Supongamos que conocemos a alguien que trabaja como técnico de refrigeración para, digamos, la Coca-Cola. Es posible que esa persona haya llegado allí porque siente una gran empatía por dicha organización, o porque le caen bien los osos polares parlantes. Pero en un país como este, donde hace apenas un par de años alcanzamos cifras de un solo dígito en el porcentaje de desempleo (sin meternos en el asunto de si son empleos formales o no los que se miden), lo más probable es que esa vinculación laboral se explique por sustracción de materia en lo que a ofertas de trabajo se refiere. En pocas palabras: el tipo no tuvo de otra.


Ahora hagamos una analogía y traslademos el caso a la guerra que estamos viviendo desde hace 50 años. Empecemos por aclarar que unas de las principales razones de la guerra son el desempleo y la criminal distribución de la riqueza que proverbialmente ha caracterizado a Colombia (una de las más inequitativas del mundo), y no que diez o veinte mil colombianos son asesinos por naturaleza que decidieron que vivir echando plomo en el monte era una alternativa deseable. Es decir: si usted es una persona en condición de pobreza absoluta, si no tiene manera de mejorar eso a través de un empleo (porque simplemente no lo hay), y si vive en una zona de influencia guerrillera y ausencia del Estado, con seguridad que casi la única posibilidad que tendrá para no morirse de hambre estará en la mendicidad o la delincuencia común. O también, por supuesto, en prestar sus servicios como mercenario en las filas de un ejército guerrillero.

Para algunas personas, nacidas durante los últimos cincuenta años en zonas de la periferia suroriental y suroccidental del país, la autoridad está representada en unos señores de uniforme y botas de caucho: en guerrilleros (allí el Estado ha brillado por su ausencia). Para esas personas es tan natural unirse a -por ejemplo- las Farc (igual que el técnico del principio se unió a la Coca-Cola), como pensar que contingentes de las FF MM son ejércitos invasores de los que hay que defenderse. Esto es así, además, porque esas personas ni siquiera pudieron ser adoctrinadas en la ley colombiana. Y no pudieron serlo por el simple hecho de que escuelas casi no existen por esos lados.

Llegados a este punto es necesario hacer una aclaración: por supuesto que en la guerrilla hay gente vividora, cuyo negocio es la guerra. Sin embargo, es casi seguro que un gran número de los soldados rasos fueron reclutados gracias a los motivos que se describen arriba. De hecho, muchos de ellos lo fueron desde niños, y no pueden "renunciar" libremente a ese trabajo.

Ahora veamos la otra cara de la moneda: las FFMM. Allí seguramente encontraremos -por las mismas razones antes expuestas- a unas personas que no tuvieron de otra. Mercenarios a los que no les fue posible el acceso a la educación superior. Habrá también allí muchos patriotas cuyo propósito es defender a la Patria de "los malos". Pero también habrá en esa masa enorme de colombianos que sirven en las FFMM, gente que vive de la guerra: criminales de todas las layas que aprovechan sus rangos de autoridad para cometer todo tipo de desmanes: la masacre de Mapiripán y los falsos positivos acaecidos durante el gobierno de Uribe no me dejarán mentir.

Con todo, de un tiempo para acá hemos venido experimentando en Colombia un hasta hace poco desconocido fervor castrense: los miembros de las FFMM son denominados -casi que invariablemente- "héroes". Y lo son de una forma tan apasionada que ese hecho nubla el criterio del colombiano común: una atrocidad de las proporciones de los falsos positivos (4.500 inocentes muertos por mera codicia) no la ha cometido en este país ni siquiera la guerrilla. Sin embargo hay un sector político que quiere convencernos a toda costa -al parecer con relativo éxito- de que Colombia se divide en dos: de un lado los buenos, entre los que están los héroes que sirven en las FFMM, y del otro unas perversas ratas asesinas a las que hay que aniquilar: los guerrilleros. Todo lo cual, por lo tanto, deriva en que es inaceptable poner a nuestro "Glorioso Ejército colombiano" al mismo nivel de los "asesinos de las Farc". Y a partir de eso, a su vez, puede concluirse que el proceso de paz va "por mal camino", y hay que torpedearlo todo lo que se pueda. Para que la guerra siga. Para que la guerra siga, sí, y también para que ese mismo sector político, cuyo discurso está justamente basado en la guerra, mantenga su vigencia electoral.

Esto último es realmente criminal. Lo criminal no es querer acabar la guerra otorgando unas concesiones, como pretende hacérnoslo creer ese sector político. Pensemos que la mayoría de esos guerrilleros no están echando plomo en el monte por gusto, sino porque no tuvieron de otra; porque la sociedad no les ofreció otro modo de vida. A esas personas, entonces, hay que resocializarlas y ofrecerles la posibilidad (la oportunidad) de llevar una vida digna. Esto no es Hollywood, mi querido lector, esto no es una película de Walt Disney con buenos y malos. Esto no es una historia de policías y ladrones. Esto es la compleja y triste realidad colombiana.

El verdadero crimen, como digo, consiste en pretender prolongar este fratricidio, este genocidio absurdo, este suicidio colectivo. En inducir a la gente a pensar que el Estado colombiano no ha sido un ente criminal e irresponsable que produjo ese desastre social. En negar la responsabilidad del Establecimiento en el caos monumental que representa este país. En desconocer el robo sistemático al que la clase política colombiana ha sometido al erario. En ser cómplice de una élite excluyente, corrupta, clasista y racista. En aplaudir la indolencia homicida de unos gobernantes que provocan ex profeso el analfabetismo de la población, cuando no su muerte por física inanición o descuido sanitario. En hacer todo eso sólo para perpetuar la guerra. Ese, ese sí que es un crimen.

De lesa humanidad.

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