En este mundo de usuarios y contraseñas vivimos con susto. De esos tiempos en que el temor a ser robados nos llevaba a instalar rejas de hierro en las ventanas y cerraduras con llave en las puertas y alarmas en las casas y en los carros y no mucho más que eso, queda poco. A esas medidas se le sumaron otras más sofisticadas para proteger lo valioso, cercas virtuales que pretenden mantener incólume la idea de que podemos gozar, cada vez que lo deseemos, de la vida a puerta cerrada, sin mirones. De eso que llamamos ingenuamente “vida privada”.


Como los lugares para almacenar nuestras pertenencias se multiplicaron gracias a la tecnología, nos hemos llenado de cerrojos cibernéticos para andar saltando de red en red sin renunciar al derecho de tener nuestra información privada a salvo. Hemos reforzado precauciones para que los fisgones o los estafadores o los extorsionistas o simplemente los rateros no se nos metan a la casa, al celular, al carro, al portátil, a la cuenta bancaria, al mail, a las redes sociales, a la vida. Ya las claves con mayúsculas y minúsculas y números combinados no parecen ser suficientemente seguras; así que ahora los dispositivos electrónicos extreman medidas escaneando hasta las yemas de nuestros dedos. Si quieres acceder: desbloquea, digita la clave, pasa la huella, dibuja el patrón, acerca la tarjeta al lector, mira a la cámara, y, de paso, ofrece hasta tu ubicación. Ah, no olvides instalar un buen antivirus, los hackers se las saben todas.

Lo curioso, lo que más llama la atención, lo más preocupante, es que a pesar de todo ese desborde tecnológico, la sensación de peligro no se esfuma, sigue ahí, latente. ¿Por qué? La respuesta tal vez radica en esa certeza, que no nos suelta, de sabernos vulnerables, la misma que alimenta el desasosiego de esta vida moderna de hiperconectados. Nos gusta mostrar desde lo que pensamos hasta lo que comemos en el ciberespacio, los lugares que frecuentamos, los viajes realizados, las personas que queremos, las fotos y videos de nuestro día a día; pero todo ello lo hacemos temiendo que hurguen más allá de lo que sí deseamos compartir y que entonces nos dejen sin secretos, y por ahí derecho, sin dignidad ni reputación. Sin nombre. Empelotados y exhibidos como animales de circo en plaza pública. Ni encerrados en las cuatro paredes de nuestra casa nos sentimos 100% seguros. ¿Cómo estarlo si los piratas virtuales han sido capaces de metérsele al rancho hasta a presidentes, si de las chuzadas no se salvan ni los chuzadores, si no hay nube virtual que no se pueda violentar ni llamada que no se pueda interceptar ni tarjeta que no se pueda clonar ni GPS que no se puede instalar sin tu consentimiento?

Si bien es cierto que según el artículo 15 de la Constitución Política de Colombia la privacidad es un derecho inquebrantable salvo algunas excepciones, y que según la misma Carta Magna la correspondencia y demás formas de comunicación privada son inviolables pues a todos se nos garantiza que en la recolección, tratamiento y circulación de datos se respetarán la libertad y demás garantías consagradas en la Constitución, y que dichos datos solo podrán ser interceptados o registrados mediante orden judicial, en los casos y con las formalidades que establezca la ley; también es cierto que a la hora de la verdad nadie se siente completamente seguro cada vez que comparte información por su teléfono celular, por su portátil o por cualquier otro dispositivo electrónico.

Las razones para desconfiar proliferan en las noticias. Por los medios de comunicación nos enteramos con frecuencia de casos en los que lo privado se tornó público sin ton ni son.  Fue así como el planeta constató que la CIA vigila a Raymundo y todo el mundo; que Taylor Swift y un montón de estrellas más guardaban fotos de sus cuerpos desnudos en la nube; que en la nómina de una campaña presidencial puede figurar tranquilamente un hacker; que el DAS en los tiempos de Uribe se dedicaba a vigilar a periodistas y a políticos de la oposición y a sindicalistas y a todo aquel que creyera castrochavista o enemigo; y que, entre otros muchos escándalos similares, los nombres de millones de infieles alrededor del mundo, registrados en la página web Ashley Madison, quedaron al descubierto, con los calzones y la dignidad en el piso.

El susto parece tener entonces asidero real, y crece cuando la vigilancia puede provenir, más que del Gobierno, del entorno más cercano, de los amigos, de la familia. ¿Y si esta foto comprometedora se filtra en la oficina, y si a ojos de mi mamá llegase este video, y si la confidencia que revelo en este mail cae en manos equivocadas, y si descubren que veo porno varias veces a la semana, y si leen las conversaciones que sostengo con desconocidos en chats virtuales, y si se enteran de que tengo un perfil alterno, un alter ego, y si se destapa que le soy infiel a mi esposa, y si mi papá me llega a pillar compartiendo videos eróticos con mi novio, y si y si y si y si…?

Quien nada debe, nada teme, dirán algunos que se juran libros abiertos intachables. Otros optarán por la estrategia de mantener los secretos, secretos; pues como dijo James Howell, a quien le dices tu secreto, le vendes tu libertad. ¿Pero es posible comportarse así en un mundo conectado veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año? Lo cierto es que de la mano de todos esos interrogantes alrededor de lo íntimo, de lo que deseamos mantener bajo llave, de esos profundos miedos a que nos violenten en lo más sagrado que tenemos; crece en nosotros la necesidad de contar quiénes somos, de decir, de mostrarnos, e inclusive, de exhibirnos como adornos, como piezas de estantería, en una vitrina tan vulnerable como el cristal. ¡Tremendo dilema, tremenda contradicción! Y mientras tanto los límites de la privacidad desdibujados, borrosos. Imperceptibles.

Tal vez se nos está olvidando que de cerquita, con lupa, todos somos feos.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo