El 12 de Julio de 1917, en medio de las noticias de la Gran Guerra, el Suplemento Literario del Times de Londres publicó un ensayo firmado por Virginia Woolf que comenzaba de la siguiente forma: “Hoy hace cien años atrás, El 12 de Julio de 1817 nació Henry David Thoreau, el hijo de un fabricante de lápices de Concord, Massachusetts. Ha tenido suerte con sus biógrafos.”


Próximo a cumplirse 200 años del nacimiento de Thoreau, “el inspector de venticas y diluvios” como él se definía, y reivindicado como precursor de movimientos de inconformistas, anarquistas, ecologistas, librepensadores, radicales políticos, pacifistas, y por todo aquel que sienta que debe oponerse a lo que el estado o la sociedad predican, muchos de los juicios expresados por Virginia Woolf en ese breve texto mantienen todavía su interés a 100 años de su publicación.
En esos años, Woolf era una estudiosa de los escritores americanos agrupados alrededor del movimiento trascendentalista: Bronson Alcott, Margaret Fuller, Ralph Waldo Emerson, Thoreau, y de hecho, tenía un interés particular por el poeta James Russell Lowell, compañero de viaje, amigo y rival de movimiento de Thoreau, y uno de sus críticos más feroces, que había sido amigo de su padre, Leslie Stephen, quien le pidió que fuera padrino de su hija Virginia, nacida en 1881. De allí que el interés de Virginia Woolf, más allá de lo literario, tenía también un componente de curiosidad familiar: saber algo más del mundo de su padrino, fallecido en 1891.
El texto comienza con una descripción de la familia de Thoreau, sus años en Harvard, aún lejos de la famosa universidad que llegaría a ser, sus estudios no terminados, y se concentra en los años que pasó en los bosques a orillas del lago Walden. Señala que, en esencia, el trascendentalismo no era más que un movimiento de una generación que buscaba ropajes nuevos a ideas viejas lleno de discípulos extravagantes. Mientras despacha a Emerson y a Alcott en pocas palabras, para Virginia Thoreau es el que menos adaptación tuvo que llevar a cabo a las nuevas ideas. Para Thoreau, todo acto tiene su importancia y su efecto. Nunca se queja, se dedica a ser fiel a su idea de vida. Al intentar responder a la pregunta de cómo se debe vivir (es decir, a la pregunta de qué es una vida justa y buena), Thoreau tiene dos posibilidades, según las ideas del movimiento: una comunidad cooperativa, o la comunión en soledad con la naturaleza. Thoreau, señala Woolf, escogió la segunda: “prefiero tener un piso de soltero en el infierno, que una pensión completa en el cielo”, decisión que lo llevó a vivir dos años en una cabaña en el bosque, génesis de Walden o la vida en los bosques. En ese libro Thoreau trazó un recorrido que va desde la vida contemplativa en los bosques de Walden hasta la resistencia pasiva al mal gobierno, y de allí a la íntima convicción de que toda ley que niegue la vida debe ser desobedecida.
La lectura de Virginia de la obra de Thoreau es una visión honesta no exenta de crítica: no está influenciada por su educación británica de clase alta, y presenta a un Thoreau alejado de la imagen de ermitaño inconformista e insatisfecho que pintan sus biógrafos. Para Virginia, Thoreau es un hombre noble, mezcla de la compleja relación entre un padre que se ganaba la vida con sus manos fabricando lápices de grafito, una madre de inteligencia viva que le gustaba demasiado pasear. Más que el ermitaño antisocial, Virginia ve en Thoreau a un hombre fiel a si mismo, alaba su sinceridad, su independencia y su “buen egoísmo”, lo que facilitó la escritura de unos diarios que permiten conocerlo de manera detallada: “quise vivir en profundidad y extraer todo el tuétano de la vida”. Lo ve como un rebelde de altas miras que buscaba enseñar a sus contemporáneos su filosofía a través de su obra y sus acciones, pero por su personalidad, no lo logra: “He aquí un hombre que trata de comunicar, pero que no puede. Tiene los ojos o en el suelo o el horizonte.”
Para la autora, el incomprendido Thoreau, aquel que era objeto de burlas y caricaturas crueles que lo pintaban como el enano de Emerson, es un ser humano digno de simpatía: “el último de una raza ya antigua o el primero de una raza venidera”; ello hace a Thoreau un hombre con un anormal sentido de responsabilidad para con los suyos, que busca enseñar una nueva forma de vida despojada de artificios sociales, como iglesias, estados, correos o ejércitos; todos sus actos están condicionados por esa postura ética -su negativa a pagar impuestos era resultado de ello-.
Por último, quizás Woolf se identificaba con él, por su vida de dos años aislado en la cabaña a orillas del Lago Walden. Como Thoreau, Virginia tenía una cabaña en Sussex donde pasaba los veranos para alejarse de la sociedad, en la cual no había ni baño ni agua caliente. Había diferencias, claro, entre ellos: Woolf no optó por la soledad autoimpuesta sino que pasaba los veranos con su esposo. Era posible que esas experiencias en la naturaleza la llevaran a admirar aún más al solitario de Walden.
El ensayo de Woolf sobre Thoreau, publicado hace casi un siglo, sigue siendo una de las lecturas más perspicaces, reflexivas e inteligentes de este hombre, a menudo incomprendido.

Notas: Las citas en cursiva se han tomado del libro Horas en una biblioteca, de Virginia Woolf publicada por Seix Barral (2016) en traducción de Manuel Martinez Lage.

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