En mi adolescencia "aprendí" que ser indiferente paga. Ser la "chica fácil" -esa que llama cuando se le antoja, que no tiene problemas con visitar al novio en su casa, que saca a bailar a quien le place, que jamás disimula estar disponible cuando lo está, que sabe perfectamente que la T no es solo una letra más de las veintisiete del abecedario- no era la mejor opción a la hora de conquistar a un "chico bien". Tal parecía que ellos no respetaban a las mujeres que sabían lo que querían de una, que lo decían de frente, que nunca se andaban con rodeos, que sabían cómo y con qué cuidarse.


Ese tipo de mujeres tan informadas sobre lo divino como sobre lo humano y lo mundano, existían, sí, y hasta les teníamos un apodo: eran las "zorras". A esas que les gustaba elegir sin esperar a que las eligiesen, que sabían dónde buscar y qué encontrar, que no se apenaban por desear lo que deseaban y mucho menos por expresarlo, nosotras, las "niñas bien", las mirábamos con sospecha. Ser indiferente, y hasta desinformada, era entonces la clave en el entorno social en donde me crié, lo que diferenciaba a una puta de una dama. Y cruzar esa delgadísima línea te podía no solo costar tu reputación, también tu futuro.

¿Quieres que te valoren, que te respeten, que te ansíen y te extrañen? Fácil: no muestres todas las cartas, calla las ganas, postérgate, hazte desear, contente, espera, mídete, date a cuentagotas, cuidadito con desbordarte, no participes más allá de lo necesario, mantén la distancia. Convencida de que la teoría era impajaritable, de que efectivamente el indiferente se llevaba siempre el mejor botín, hice un doctorado en la materia y me gradué con honores. Mi experticia en el arte de ignorar no pudo ser más fructífera: me regaló un marido y un hijo a los veintiún años. Mamá y esposa a mitad de mi carrera universitaria. En últimas terminé corriendo, yo que iba tan despacio, yo tan prudente, tan contenida. Tan indiferente.

Traigo todo ese rollo a colación en esta columna -que es sobre esta tierra que solo sabe dolerme y no sobre mi tardío o temprano despertar sexual- porque pareciese que aquí nos hubiésemos casado con la estrategia del indiferente creyendo que su efectividad es a prueba de pendejos. Si no podemos apersonarnos ni de nuestra propia sexualidad, si somos capaces de dejar esa esfera personal tan íntima en manos de otro sujeto o del azar, si hasta con nosotros mismos, con nuestro propio cuerpo, con nuestro futuro, somos indiferentes: ¿qué podemos esperar cuando de la esfera pública se trata?

Más temprano que tarde, al indiferente termina pasándole siempre lo mismo: otros deciden por él.  Por entelerido, por confiado, por ingenuo, por no tomar las riendas de su propia vida. Por lo que sea, la cosa es que cuando se juega ese juego, lo más probable es que el gato termine cazado por el perro. Y esa teoría no es solo aplicable a las miles de jovencitas que año tras año siguen quedando embarazadas y con sus sueños a medio camino por puro y físico desconocimiento e ignorancia;  sino que nos cae a todos. Cada vez que ahogamos un grito, que miramos para otro lado ante una injusticia, un robo o un crimen, que no nos metemos porque no es nuestro asunto, porque es mejor que otros resuelvan, que no votamos porque para qué hacerlo si todos los políticos son corruptos, aportamos un granito de arena para que lo que pasa aquí, no deje de pasar. La indiferencia definitivamente no es un juego de niñas, es una trampa.

Cuando analizo la situación de mi país, del lugar donde están enterrados mis muertos y donde nacieron mis vivos, cuando se trata de Colombia, la conclusión que saco se parece un montón a la que saqué hace muchos años sobre mi propia ceguera. Sobre mi propia inmovilidad. Si yo me quedo mirando al techo, soy responsable de todo, hasta de lo que no me pasa, no los demás. La abstención del 60% de la población colombiana en edad de votar solo es un indicador más de lo lejos que estamos de dilucidar las soluciones. Con el modo indiferente activado casi todo el tiempo, silenciados, como si viviéramos en Suecia, ¿cuál es el botín al que aspiramos como sociedad?

