Quejarse de las redes sociales está de moda. El internauta vergonzante de hoy intenta justificar la futura decisión –que en la abrumadora mayoría de los casos nunca termina llevando a cabo- de cerrar alguna de sus cuentas con los argumentos de que Facebook nos espía, Instagram es una red frívola y en Twitter el ambiente es muy agresivo. Su anuncio del inminente cierre suele presentarlo -generalmente en un tono mayor, de superioridad moral- a través de la misma red que pretende abandonar. Y ese hecho irónico dice mucho de por qué es tan difícil hacerlo: porque las redes sociales, quiéralo o no el repentino nostálgico del Buen Salvaje, son una herramienta confiable y útil que tiene el hombre contemporáneo para establecer contacto con una realidad que cambia a mil por hora.

Un conocido mío suele darse unos prestigiosos aires intelectuales cuando sugiere que las redes sociales no son otra cosa que tenebrosos instrumentos alienantes de los cuales se sirve una conspiración mundial de billonarios que se frota las manos en conciliábulos secretos. Pero, por supuesto, lo más probable es que eso no sea así. La teoría conspirativa según la cual está en marcha un gigantesco complot encaminado a uniformizar nuestras mentes fue la conclusión fácil que sacó el pequeño espía internacional que vive en su interior. Sin embargo, hace ya 40 años el futurólogo Alvin Toffler, en su libro La Tercera Ola, se encargó de vaticinar, con éxito, que en realidad desde entonces ocurría todo lo contrario, y seguiría ocurriendo a mayor velocidad: el mundo sería cada vez  más diverso, y nuestros gustos e intereses  se personalizarían cada vez más.

Al respecto, recuerdo cómo hasta hace relativamente poco me encontraba con amigos para comentar el mismo programa de televisión que -casi que por sustracción de materia- todos acabábamos de ver. Ese tiempo ya no existe más. Ahora cada quien tiene un sinfín de opciones en los canales públicos, el cable, o en las decenas de otras alternativas que ofrece la red (Youtube, Netflix y similares). Y en el caso de que se dé la coincidencia de que dos personas vieron –digamos- la misma serie, lo más probable es que ni siquiera lo hayan hecho simultáneamente, porque los horarios para todo se han vuelto flexibles, a la carta.

Sin ir más lejos, y en contraste con los rígidos horarios que caracterizaron al siglo pasado, ahora muchos oficinistas manejan su tiempo y eligen cuándo y dónde trabajar. La tendencia mundial es hacia la particularizaciòn, no hacia la generalización. En los tiempos de mis padres era inconcebible que a alguien no le gustaran los Beatles o Pacho Galán. Hoy no sólo alguien puede odiar el vallenato y amar el reguetón (sí, amar el reguetón, en serio), sino que otro más puede preferir ya no la música electrónica, sino una de sus sub especializaciones, y parecerle fatal otra de ellas: en una fiesta reciente el joven hijo de un ex compañero de universidad me confesó que para él estaba bien el trance, pero que el dance le parecía insoportable (¿o era al contrario?).

Es por eso que las mismas redes sociales, de acuerdo a los enlaces que pinchemos, nos van sugiriendo otros enlaces similares, que van desde asuntos de nuestro interés general hasta ofertas comerciales a la medida. Y sinceramente no sé por qué eso deba indignarnos: yo, al contrario, lo veo como un servicio que me presta la red, y no como una amenaza a mi intimidad. Al fin y al cabo yo decido si sigo el link sugerido o no. ¿Que hay mucha basura en internet y por lo tanto existe el peligro de que personas con poco criterio sean fácilmente engañadas por avivatos? Tal vez, pero esa situación potencialmente peligrosa se debe más a incapacidad de los usuarios que a una supuesta naturaleza dañina de determinada red social. Habría que revisar más bien todo nuestro sistema educativo, para adaptarlo a estas nuevas exigencias.

No sería, pues, extraño afirmar que si en realidad queremos sociedades más  tolerantes e inclusivas, debemos pagar un costo. Y lo primero que tenemos que hacer es tomarnos el trabajo conocer la diversidad de las mentes que nos rodean, mentes antes –sí- uniformizadas por los grandes y dominantes medios. ¿Qué manera más práctica de conocer y comunicarnos con esas mentes que a través de Facebook, Twitter o Instagram? ¿No nos facilitan las redes saber quiénes son nuestros amigos y conocidos, cómo piensan, en qué creen, dónde se divierten, cuáles son sus valores morales, qué les molesta? Facebook puede revelarnos quién es homofóbico, quién católico, quién racista y quién ateo.

Negarnos eso sólo por posar de doctos intelectuales es riesgoso y tonto. Es una realidad que si no entramos de vez en cuando a actualizar nuestros estados, a subir nuestras fotos, a fisgonear un poco por aquí y por allá, tenemos una sensación de estar perdiéndonos de algo. Nos sentimos como desconectados de un planeta que cada vez se parece más a un tren desbocado. Y es tal vez ahí donde está la clave de la relación de amor y odio que sostenemos con nuestros fantasmas digitales: en que no somos capaces de reconocer lo mucho que los necesitamos para movernos sin tropiezos por entre la miríada de destellos del mundo actual.

De hecho, incluso cuando alguno de nuestros contactos amenaza con cerrar su cuenta de Facebook arguyendo lo poco dignos que le resultamos, inmediatamente sabemos que estamos frente a un pantallero insufrible.

¿No les digo?

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(Imagen tomada de http://fm.cnbc.com/)