Babbitt es el título de una novela de Sinclair Lewis, escritor norteamericano nacido en 1885 y fallecido en 1951, adscrito a la corriente naturalista. Su obra hoy divide a la crítica. Por un lado, le reprochan su estilo de un realismo casi periodístico, con poca capacidad artística y creativa. Otros, sin embargo, ven valores perdurables en su capacidad de sátira, los vigorosos personajes que creó y sus retratos de la sociedad norteamericana, con sus virtudes y vicios, que han generado escuela por su enfoque moral. Los puntillosos historiadores señalan que fue el primer escritor norteamericano ganador del Premio Nobel de Literatura, en 1930, y aunque su obra palidece frente a nombres como William Faulkner, John Updike (tal vez el que más lo influenció), Philip Roth, Hemingway y varios más, al leerla, sus personajes conservan un vigor único.


Muchos de sus libros tienen el título de su protagonista y, a través de ellos, se retratan diferentes aspectos de la sociedad norteamericana con su complejidad, hipocresía y doble moral: Así, Elmer Gantry es un retrato de un pastor protestante vanidoso y descreído que toma la religión y la Iglesia como escaleras para ascender socialmente; en el Hombre que conoció a Coolidge, arremete contra la política; en Ann Vickers, da cuenta de la vida de una mujer independiente y de vida turbulenta que deviene en reformadora social; y por último Babbitt, tal vez el más vigoroso de sus personajes, que trata sobre la vida de un hombre de negocios.

George Babbitt es un hombre de negocios de una ciudad relativamente pequeña, quien en la mitad de su vida sufre una crisis moral y existencial. En lo público, se comporta como un firme defensor del statu quo, de la ética y de una moralidad muy rígida, que además traslada a su familia; sin embargo, como muchos hombres de su condición, estas posturas tropiezan con la realidad. Babbitt toma una amante, interviene en política, y si bien tiene cuidado en mantener una imagen de integridad absoluta en los negocios, la verdad es otra. El retrato resultó ser tan colorido, que dio origen a la expresión “es un Babbitt” para señalar a una persona que se conforma con la vida que tiene sin pensar en los estándares prevalentes de la clase media en la que vive.

Y aunque suena muy bien, en realidad es un gran insulto.

Quienes vivimos en ciudades como Barranquilla y trajinamos en el mundo de los negocios, podemos observar cómo muchas de las situaciones descritas en la novela se reproducen aquí. Así, aunque se proclama una gran honestidad, que se recalca como uno de los valores fundamentales de los negocios, en la realidad el juego se juega sin reglas: se pagan sobornos, se crean sobreprecios a través de carteles empresariales -como bien se ha leído en las denuncias de diversas entidades- como el del papel, el de los pañales, el del azúcar, etc.; se cierran negocios por influencias; se busca descalificar a los otros proponentes (las llamadas licitaciones de traje a la medida) e incluso engañar al cliente. Como Babbitt, muchos de nuestros empresarios dicen cobrar lo justo, pero si ven una oportunidad de sacar ventaja engañando al cliente, la usará. Nuestra sociedad rinde culto al éxito y al dinero rápido y no se sorprende ante nada, de allí que nadie diga mayor cosa de los hijos de un expresidente cuya fortuna creció a la sombra de su padre y que, sin ningún reato, se proclaman empresarios cuando tal vez solo son unos negociantes apoyados en el sol que más alumbra. Muchos de nuestros empresarios, de nuestros Babbitts, parecen tener como máxima el colorido refrán de “Papaya puesta, papaya partía”.

Una digresión algo cómica: En Barranquilla hemos festejado una popular propaganda local en la que el vendedor, después de alabar su producto, nos dice: “Móntame la llorona y te hago tremenda rebajona”. Tal vez los publicistas podrán justificar la necesidad y el éxito por la recordación del anuncio, pero a mí me parece lamentable. Nuestro vendedor acepta que existe un sobreprecio en los productos que vende y por eso la necesaria “llorona”, y si algún despistado le paga lo establecido, hizo el popular “corone”. Por no llorar los clientes pagan un sobreprecio establecido de antemano por el vendedor. Un Babbitt en estos calores.

Segunda digresión: Cuando una cadena de clubes de compras americana estaba por abrir su almacén en Barranquilla, mi esposa y yo fuimos a inscribirnos. En la reunión en la cual se nos presentó el sistema una señora que estaba oyendo al funcionario le preguntó si hacían días de descuento o promociones especiales. El funcionario respondió que ellos no trabajaban así. El formato era de tienda de descuento y simplemente no podían ofrecer más, ya que el precio establecido era el mejor que podían ofrecer. Quienes transitamos en el mundo de los negocios, donde la queja habitual de los empresarios es la extensa relación de impuestos por pagar y la utilidad oscila entre el 4% y el 10 % anual, no entendemos cómo hay promociones en productos donde se ofrece el 30 % de descuento sin que los grandes almacenes de cadena disminuyan sus nada despreciables utilidades, año tras año. Sé que al respecto habrá una explicación rebuscada y una lista interminable de justificaciones por parte de estos Babbitts locales, pero no por ello dejo de imaginar que algo, simplemente, no cuadra.

Como nuestro personaje, estos empresarios llevan una vida social agitada, aunque no crean en ello; lo hacen por la oportunidad de hacer contactos, cerrar negocios o pagar sobornos mediante invitaciones (en la novela El Parque del Retiro no es para todos, de Manuel Mejía García De los Ríos, hay un vívido retrato de las técnicas de soborno usadas, que llegan a niveles increíbles de sofisticación, en particular con el Estado, a través de la figura de un oficial de provincias que es promovido a un puesto en la capital y comienzan a aparecer los “regalos”, las invitaciones, las mujeres y el alcohol, todo bajo el eufemístico nombre de ‘Gastos de representación’), son, como he señalado antes, firmes defensores de la moral imperante, pero en privado sus conductas son muy alejadas de la rectitud que pregonan. No les gusta la política, reniegan de todo lo que huela a izquierda y. aunque se proclaman amplios de miras, en privado desprecian a quienes no piensan como ellos. Establecen vetos informales a aquellos egresados de universidades clasificadas de izquierda (las populares “tirapiedra”). No participan en política, pero cuando lo hacen su objetivo es la búsqueda de información (Babbitt participa en unas elecciones suministrando dinero y cuando le ofrecen en pago un puesto público, lo rechaza y solo pide información privilegiada de los proyectos a desarrollar para así continuar con sus negocios). Si aceptan un puesto público lo harán, no por servir, sino para obtener beneficios que los ayuden a cumplir sus objetivos particulares.

Nuestros empresarios promedio no hacen mayor ostentación de dinero, pero igual desprecian a quien carece de él. Según ellos el dinero no es su motivación; su motivación real es “hacer empresa”, y cuando algo se les reprocha, en privado responden con un lapidario: “Qué hago si tengo una empresa qué mantener y así funcionan las cosas.”

Sí, así son las cosas, así son nuestros Babbitts. Abundan en nuestro entorno y muchos de ellos son nuestros amigos. Ellos son el reflejo de una sociedad indiferente y conformista que parece decir cada tanto en sus actitudes: “Así son las cosas y no está en mis manos cambiarlas”.

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