Una hasta entendiera esa actitud en países en donde todo marcha bien, que los hay, ¿pero acá? Vivimos es en Colombia, un país que sufre desde los años upa toda clase de males: violencia, corrupción, pobreza, desigualdad, injusticia, discriminación, narcotráfico, inseguridad, inequidad, hambre, sed. Nuestro sistema de salud no da abasto; la infraestructura nacional está en pañales; es más fácil y económico traer mercancía de la China, que transportarla por tierra desde nuestro Pacífico hasta la Costa Caribe; la brecha salarial entre hombres y mujeres es abismal; se nos va la vida y la productividad en un caos vehicular absurdo; nuestro sistema educativo ocupa un vergonzoso último puesto a nivel mundial; gastamos más en guerra que en cultura o deporte; se construyen túneles sin luz al final de ellos y puentes que parecen sacados de un Estralandia que se caen al primer soplido; y, para rematar, aquí se disputa a punta de minas quiebrapatas -y machetes, y bombas, y motosierras y balas- la guerra más antigua del planeta.

En Colombia pasan cosas terribles a diario, cerquita, en nuestras aceras, saliendo del banco, en un taxi, en medio de un trancón de esos en los que provoca morirse, dentro de una iglesia con niños rezando, en las plazas, en los parques, en las casas, en los colegios. Pasan cosas terribles lejos, en las veredas donde no hay ni gas, ni agua, ni luz; en los pueblos perdidos con nombres exóticos que a duras penas salen en los mapas; en el desierto, por allá arriba, en donde los Wayúu se mueren de física sed ante la mirada atolondrada de políticos rateros y asesinos; en la selva enmarañada, allá donde el sol no se ve, pero la miseria y el glifosato sí; en los ríos, en donde cada tanto flotan costales con personas desmembradas, torturadas. Vivimos en un país en donde hasta los goles se celebran con violencia; en donde ganar un partido, un simple juego, trae consigo destrucción, muerte y más tiros; en donde los ricos son muy pocos y los pobres son demasiados, y la gente vale según el estrato en donde viva. En este país que completó ya 60 años de violencia fratricida pasa todo, ante la mirada indiferente de millones, que por creernos cuatro gatos, no hacemos nada.

Las cifras, si mienten, son por lo menos más acertadas que las palabras, menos engañosas. Los números son escuetos y mucho más claros que las disertaciones eruditas sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina. Y ellos señalan, por nombrar solo algunos, que acá el 9% de la población está en condiciones de total indigencia y que el 30% vive en situación de penuria (lo cual no quiere decir que los demás estén muy bien, pues resulta que el colombiano deja de ser pobre cuando recibe poco más de doscientos mil pesos mensuales). E indican además, que a pesar de ese rasero tan bajo, las dos terceras partes de los habitantes de nuestras zonas rurales son pobres, es decir, son seres humanos que subsisten con menos de esa ridícula cifra mes a mes. ¿Cómo pueden prosperar, y con semejante brío, ideas de extrema derecha en uno de los países más inequitativos de la región más inequitativa del mundo, ideas que solo sirven para mantener la riqueza en su lugar, es decir igual de mal repartida?

Las estadísticas vergonzosas no dan tregua cuando se trata de Colombia. Batimos récords mundiales en mutilados, en desaparecidos, en secuestrados, en torturados, en desplazados, y todo ello en medio de un fangal de total impunidad. Son más de 11 mil las víctimas de minas antipersona (en su mayoría menores de edad) en los últimos 25 años, y 39.000 los secuestrados entre 1970 y 2010. De los secuestros denunciados, solo han obtenido sentencia condenatoria el 8%, el resto siguen impunes. ¿Y los muertos por cuenta de la guerra? Ah, esa es la cifra más escalofriante. Entre 1958 y 2012, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, 220.000 colombianos han muerto por causa del conflicto armado. Dirán algunos que esa cifra es nada al lado de las bajas, esas sí escandalosas, de conflictos que duraron mucho menos años que el nuestro, casos como el de Ruanda, Yugoslavia o Afganistán. Y sí, la cifra parece no llegarle a los talones a  los dos millones y medio que se mataron en Camboya en menos de lo que canta un gallo; pero tal vez si les digo que el 82% de esos muertos nuestros han sido civiles que nada tenían que ver con el conflicto: ¿les seguiría pareciendo una cifra ridícula, chiquitica? ¿Sabrán quienes piden más guerra que eso implica más muertos, especialmente muertos inocentes, desarmados? ¿Y si les digo, además, que no solo la guerrilla mató a esos civiles, sino que está demostrada la participación del Ejército y de la Policía en un número escalofriante de masacres, desplazamientos, falsos positivos, torturas y desapariciones de inocentes, seguirían dividiendo este conflicto entre héroes (víctimas) y guerrilleros (victimarios)?

