Desde la panza no los dejan en paz. Eso de estar a sus anchas en medio del líquido amniótico durante el período de gestación está reservado para los bebés de perras, de gatas, de elefantas, de jirafas, de micas, de leonas, de ballenas; en fin, para los hijos de cualquier hembra de cualquier especie menos de la humana. Porque a los bebés humanos, tal parece, hay que programarlos desde que están ahí, en las barrigas de sus madres, no vaya y sea que por falta de estimulación prenatal se queden brutos. Y así empieza el viacrucis para ellos, todo un asunto de precocidad que surgió en los noventa con el efecto Mozart y que aún no para.

La aprendedera de cosas no da espera. Como si estuvieran en alguna especie de maratón infernal sin meta a la vista, a los niños nacidos en estratos altos los someten desde chiquiticos, casi que desde recién nacidos, a jornadas de aprendizaje y estimulación temprana basadas en la repetición de movimientos y rutinas, o lo que los expertos en el tema denominan unidades de información o bits. Y da resultado, claro que sí. Ya no es una rareza ver a niños leyendo, escribiendo o recitando poemas en inglés antes de los cuatro años; como tampoco es extraño verlos manipulando con tan solo pocos meses de vida, toda suerte de aparatos electrónicos que pueden ir desde el control remoto del televisor, hasta dispositivos más sofisticados como tabletas y smartphones.

Al entrar al colegio, cosa que hacen a muy temprana edad, los niños se sumergen de cabeza en jornadas académicas larguísimas, jornadas que inclusive pueden llegar a completar doce horas si contamos el tiempo transcurrido entre la salida del niño al transporte escolar y su regreso a la casa por la tarde. Pero el día no acaba ahí para ellos, no, pues todo niño que quiera ser “exitoso” cuando grande, debe tomar hoy día, además de las clases propias del colegio, otras de carácter extracurricular que le den un “plus” a la hora de competir en el cruento mercado laboral con el que le tocará lidiar cuando crezca. Afortunadamente, como en botica, la lista de donde escoger es bastante larga: clases de kumon, de francés, de inglés, de italiano, de karate, de ballet, de guitarra, de piano, de patinaje, de natación, de oratoria, de pintura, de culinaria, de canto, de fútbol. Y luego sí, a hacer tareas hasta que San Juan agache el dedo.

Niños con el tiempo copado, niños mejor preparados. Ese parece ser el lema. Por ello los padres hacen lo que sea -inclusive endeudarse y volverse pulpos para llevarlos y recogerlos de una clase a la otra- para pagar cursos de esto y de aquello, y terapias de aprendizaje y de lenguaje y de lectura rápida, con tal de nivelar a sus hijos de acuerdo con ciertos “estándares de calidad” que les garanticen un buen puntaje en el ICFES, y por ende, el acceso a una buena universidad. Nadie quiere que su hijo se quede rezagado en el camino, así que si tienen que empujar al “lento”, pues empujan fuerte. La clave del éxito está en combatir la parsimonia. ¿Quién llegará lejos? La respuesta parece ser obvia: los niños veloces, aquellos que saben correr sin pausar la marcha, que aprenden muy rápido, que no se cansan, que no son flojos ni dormilones, niños que el día de mañana, cuando ya no sean niños sino adultos llenos de responsabilidades y afanes, no extrañen para nada -porque nunca lo vivieron- echarse en el pasto a rascarse el ombligo, a mirar el cielo y a oír a los pájaros cantar. Para detenerse, ni siquiera en la infancia, por lo visto hay ya tiempo.

La sobresaturación de actividades es el pan de cada día para miles de niños “privilegiados” en este país a quienes se les ha negado de tajo uno de sus derechos fundamentales: el derecho al ocio. O en términos coloquiales, el derecho a no hacer nada cuando no quieran hacer nada. ¿Y todo para qué? Pues para que tengan un mejor futuro. ¿O es que para alguien es un secreto que ya no basta con ser bilingüe, que ahora toca saber mínimo tres o cuatro idiomas para destacarse, para no ser del montón? Esa premisa encerrada entre signos de interrogación es, literalmente, el último alarido que se puso de moda entre los angustiados padres modernos. Padres, no sobra decirlo, que al hablar entre ellos, pareciere que estuviesen compitiendo por quién tiene el hijo con el talento o el don o la gracia más destacada. Los tiempos de hacer alarde por el carro o por el jardín de la casa o por el último juguete adquirido, pasaron. Lo de hoy es exhibir como trofeos a los hijos.

La pregunta que surge entonces es: ¿tanta sobreestimulación sirve? Es imposible saberlo pues estos niños saturados de actividades están en su mayoría en colegios privados cuyos resultados, más allá del ICFES que solo sirve para ingresar a la universidad, no se pueden comparar con otros sistemas de medición internacionales. Las evidencias lo que indican es que la calidad de la educación pública nuestra está entre las peores del mundo. Tal vez por eso el afán de tantos padres de diferenciarse como sea, inclusive no dejando ni respirar a sus hijos, de esa educación pública tan mediocre.

