La civilización no es posible sin control y el control se ejerce desde la cultura, que es su arma principal. Parece ser que los conglomerados humanos organizados comprendieron pronto que para que la especie sobreviviera era necesario poner límites estrictos a la expresión libre de sus impulsos primitivos. Freud lo explica, reduciendo esas tendencias fundamentales a dos: el Eros y el Thanatos, que no son otra cosa que las dos caras de nuestra esencia, estas ganas nuestras de amar y de matar.


Para limitar esos impulsos básicos la cultura se inventó la religión y la ley; más tarde, para intentar comprender lo que reprimía por instinto, inventó la filosofía. En estos dos elementos de nuestra esencia vital confluyen las explicaciones que hemos hecho de nosotros mismos, y su represión sistemática ha sido la razón de nuestro éxito. El placer y la violencia reducidos, amilanados, mutilados, sacrificados para sobrevivir. Suena bien.

Pero con el tiempo las cosas se han ido desequilibrando. La persecución contra las expresiones sexuales se han suavizado, a pesar de ciertos dinosaurios cristianos y musulmanes; ya no quemamos adúlteras en hogueras públicas, ya es normal ver un par de tetas en el cine y la industria de los medicamentos anticonceptivos genera billones de dólares cada año. Parece que nos cansamos, de siglo en siglo, de condenar a quienes aman, y nos dejamos convencer de que a fin de cuentas son inofensivos (eso sí, con algunos límites que permanecen incólumes). Al otro lado de la balanza, en cambio, la sanción social a los violentos es innegociable. El delito más grave sigue siendo el pecado más grave: matar. Suena bien.

Hay algo incómodo en el desarrollo de la represión cultural de los impulsos esenciales, hecha como manera de preservar la vida en comunidad; no se trata de un arranque de sensatez, sino más bien de una convicción corrupta de las mayorías, en la cual quienes aman, quienes se besan en la esquinas, quienes se tocan e, incluso, quienes fornican, son seres superiores, en virtud de su renuncia consciente y constante a su instinto destructor. Las normas en las que convenimos creer, cada vez más tolerantes con unos e igual de inflexibles con los otros, nos repiten, no sólo que está bien sentir placeres, sino que somos buenos por saberlo, y que los malos son una minoría de seres inferiores y dañinos que aún siguen comportándose como si vivieran en la época de las cavernas. Ahí está la falacia.

El hecho de que el control social del Thanatos haya resultado ser más efectivo que cualquier otro y que, mal que bien, haya permitido que florezcamos como ninguna otra especie en el planeta, no quiere decir que ya no seamos capaces de odiar, ni que el deseo de destruir sea una infección excepcional que solo afecta a unos pocos seres desnaturalizados, pobladores de cárceles y guetos, promotores de guerras y de masacres. Es peligroso que creamos eso. Es peligroso porque entonces podemos llenar de razones puras nuestro ejercicio público y privado de la barbarie, maquillando la verdad mientras combatimos la violencia con violencia. Creo que es mejor, en todo caso, aceptar que estamos hechos de virtud y de vileza, en proporciones exactamente iguales; no creo que sea peor gritarle a otra persona que la odias que matarla por amor.

Tú, que has amado tanto, tú que nunca te has rebajado al insulto y a la traición, tú que no has sucumbido al golpe y al balazo, tú que no has sido soldado ni sicario ni presidente, tú que hablas, que explicas, que concilias, tú que defiendes las diferencias y que protestas en las inmediaciones de las plazas de toros, tú que te desmayas cuando ves sangre, tú que le das sopa a los ancianos abandonados, tú que lloras cuando ves los noticieros, tú que palideces ante la injusticia, tú que te acongojas cuando piensas en el horrible mundo que te han dejado y que dejarás, tú virtuoso, tú bondadoso, tú misericordioso, ¿en verdad no odias a nadie?

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