En su memorable discurso de aceptación del Premio Nobel, Gabriel García Márquez se refirió a la desaforada realidad de América Latina, representada en hechos que parecen pertenecer a la ficción más delirante; esta suerte de sino estrambótico, dice nuestro maestro, hace que dependamos muy poco de nuestra imaginación para poder explicarnos y para poder explicarles a los otros de qué está hecha nuestra soledad.


Y así vivimos, creyendo que ya somos lo que apenas comenzamos a ser, asumiendo maneras que otros se tardaron siglos en adoptar, resumiendo las definiciones, apagando las luces antes del sueño para poder soñar en blanco y negro, conteniendo, apartando la vista del espejo.

Y el amor…

Nos han dicho que somos la gente que ama, como si la profusión de la que daba cuenta Gabo en su discurso nos encaminara sin remedio a los terrenos del mayor de los sentimientos, del más complejo, del más totalizante. No ha sido cierto. El amor es el más grande de nuestros espejismos. No nos ha sido dada la bendición de su sosiego -la única serenidad en medio del griterío que nos gobierna- y hemos tenido que inventarlo. Convencidos de que amamos a la patria, asesinamos; seguros de que amamos al dinero, asesinamos; aferrados a nuestro amor a Dios, asesinamos; creemos que en verdad amamos al poder y asesinamos. Asesinamos por amor y lo único cierto resultan ser las muertes que vamos dejando en el camino.

Esta infección de irrealidad, la más definitiva de todas las que transitan por nuestra inacabada sangre americana, es también la responsable de que conspiremos para convertir en amor cualquier ternura, cualquier seguridad, cualquier belleza, cualquier placer. Y así nos acercamos y así copulamos y así nos reproducimos. Y al final resulta que los millones que somos hemos podido nacer y morir a causa de la enorme falacia de nuestro amor imaginado, del más dulce y peligroso de los espejismos.

Los otros, los de afuera, creen que somos la gente que sabe amar, no pueden conocer nuestro secreto, no saben que si se asoman por nuestras ventanas se encontrarán con la farsa, ejercida diariamente en forma de familia feliz o de rapto de pasión o de borrachera de ausencia. Quienes envidian nuestra supuesta aptitud como amantes perfectos no imaginan que hemos decidido renunciar a los amores verdaderos porque sospechamos de su furia, como lo hacemos con los otros desmanes que nos fueron dados como armas de supervivencia; porque sabemos que nadie nos creería que por su causa somos capaces de dejarlo todo atrás y cambiar el mundo y desdecir del dinero, de la política y de los credos que nos han convertido en homicidas; porque nos da vergüenza que nos tilden de superfluos, de cursis, de deshojadores de margaritas; porque estamos seguros de que si sucumbiéramos al influjo cierto del amor de verdad ya no necesitaríamos de la violencia que nos empeñamos en convertir en nuestro sello; porque preferimos ir por ahí, disfrazados de buscadores de equilibrio, de trapecistas tercermundistas, siempre en la mitad de algo, siempre a punto de caer sin caernos nunca, huyendo en las alturas de lo irrefutable.

Somos, los latinoamericanos, quienes podemos sobrevivir en el desierto del mundo y de su historia porque estamos dotados con la rara virtud de divisar oasis desmedidos cada pocos pasos y, sin embargo, nos negamos a entrar en ellos, a refrescar en ellos nuestras bocas encostradas, nuestras secas gargantas; en lugar de ejercer esa gracia, enquistada en nuestra sangre por la fortuna, queremos ignorarla y reemplazarla por los espejismos que sabemos fútiles, pero cómodos, mentirosos, pero pensables, terribles y corruptos, pero alcanzables para la lógica occidental que tanto deseamos como propia.

Mis amigos y colegas me invitan, para esta edición inaugural de El Diablo Viejo, a hablar de un rasgo característico de Colombia, el país que compartimos. He decidido, entonces, balbucear acerca de nuestra capacidad de inventar verdades inexistentes, de construir nuestra vida desistiendo de las certezas, mientras les decimos a todos y a nosotros que es amor lo que es mentira, que es virtud lo que es perfidia, que es verdad lo que solo es una eterna pretensión, que son oasis nuestros más etéreos espejismos.

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