Pareciera que, con resignación y tristeza, debemos otorgar la razón al político francés Joseph Fouché cuando dijo: “Todo hombre tiene su precio, lo que hace falta es saber cuál es”. La frase lanzada hace más de 200 años tiene toda la vigencia en estos días, en los que desfilan múltiples casos de corrupción ante nuestros ojos imperturbables. ¿Será que la corrupción en Chibchombia es un mal que aqueja sólo a la clase política?


El panorama es penoso: un fiscal anticorrupción (hábil para culpar a ancianas muertas) recibiendo dólares para interceder por un exgobernador criminal, un viceministro recibiendo sumas millonarias para beneficiar a un contratista brasilero en la contratación de una autopista, un contralor beneficiándose con procedimientos estéticos de un hospital que debería vigilar, el gerente del hospital y sus familiares por supuesto que también, un secretario de seguridad paisa corrupto y con amistades peligrosas, un plagio de una caricatura, trinos fraudulentos y un sinfín de etcéteras nos llevan al pesimismo. Esto es sólo la punta del iceberg, lo que no sale a flote es mucho más aterrador y voluminoso.
En un partido de fútbol es fácil identificar al contrincante, tiene un color de camiseta diferente, al iniciar el partido se establece en la otra mitad de la cancha; pero, en cambio, la corrupción no es tan fácil de detectar: es como un cáncer que nace siendo un tumorcito menor y se va alimentando de pequeñas faltas, aprovechamientos, robos de menor cuantía, ventajita por aquí, ventajita por allá y termina inundándolo todo, pudriéndolo todo, deteriorando al organismo hasta matarlo y, de paso, robándonos nuestro presente y nuestro futuro.
No nos llamemos a engaño, si en estos momentos un hada madrina nos concediera el deseo de inhabilitar a los 1.000 o 10.000 gobernantes, jueces y, en general, a los políticos más corruptos de este país, y estos fueran reemplazados por una selección aleatoria de colombianos creo que no cambiaría nada, el cáncer invadió todo el cuerpo y por más que hayas tomado un tejido de otra zona para hacer un injerto en una zona claramente afectada no servirá, el tejido supuestamente salvador viene contaminado, y cuidado es peor el remedio que la enfermedad. Los nuevos administradores de lo público, los nuevos legisladores, los nuevos jueces no tardarán en apropiarse del erario de todos, quizá -como ya dije- con más voracidad.
Es que la corrupción es un enemigo íntimo, silencioso: es tu hermano o tu padre, tu profesor, tu jefe, tu subalterno, tu vecino, tu amigo entrañable, el pana del colegio, el amigo de rumba de universidad, el policía que te detiene en un retén, el que cobra el cover en el bar, el médico, el juez, el gerente de una clínica, tu hijo y tu pareja, tú mismo; se respira y se siente en la gran mayoría de actividades en Colombia.
Hace un año, un amigo que tiene una empresa de obras civiles visitó a unos compañeros de colegio suyo que habían sido electos en importantes cargos a través del voto, les llevó el brochure de su empresa para poder licitar y presentar ofertas en distintos concursos, la respuesta que le dieron sus “llaves” fue que claro que sí, que había muchas cosas por hacer, pero que ellos se quedaban con el 20%. Sí, sí, como lo leen, el módico 20, y eso por ser amigo (no me imagino cuánto le piden a los enemigos); si de arranque a un constructor le toca dar el 20%, sin haber pasado por las mordidas de interventoría, tesorería, intereses bancarios y demás arandelas y perendengues, ¿Con cuánto tiene que hacer la obra? ¿Con el 40 o el 50% a lo sumo? Y esto se traduce en que avanzamos a la mitad de la velocidad con la que progresan países con menores niveles de corrupción.
Decía, no tácitamente, el romano Tácito que “Muchas son las leyes en un estado corrompido”. Tenemos miles de leyes y millones de palabras muertas para combatir la corrupción, muchas “ías”: contralorías, fiscalías, procuradurías, que lo único que hacen es que el robo sea más grande para que, en su andar, el corrupto pueda dar de comer a todos estos tiburones ías hambrientos. En esto creo que el plesbiscito de Uribe era positivo en eliminar instituciones que estaban (y están) aportando poco valor al país (o más bien restándoselo). Lástima que ese referendo (mal explicado por el siniestro Invercolsa-Londoño) se haya hundido en las urnas, al revisarlo punto por punto concluyo que tenía muchas cosas positivas y pocas negativas.
¿Y para dónde cogemos? Ni idea, tal vez un plan agresivo de educación, donde la materia sea obligatoria desde tempranísimas edades y los condenados por corrupción estén obligados a ir colegio por colegio contando lo que les pasó y cómo esto afectó a sus familias, o imitar a los de Alcohólicos Anónimos y crear un club de Corruptos Anónimos en cada cuadra, en los que vayamos combatiendo el vicio día a día, con metas cortoplazistas: “llevo una semana sin ser corrupto”, “llevo un mes”, y así. Por ahora sólo se me ocurre votar a conciencia (una utopía en este país) y penas ejemplarizantes (¿extradición?) y que Dios nos coja confesados. Entretanto somos un país inviable, con las Farc o sin ellas.