En días pasados se celebró un evento organizado por la Fundación La Cueva con motivo de los 50 años de la publicación de Cien años de soledad. Dos conferencias: una a cargo de Joaquín Mattos Omar, y la segunda a cargo de Paul Brito y John Better. Al final de la primera, un espontáneo se presentó como profesor de la Uniatlántico y contó que en 1981 Gabo se ofreció para dictar un curso de literatura en la universidad; se reunió un comité (“cuyos miembros andan todavía por ahí”) y rechazaron la oferta, con la excusa de que nuestro nobel no tenía título universitario.


Muchos de nuestros personajes públicos no tenían mayor formación que la ofrecida por la vida: Pepe Sierra, el campesino millonario, uno de los hombres más ricos de su tiempo, a duras penas hizo la primaria; alguna vez escribió hacienda sin h, y al ser corregido por un joven replicó: “Vea joven, tengo 60 haciendas sin h, ¿cuántas tiene usted con h? Rafael Escalona se lamentó toda la vida de no ser bachiller, hasta que el Loperena le dio un título Honoris Causa: ”Yo he ido más lejos que muchos bachilleres”, afirmó una vez el maestro.
Colombia sufre hace muchos años de una epidemia de doctoritis (“Doctor se le dice a cualquier HP”, dice un refrán callejero), que consiste en creer que tener un título en algo, te hace superior a los demás. No es fenómeno exclusivo de Colombia: en México abundan los chistes sobre licenciados, como mostraba un episodio recurrente de Chespirito: “Dígame licenciado. Licenciado. Gracias, muchas gracias.”
Esa epidemia de doctoritis tiene muchas aristas, no tan legales. Abundan, por ejemplo, los avivatos que compran un diploma en sitios “especializados”, o incluso modificando los archivos universitarios -sé de oídas que un conocido personaje de la ciudad que se presenta a si mismo como abogado, y que, según una fuente para mi digna de crédito, no lo es; según esa misma fuente, ese personaje nunca pisó una universidad, y por tanto todos los papeles que presenta son una falsificación, “a menos que lo haya hecho en cuerpo ajeno”, concluyen algunos aludiendo a una telenovela de la época. También se suelen inflar los títulos presentando cursos de un año como doctorados, acusación que le hacen a Enrique Peñalosa y que tiene mucho de verdad. Hay que decir, a favor de este último, que solo hasta hace poco se ha facilitado la homologación de títulos obtenidos en el extranjero. Antes era más complicado y no se prestaba mucha atención a ello. Los oportunistas aprovechaban esta situación, por acción u omisión.
Tuve un profesor de quien, en los pasillos de la U, se decía que no era Ingeniero Civil. Trabajé después con él y en su oficina vi el diploma. Decía algo así como “Bachiller en Ingeniería civil”. Le pregunté qué significaba eso; el viejo, ya fallecido, veterano de la guerra de Corea, me contó que había sido premiado con estudios en Estados Unidos por sus servicios (como el personaje de Salgado en la espléndida novela de Andrés Felipe Solano, Cementerios de neón), y que al regresar se encontró con que el título no tenía equivalencia: “Es algo entre técnico y profesional de la ingeniería civil. Homologar una de las dos me tomaba años, y tenía una familia que mantener”, me respondió en un arrebato de sinceridad inesperado. Le debo mucho a ese profesional como para hablar mal de él. Pero la realidad es que técnicamente no podía ejercer como ingeniero. Al final, aparte de no homologar el título, le faltaba la matrícula profesional, el último requisito.
La ley colombiana establece la tarjeta profesional para cerca de 60 profesiones como requisito para ejercerlas después haberse graduado de una universidad. Sin ese registro, en teoría, no puedes trabajar en lo que estudiaste, y en teoría no eres nada. La realidad es que eso es letra muerta en multitud de profesiones. Por ejemplo, César Gaviria se graduó de economista en los años 70, y solo tuvo tarjeta profesional hasta 1994, terminando su gobierno, cuando la asociación encargada se la entregó en un homenaje. Fue ministro de hacienda y de gobierno sin necesidad de matrícula. Al final, la matricula te la piden en profesiones asociadas a la salud, o aquellas con trámites habituales frente al Estado, como la Ingeniería civil. Un administrador de empresas, o un Ingeniero de sistemas, es raro que tenga matrícula profesional. Además, muchas personas se dedican a cosas completamente diferentes a las que estudiaron: un compañero de universidad, graduado conmigo el mismo día, con matrícula, es fabricante de ropa, le va muy bien, por cierto. Pero en teoría, está al mismo nivel mío, en cuanto a requisitos profesionales.
Como sea, falso o no, inflado o no, matrícula o no, sufrimos doctoritis aguda, y las universidades dan muestra de ello. Han caído en el culto al título, preocupadas por obtener puntos y certificaciones internacionales que dan lustre. No importa si tu trabajo es reconocido, si no eres doctor, no eres nadie, como ocurrió alguna vez con Garcia Márquez.
Es preciso desmitificar la educación profesional como elemento de juicio y valor del trabajo de una persona, o de la persona misma. No digo que no sea necesaria, lo es, y que no se persigan posibles delitos si se cometen; de hecho, la creo conveniente y útil, pero esa idolatría sin control conlleva discriminación, delitos y ligerezas, como las indicadas en este texto, y que cada tanto saltan a las redes. Grandes delincuentes de cuello blanco con títulos de “buenas” universidades abundan, y a veces están más preparados que un yogurt, como seres ejemplares se han formado en la universidad de la vida. Al final, lo único que importa es lo que hicimos y lo que dejamos. Se recordarán más, por ejemplo, los cantos de Escalona, o los trabajos de Rafael Carrillo Luquez, que los títulos o el trabajo de congresistas como Roberto Gerlein, Ernesto Macías o Samuel Moreno Rojas.
 
(Imagen tomada de http://kormachev.com)