. Una cosa no excluye a la otra.
Sin embargo, los síntomas del país indican que incluso debe existir al menos una tercera enfermedad. La más dañina de todas, si cabe. Una enfermedad autoinmune, una especie de lupus que hace que Colombia se ataque a sí misma, que se autodestruya ante los ojos del mundo. Que hace que sus gentes se jacten de ser dizque un país inviable, y que se regodeen en botar a la basura la buena prensa que ante los inversionistas internacionales le debería estar dando a la economía nacional el final de una guerra de 50 años.
Esa enfermedad (y no hace falta ser un patólogo político experto para describirla) es la uribetritis. La misma que no le permite ver a los infectados las incoherencias que dice el agente (en cuyo nombre se inspira ésta) en los foros internacionales. La misma que hace que aquellos se solacen en joderse a sí mismos, sólo para complacer a un criminal. La misma cuyo virus mutó del paraco al Homo-sapiens, y cuyo principal vector de transmisión hoy en día es de naturaleza cibernética. La misma que es hoy epidemia en Colombia.
La misma que -cualquiera lo deduce a estas alturas- afecta principalmente, hasta destruirlo, a un órgano específico: el cerebro.

(Imagen tomada de http://static.pulzo.com/)