Y los números siguen, y la lista de cosas atroces que nos pasan no para de crecer, y los muertos continúan apilándose en el olvido, y la mayoría calla, se hace el de la vista gorda, o celebra la última distinción ganada a nivel internacional (al mejor estilo del "pan y circo" romano), ya sea la del país más feliz o el de las mujeres más bonitas o el del tercer mejor fútbol del mundo o el de la ciudad más innovadora. Por muchísimo menos de lo que sucede en Colombia la gente se manifiesta en otros países (y no solo del primer mundo), especímenes igual de humanos a nosotros que sí salen a la calle como hordas vivientes y latientes conscientes de sus derechos; pero siempre eso ocurre lejos, en otras latitudes, ríos de gente exigiendo cambios, respuestas, soluciones, justicia. Acá nada. Acá nos movilizamos para echarnos maicena y tomar aguardiente ante un triunfo de la Selección Colombiana de Fútbol, para eso sí sacamos pecho y nos vestimos de patria y ya borrachos, cogemos a peñonazos a los buses que se nos atraviesan en el camino. Tal vez es que nos encanta cómo suenan los vidrios al romperse y por eso para desbaratar lo que hay sí nos juntamos y gritamos enardecidos. Pero para lo otro no. Para lo atroz, mudos.

Podemos hasta descubrir que el presidente de, nada más y nada menos, la Corte Suprema de Justicia, no tiene ni un milímetro de la honorabilidad que se requiere para ocupar un puesto de tanta dignidad e importancia; y en vez de presionar su salida, terminamos calándonos que se quedé atornillado a su puesto porque, según él, no confía en la justicia de este país (justicia de la que es juez y parte). Y podemos también destapar crímenes y chuzadas y componendas y toda clase de vagabunderías de funcionarios públicos; y sin embargo, permitir que se vuelen como pollitos en fuga a otros países, o seguir votando por ellos, y/o por sus hijos, esposas o maridos, para que ocupen puestos en las diferentes ramas del poder y sigan tomando decisiones por nosotros. Para eso están en últimas, para que decidan, aunque mal lo hagan. Y hacemos la de Pilatos.

Nosotros, los demás, los que no estamos en la rosca ni en la repartición de la tajada ni tenemos las manos untadas de sangre, esa mayoría, el llamado Pueblo, hemos optado por la peor de las apatías. Una en la que, celular en mano, nos enteramos de todo tan pronto ocurre, pero para nada. Nuestra labor social se limita a popularizar la chabacanería, a viralizar el último caso de "usted no sabe quién soy yo", a rasgarnos las vestiduras porque un extranjero nos ofendió al llamarnos malparidos (palabra, que no está de más decir, la utilizamos a diario hasta para referirnos a los amigos), o a sacarle chistes y memes a las desgracias del país vecino. Para eso sí estamos listos y con las botas puestas. Pero para lo importante, ¡qué pereza! Y seguimos de espectadores, no de actores, con la cabeza gacha y las manos atadas. Tecleando. Tomándonos selfies. Compartiendo en Instagram qué estamos comiendo, en dónde estamos, con quién. Opinando en Facebook sobre ¿quién es el tormento de quién o quién le rayó el carro a quién o quién le puso los cachos a quién y con quién? Compartiendo por Whatsapp el video de la última muñequera grabada "infraganti". Tuiteando maricadas. Perdiendo el tiempo.

Y entonces pasa lo que nos pasa. Porque el poder de atracción de la indiferencia está comprobado. Atrae, y atrae mucho, especialmente lo malo. Al no coger al toro por los cuernos, los indiferentes no solo terminan embestidos y viviendo la vida que otros les impusieron; sino que además abonan, como hormiguitas, el terreno para que germinen en su suelo las semillas sembradas por los tiranos. Porque si algo está claro es que donde la indiferencia, la apatía y el silencio reinan; ellos, los tiranos, hacen fiesta. En un país lleno de indiferentes prospera lo peor (desde la miseria hasta la guerra), los fines terminan justificando los medios más reprochables, y el futuro queda en manos de jaurías tan poderosas como peligrosas. Jaurías hambrientas. Eso es algo que no podemos perder de vista a la hora de cruzarnos de brazos, de enmudecer y mirar para otro lado.

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