Hace poco, unos amigos uribistas, con quienes suelo debatir acaloradamente, me cambiaron su sempiterna advertencia acerca de la inminente venezolanización de Colombia. Según ellos, ya eso ocurrió: ya Colombia se venezolanizó. Confieso que esta vez, cuando me presentaron su nueva teoría, lo pensé mejor y experimenté una especie de epifanía: tuve que darles la razón. A continuación voy a explicar por qué en esta oportunidad me convencí de que, pese a que aquí no hay escasez por ningún lado (al revés: los supermercados están surtidos a reventar), Colombia ya siguió la ruta que anduvo primero Venezuela. Antes, incluso, de lo que mis amigos uribistas piensan.


Echémosle un vistazo a las semejanzas colombianas con el régimen chavista.

Lo primero que hizo Chávez en Venezuela fue atornillarse a la silla presidencial. Se sabe que si un mandatario quiere implantar un regimen autoritario y represivo, lo primero que debe garantizar es su permanencia en el poder. Para lograrlo, Chávez reformó dos veces la Constitución de su país, primero para aumentar el período de cinco a seis años e incluir la reelección, y después para introducir la reelección indefinida. Aquí en Colombia pasó casi lo mismo: a Uribe no le bastaron sus cuatro años de gobierno, y entonces, recurriendo a todo tipo de artimañas, reformó la Constitución para poder ser reelegido. Pero no contento con la nueva ley, hecha a su medida, intentó una nueva reforma, para continuar gobernando. Por bien poco no lo logró. Menos mal Santos, además de no pretender un tercer período en el poder, impulsó y sacó adelante una ley que prohíbe la reelección.

Después Chávez empezó a nacionalizar la industria privada, una medida de indudable corte socialista. No voy a decir que eso ha ocurrido aquí, pero no deja de ser curioso que el actual gobierno haya estado tratando de privatizar Isagén (que es exactamente lo contrario que hace el chavismo en Venezuela) y sea Álvaro Uribe uno de los principales defensores de que esta empresa siga siendo pública. Lo cual, por supuesto, no demuestra que Uribe sea un socialista camuflado, pero sí que muchas de sus movidas son actos evidentemente oportunistas, sin ninguna coherencia con sus ideas políticas. Tal como hacía Chávez -y todavía hace Maduro- al mantener relaciones comerciales con Estados Unidos, el "imperio explotador".

Pero ahí no para todo, porque si algo ha caracterizado al chavismo son sus feroces ataques a la oposición. Es conocido que un buen número de los rivales políticos de Chávez y Maduro se han visto obligados a abandonar el país, que prácticamente todos los medios de prensa opositores han tenido que cerrar, y que los críticos del gobierno son tratados peyorativamente de "pitiyanquis". Aquí durante el régimen de Uribe se hicieron interceptaciones ilegales a los opositores, la principal revista de denuncia (y tal vez la única que había: Cambio) fue forzada a cerrar, y los críticos del gobierno eran estigmatizados bajo el rótulo de "antipatriotas". En contraste, ni durante el primer gobierno de Santos ni en lo que va corrido del segundo sucedió nada de eso.

¿Y recuerdan los consejos comunales de Uribe?  Eran un calco de Aló Presidente, aquel programa televisivo de Chavez en el que, a través de una demagógica  micro gerencia, pretendía resolver hasta el problema más insignificante del país. "Cambien ese orinal dañado"; "Consíganle a la señora las medicinas que necesita". El histrionismo paternal y populista es una tradición del Tirano Banderas de Nuestra América: pongan alguna de las frases anteriores indistintamente en boca de cualquiera de los dos, de Uribe o de Chávez, disfrazados cada cual de su personaje correspondiente, y verán que no desentona.

Entonces, en efecto, Colombia se venezolanizó en un pasado no tan lejano: tal como ocurrió primero en Venezuela, aquí las instituciones se sacrificaron y  acomodaron a los caprichos de un caudillo, los contrapesos de poder se desbalancearon, la Constitución se macheteó de la manera más burda, la represión estuvo a la orden del día, la oposición fue satanizada, la diplomacia bilateral se redujo a bravuconadas e insultos del ejecutivo ("No te faltó tiempo para intervenir en Venezuela, te faltaron cojones"; "Sea varón, no se vaya"), la demagogia al detal televisada desplazó a los proyectos macro, el mesianismo reemplazó a los partidos políticos… Unas caricaturas de democracia; igualitas las dos.

Por eso me burlaba de mis amigos uribistas cuando me advertían que el comunista de Santos –conspirando para organizar los soviets, junto a los “camaradas” bolcheviques Sarmiento Angulo, Santodomingo Dávila y Ardila Lülle– iba a llevar a este país al insondable precipicio del chavismo y, en cambio hoy, cuando me aseguran que el país se venezolanizó, tengo que aceptarlo sin chistar. ¿Lo entienden ahora? Hubo un momento en que Colombia se venezolanizó, sí. Y después se desvenezolanizó. Ya sólo falta que se consiga rápido la firma del armisticio con las Farc y se pongan en marcha los programas del pos conflicto.

A ver si por fin empieza también a descolombianizarse.

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