Para nadie es un secreto que Colombia está lejos de ocupar un lugar privilegiado en el ranking mundial de países con altos niveles de calidad en la educación. Cada vez que hemos sido evaluados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en las pruebas PISA, un examen cuantitativo que califica el desempeño en matemáticas, ciencia y lectura de alumnos de 15 años en más de 60 países del mundo, nuestro país se ha rajado, jamás ha salido de los últimos puestos de la lista. Inclusive, en 2014 ocupó el vergonzoso último lugar. En contraposición, uno de los sistemas educativos más exitosos del mundo, el finlandés, el mismo que ha liderado varios años dichas pruebas, lo que privilegia es todo lo contrario que el método nuestro lleno de actividades y tareas copando el período de vigilia de los estudiantes. En Finlandia, los niños entran al colegio a los 7 años, no a los 3 como lo hacen en Colombia. ¿Y saben qué hacen gran parte del día? La respuesta es preciosa: juegan. Y no sólo eso, dedican además cuatro veces menos tiempo en realizar deberes escolares que los niños colombianos pues la jornada escolar no sólo es más corta, sino que además prohibe llevar tareas a la casa. Y son niños felices, y son niños sin estrés, y son niños curiosos, y son niños inquietos, y son niños que van a la vanguardia, y son niños que leen, y, sobretodo, son niños que piensan. ¿Y saben por qué?

La respuesta la da la investigadora canadiense Catherine L’Ecuyer para quien no hay un único factor responsable de los malos resultados académicos (que pueden ir desde la calidad y nivel de preparación del profesorado, hasta la alimentación de los estudiantes y sus condiciones de vida socioeconómica) pero quien no duda en afirmar en sus ponencias y escritos sobre el tema, que el exceso de tareas y estímulos a edades demasiado tempranas sí es un problema considerable a la hora de evaluar el fracaso del sistema educativo de un país. Para ella la relación entre una variable y la otra es inversamente proporcional; es decir, a más tareas, menor rendimiento. Lo que deja en un lugar privilegiado al tiempo de ocio, ese tiempo libre en el que cada niño debería poder explorar los límites de su propia creatividad.

Según L’Ecuyer, la sobrestimulación marca de manera negativa el desarrollo de los niños pues les corta la capacidad innata con la que nacen para interesarse -sin imposiciones ni horarios ni obligaciones- por el mundo que los rodea. Esa estimulación natural con la que nace todo niño es justamente la que, desde un proceso de introspección que va de adentro hacia fuera, le permite ir descubriendo en sus momentos de ocio, de esparcimiento, e inclusive, de aburrimiento, cuáles son sus talentos y sus inclinaciones. Así es como un niño, rodeado por crayones y acuarelas y lápices y tizas, puede descubrir en su cuarto, sin que nadie le ejerza ningún tipo de presión, que le apasiona pintar y mezclar colores y técnicas, por ejemplo.

Todo lo contrario ocurre cuando el estímulo es externo y el niño es arrastrado literalmente por las mechas a clases de pintura porque sus padres le notan a leguas la vena artística, o porque la madre tiene el sueño frustrado de ser pintora y cree que su hijo le heredó el don. Los procesos impuestos de afuera hacia adentro rara vez dan fruto. Además, recalca la investigadora, cuanta más programación reciba un niño, más pasivo y apático se tornará; y lo que es peor, cuando ese estímulo externo no esté, no sabrá qué hacer ni cómo asombrarse o investigar por su propia cuenta. Suena a castración de la creatividad.

Meter a todos los niños en un mismo costal no sólo es imposible, también es incorrecto. Hay unos a quienes les encanta asistir, luego del colegio y del cúmulo de tareas, a clase de culinaria el lunes, de francés el martes y el sábado, de kumon el viernes, de karate el jueves, y de baloncesto el domingo. Los hay, claro que sí. Hay otros quienes descubrieron muy temprano qué les gusta y asisten a clases de esa única cosa con pasión y genuina alegría, una o varias veces a la semana. Otros más son curiosos y saltan de clase en clase porque quieren probar todos los sabores. Maravilloso entonces. Pero -el pero para variar es la mosca en la leche- los hay también, y eso es lo inaudito, quienes asisten a esas clases obligados y hasta llorando porque sus padres no tienen con quién dejarlos en la casa y este mundo está muy peligroso, o porque es mejor que no pasen tanto tiempo con la empleada del servicio o frente al televisor, o  porque simplemente deben prepararse para la “excelencia”, o porque ahora a los padres les encanta competir con otros padres sobre las oportunidades que le dan a sus hijos, o, vaina grave, para desencartarse y no tener que pasar tanto tiempo con ellos.  Y no faltará el padre que sobresatura a su hijo de actividades por "amor", por darle lo que él nunca tuvo, es decir, ese típico padre que no deja respirar al muchachito por su bien. ¡Vaya uno a saber!

Ahora bien, ¿de qué niños sobrestimulados estamos hablando? No hay que olvidar que en Colombia, uno de los países más desiguales e inequitativos del mundo, los niños y adolescentes no están en igualdad de condiciones a lo largo y ancho del territorio nacional. La mayoría de niños colombianos provienen de familias pobres que a duras penas pueden enviarlos a un colegio público. Eso en el mejor de los casos. Siendo así las cosas, los problemas que enfrentan esos niños en el aspecto educativo nada tienen que ver con la sobrestimulación por cuanto ese concepto de actividades extraescolares es ajeno a un porcentaje enorme de la población en edad escolar. Me refiero entonces es a esos niños que solemos tildar de “privilegiados”, niños a quienes les pesa las expectativas depositadas a tan temprana edad sobres sus hombros, niños a los que les estamos pasando una cuenta de cobro altísima por una deuda que no es de ellos, niños a quienes de un día para otro el tiempo para ser niños se les agotó.

Me refiero a esos niños con prisa.*

*Como la autora de esta columna no es usuaria del denominado lenguaje incluyente: la palabra niño se refiere también a niña; la palabra hijo se refiere también a hija; y la palabra padres abarca, por supuesto, también a las madres.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

(Imagen tomada de https://ninosdeahora.tv)