En diciembre de 1986 la entonces joven periodista María Jimena Duzán le transmitió a Gabriel García Márquez una petición de Guillermo Cano, director en ese momento del diario El Espectador. Cano aspiraba a que García Márquez escribiera un texto con motivo del centenatio del periódico. Sin embargo, éste no se mostró muy entusiasmado con la solicitud, argumentando que en Colombia mataban a todo el que se metiera a opinar. Al día siguiente ella, a quien esa apreciación le pareció exagerada, tuvo que reconocer que él tenía razón cuando, inmediatamente después de enterarse del asesinato de Cano, lo llamó y recibió esta frase a manera de saludo: "¿Sí ves?…por eso es que uno no puede vivir en Colombia: porque a uno lo matan".


Y es que Cano no fue ni el primero, ni el último que caería producto de las balas del narcotraficante Pablo Escobar, que practicaba, implacable, su política de "quien no está conmigo está contra mí". Antes de Cano habían acribillado al ministro Rodrigo Lara Bonilla, por desenmascarar a Escobar en el Congreso. Y después de Cano, para sólo mencionar un nombre, cosieron a tiros a Jorge Enrique Pulido, quien en una nota periodística había aludido a Escobar. En efecto: a quien opinara en aquella Colombia de fines de los 80, a quien osara publicar un par de verdades, a quien denunciara, simplemente lo mataban.
Mucha agua ensangrentada corrió, pues, debajo del puente de la vida pública nacional. Por eso es inconcebible que hoy, después de que gracias a cientos de mártires que se enfrentaron a los poderosos carteles de la droga superamos las épocas de un país arrodillado ante la mafia, tengamos que padecer casi el mismo infierno: la persona, de lejos, más influyente en la opinión pública colombiana ha vuelto a instaurar el mismo régimen del terror que impuso Pablo Escobar hace 30 años.
Por supuesto -y menos mal, hay que decirlo- que ya no se trata de la eliminación física del denunciante o del contradictor. La modalidad cambió, pero aunque a la víctima ahora 'sólo' se le asesina moralmente -como acaba de ocurrirle a Daniel Samper Ospina-, el victimario no sólo goza de una popularidad superior a la que le prodigaban los habitantes de las comunas de Medellín a Pablo Escobar, sino de una impunidad de la que ni siquiera pudo darse el lujo de disfrutar este último.
Samper Ospina, ya se sabe, fue calificado de "violador de niños" por el senador Uribe, en un trino que vieron millones de colombianos. “Ahora para una porción del pueblo soy una especie de Rafael Uribe Noguera”, declaró Samper a Caracol Radio. Pero antes de él, el turno había sido para el columnista Daniel Coronell, que tuvo que exiliarse en Estados Unidos por amenazas contra su vida y de quien Uribe ha dicho -también sin pruebas- que es un "extraditable". A otro reportero del telenoticiero Noticias Uno Uribe lo acusó, sin más allá y sin más acá, de ser "pro-FARC". Y así…
Son tan sistemáticas las reacciones de Uribe cuando alguien con cierto poder se atreve a criticarlo o a contradecirlo, es tan repetitivo ese ataque a la yugular moral de su circunstancial oponente, que 50 representantes del gremio periodístico, que hoy se sienten frente a él casi tan vulnerables como hace tres décadas se sentían frente a Escobar, tuvieron que dirigirle una carta en la que le recuerdan que él también es un ciudadano sujeto al Código Penal.
Pero, ¿por qué deben recordárselo ellos y no las autoridades? Quizás para que él tome la magnánima y unilateral decisión de no continuar infringiéndolo, porque está visto que tampoco existe un juez en Colombia que se atreva a tocar a Uribe ni con el pétalo de una rosa.
Porque todos -periodistas, políticos y autoridades- saben que cualquier cosa que Uribe considere una altanería -cualquier pregunta hecha al aire, cualquier artículo de prensa, cualquier tímido llamado a rendir cuentas- siempre será contraatacado por él a los gritos, en el mejor de los casos ("Respetá, home"), a los insultos ("Payaso"), o a la difamación limpia ("Violador", "Extraditable", "Amiguito del ELN"). Todo eso ventilado en Twitter, ante el medio país que le obedece ciegamente y lo respeta  (“Nada es más respetable en Colombia que una larga impunidad”, decía -con razón- el maestro Darío Echandía).
¿Qué dicen al respecto los miembros de su partido? Con la inexplicable excepción de Iván Duque, todos lo defienden en gavilla, valiéndose de falacias impresentables o de explicaciones cada una más ridícula y cínica que la anterior. Incluido 'Pacho' Santos, quien sufrió en carne propia aquella censura a sangre y fuego que impuso Pablo Escobar en un episodio que dio para que García Márquez se armara de valor y escribiera una novela de no ficción: Noticia de un secuestro.
Y lo mismo hacen sus seguidores, con tanta furia y con tanta agresividad, mostrando también un muy poco -o nulo- respeto por la ley, que más que simples simpatizantes parecen una banda de sicarios a su servicio: "lo que es con Uribe es conmigo". Se asemejan a 'Popeye', el exsicario de Escobar, quien en más de una de las muchas entrevistas que ha concedido confiesa que habría dado la vida por su patrón. Sí, 'Popeye', el mismo personaje que ahora también asiste puntual a las -también muchas- marchas que organiza el senador Uribe.
Lo cual hace de todo este déjà vu un asunto especialmente siniestro.