Leo por ahí que se están cumpliendo nada menos que 35 años de la creación del primer teléfono móvil. O, bueno, más bien de la creación de los primeros especímenes prehistóricos que evolucionaron hasta los verdaderamente móviles o portátiles de hoy: adjudicarle el calificativo de 'portátil' a aquel braquiosaurio comunicativo de 9,5 kilos, fabricado por Nokia en 1972, sólo tendría sentido si quien lo portaba era Lou Ferrigno, el gigantesco fisicoculturista que le daba vida al Increíble Hulk en la entrañable serie televisiva de los 80. En realidad Nokia diseñó ese prototipo para que fuese utilizado dentro de los carros.


Sin embargo, apenas un año después ya se comercializaba el Motorola DynaTAC 8000X, que además de pesar doce veces menos fue el modelo a partir del cual se inició la cada vez más voraz carrera por ofrecer al mercado la mejor opción de todas, en una industria que desde hace años mueve cantidades inconcebibles de dinero gracias al exponencial crecimiento de su mercado.
En esa competencia de fieras corporativas vimos, por ejemplo, cómo el tamaño del teléfono celular pasó de tener una relación inversamente proporcional con el prestigio de quien lo portase a una exactamente opuesta, en la que dominan las enormes pantallas táctiles de hoy. Pero también vimos cómo ese aparato fue convirtiéndose poco a poco en una extensión de nuestro cuerpo, pese a las admoniciones de los apocalípticos que siempre están por ahí, merodeando, vigilantes, al acecho de cualquier invento que aparezca en el horizonte y prometa hacerle menos miserable la vida al ser humano.
Lo digo yo, que hasta no hace mucho viví en un mundo en el que si quería consultar determinado asunto debía primero emprender detectivescas búsquedas en los ficheros de la biblioteca. O en los ahora casi extintos tomos de enciclopedias, que pesaban como un matrimonio a la fuerza. Ni hablar de una cita bibliográfica que necesitase transcribir: me tocaba rastrearla página por página en el libro correspondiente, con las únicas armas que me proporcionaban los recuerdos visuales, la suerte y el sentido común.
Ese era un mundo -qué fácil se olvida- en el que las cartas se demoraban semanas o meses en llegar a su destino (lo máximo en guarachas era un telegrama, a veces ambiguo, siempre costoso). Un mundo en el que en ocasiones había que perseguir durante días a una persona para poder sostener una conversación telefónica con ella. O, en último caso, dejarle con otra un mensaje que solía llegar totalmente distorsionado, si es que llegaba.
Si se quería obtener una fotografía simple, sin ningún tipo de efecto, se debía disponer de una cámara fotográfica, comprar un rollo, tomar una foto a ciegas, esperar a que se tomaran las otras 11, 23 o 35, y pagar porque revelaran el rollo e imprimieran la copia respectiva. Para una grabación de video no había de otra que contratar a un profesional, porque las videocámaras de entonces costaban un ojo de la cara. Tomar notas era una actividad en la que andar armado de bolígrafo y libreta era imperarivo, y si se necesitaba el número telefónico de alguien, o bien se recurría a la memoria o bien se cargaba con una agenda telefónica llena de borrones y tachones.
Hoy, en cambio, tenemos la sabiduría universal al alcance de las yemas de los dedos: sólo hay que digitar un par de palabras claves y allí tendremos cualquier cantidad de referencias sobre el tema que se nos antoje. También dejamos recados escritos, enviamos al instante informes de trabajo a otros continentes, recibimos mensajes en tiempo real; y si nos apetece hablar con un amigo basta un toquecito para entablar una videoconferencia con él, así viva en las antípodas. La envidia de Dick Tracy.
Pero además, tenemos disponible permanentemente una cámara profesional que nos posibilita disparar al instante las fotos que sean necesarias hasta lograr la perfecta, o grabar un video en alta definición que podrá ser editado en minutos. También una exhaustiva e impecable agenda telefónica. Hoy no sólo podemos escribir textos minuciosamente corregidos casi sin límites (e imprimir las copias que queramos de ellos), sino que es posible, si así lo queremos, realizar notas de voz sin andar para todas partes con una grabadora de periodista.
Lo que nadie imaginó fue que todas esas funciones estuvieran concentradas en un solo aparato. El cual, por si fuera poco, nos dice el nombre de las canciones que están sonando, nos alcahuetea encuentros sexuales, nos informa la hora, nos sugiere restaurantes, nos revela atajos de tráfico, nos sirve de secretaria, nos trae el periódico y las revistas con las noticias de sucesos ocurridos cinco minutos antes al otro lado del mundo, nos desaburre con videojuegos, nos recuerda citas, nos despierta en la mañana, nos consigue taxis, nos reserva hoteles... Y aquí podría quedarme toda la vida -sé que me quedo cortísimo- añadiendo y añadiendo funciones que realiza por nosotros el teléfono celular, ese dispositivo mágico del tamaño de una caja de cigarrillos.
Ese artefacto que no hubiera imaginado ni el mismísimo Julio Verne en un viaje de LSD.⁠⁠⁠⁠