Para Marjorie, mi última amiga venezolana

“Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso, la monarquía de los Habsburgos, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro” Stefan Zweig, El mundo del ayer.


Si me pongo estricto con mis relaciones familiares, tengo 9 primos, 8 de ellos venezolanos. De tal manera que el matrimonio de mis tías marcó desde niño mi relación con Venezuela. Así, cuando llegaba noviembre, se organizaba el viaje de fin de año de los primos barranquilleros a Caracas, en esos tiempos de la Venezuela Saudita cuando el petróleo andaba por las nubes y el país se embarcaba en faraónicos proyectos al compás del dinero que alcanzaba para todo.

Nuestra visita no dejaba de ser para ellos la de sus queridos primos pueblerinos a quienes les mostraban con mucho orgullo su moderno país: el Poliedro, el Ávila, el Teleférico, el Teresa Carreño, los centros comerciales, el Pulpo, las autopistas, y por supuesto, el metro de Caracas. Muchos son mis recuerdos de esas fiestas y viajes de fin de año, repletos de reuniones familiares y comida. Por comer sin parar hayacas durante esos tiempos de la capital venezolana, ahora las aborrezco.

Sí, mis primos estaban muy orgullosos de su país, un país  de puertas abiertas y oportunidades para quien estuviera dispuesto a trabajar. Hablaban no solo de la inmigración colombiana, sino también de los extranjeros que llegaron huyendo de la miseria de la Europa de posguerra: portugueses, españoles, alemanes, italianos, judíos, suecos. Había mucho orgullo por su país, y en el fondo, nosotros aceptábamos que nuestra pobre Colombia no se parecía a Venezuela. Pero en septiembre de 1982, esa inferioridad encontró una razón para dar revés y responder. En diciembre de ese mismo año, mi hermana y Alejandro José, uno de los chamos, sostenían de nuevo una discusión patriótica, en la que él replicó “Venezuela es mucho más que Colombia”. Mi hermana entonces, casi sin inmutarse, le respondió a secas: “yo no hablo más contigo de esto hasta que este país tenga un Premio Nobel de Literatura”.

Las carcajadas de mis tíos venezolanos, cómplices ante tan audaz respuesta, aún resuenan en mis oídos. Sí, Venezuela se instaló en mi corazón. Como mis primos estudiaban en calendario B, me aprendí la división política de Venezuela y su himno el Gloria al bravo pueblo, que aún me lo sé, y que me parece más hermoso que el de Colombia. Los recuerdos vienen también de la música. Nombres como Tania, Pastor López, la Billos, el Puma, y muchos otros. Mi prima me dio un casette de un cantante nuevo que prometía mucho, un tal Ricardo Montaner.

Podría seguir recordando momentos. Estaba en Caracas cuando Junior ganó su primer título, y una pequeña nota en las páginas deportivas de El Universal decía “Junior de Barranquilla se coronó campeón del fútbol colombiano”. Emocionado ante semejante registro, desperté a mi hermana para contarle, me insultó y siguió durmiendo. No era una Venezuela perfecta, había constantes roces con Colombia por situaciones en la frontera, o en particular por el tema del diferendo. Recuerdo los artículos en los periódicos rechazando la hipótesis de Caraballeda, o cómo el incidente de la corbeta Caldas irritó a Venezuela hasta el extremo de hablar de guerra.

No era perfecta, había pobreza, las quejas por la corrupción eran constantes, y al cerrarse el chorro de dólares, el país se acomodaba. Llegó la crisis política del caracazo, y al final un coronel llegó a la Presidencia prometiendo cambiar todo. Ahí comenzó a desvanecerse mi Venezuela. Del Coronel se podrán decir muchas cosas, pero lo cierto es que era un amigo de los colombianos. Nacionalizó a muchos que andaban en un limbo, atacó, siempre con su particular manera, los graves conflictos de la frontera, e incluso ofreció dar una solución al conflicto del Golfo. Por desgracia, los desencuentros con el gobierno de turno, de muy diferente ideología, hicieron fracasar esta idea.

Pero con todo, seguía siendo un país de puertas abiertas, donde los colombianos podíamos ir sin ser molestados. Habrá quien diga que eso era política, y sí, lo era, una política de buena vecindad, más allá de las acusaciones de que el país era refugio de narcos, o de que era una frontera permeada constantemente por el contrabando. Viajé una vez durante esos años y me sentí igualmente bien tratado. También vi el desabastecimiento y la inseguridad que muchos vieron. Sin embargo debo anotar que no fui robado nunca. Al preguntar si era verdad que la mayoría de los criminales era de origen colombiano, me respondieron: Vea, en todas partes hay gente mala, usted no se sienta mal por eso.

Ahora vivimos otro momento, y con todas las noticias de las deportaciones ocurridas en Venezuela, el dolor en mi corazón es inmenso. Al final entiendo que esa Venezuela que conocí ha desaparecido y no precisamente para bien. El país de puertas abiertas ya no existe, ha cambiado por uno que se mira el ombligo y le echa la culpa de muchos de sus males al extranjero, y en particular al colombiano. También estigmatiza a muchos de ellos, llamándolos ladrones, criminales y asesinos. En defensa del Bravo pueblo, han acabado y empobrecido no solo de forma económica sino mental a Venezuela. Los colombianos podíamos anteriormente burlarnos del comportamiento de nuevo rico que tenía Venezuela, aristocrático y burgués en los tiempos de la Venezuela Saudita, y si se quiere, populachero en los tiempos del Coronel. Pero admitíamos que Venezuela era un país más democrático socialmente, de gente amable y querida. Menos rígido socialmente, y era también una tierra de oportunidades para quienes aquí no las tenían y asilo para quienes se sentían perseguidos. Todo eso ha desaparecido.

Venezuela, hoy eres un vano fantasma en mis recuerdos.

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