Me siento en la banca de un parque solitario y miro en todas las direcciones para constatar que no hay ninguna persona sospechosa: una anciana, una pareja llevando de la mano a su pequeño hijo, un amante del deporte en sudadera y zapatillas de correr, una ama de casa -bolsa en mano- paseando a su perro peludo, un vendedor de paletas. Cuando parece que por algunos minutos estaré a solas en medio de este oasis urbano, me atrevo a sacar del bolsillo el paquete de cigarrillos y así, a hurtadillas, casi con vergüenza, enciendo uno de ellos con los ojos cerrados, saboreando cada bocanada como si fuera la última, ejerciendo a solas mi anacrónico hábito de dinosaurio. Este parque, que hasta hace poco era el territorio natural de los marihuaneros, ahora es la única parte en la que se puede fumar en paz.

Hoy, cuando el mundo trata de ocultar sus mezquindades detrás del fomento exacerbado de la vida saludable, de la invención de los derechos de los animales, de la expansión de lo natural, quienes elegimos con libertad tener el vicio que se nos venga en gana nos hemos convertido en una horda de proscritos. En los tiempos en los que las distancias no se medían por leguas sino por tabacos (los que el viajero podía fumarse en cada recorrido) la gente solía morirse de difteria, tos ferina, tuberculosis, tétanos, fiebre amarilla, polio, sarampión o hepatitis. Y ocurría un fenómeno que no creo que se haya estudiado con seriedad: como no se tenía la noción de que el humo del tabaco era nocivo para la salud, las enfermedades derivadas de su consumo eran considerablemente menos influyentes en la tasa general de mortalidad. Esta misteriosa movilidad de la estadística me recuerda algunos relatos fantásticos en los que, ante un importante descubrimiento científico, una sociedad no sólo cambia sus costumbres y sus creencias, sino también el funcionamiento biológico de sus cuerpos.

Mi hijo mayor nació con innumerables problemas en su sistema respiratorio; asma, alergias crónicas, intolerancia a los pelos y a los tapetes y al smog de las chimeneas industriales y al humo de los carros; los médicos nos bombardeaban con diagnósticos confusos y tratamientos inútiles; mi abuela, que alcanzó a tener a su bisnieto en sus brazos, se sorprendía, a sus 85 años y un cigarrillo en la boca, de que en su época no había enfermedades respiratorias y la gente se moría de vieja, ignorando los alarmantes estudios científicos que advertían acerca de los peligros mortales que implicaban el antiguo acto de fumar.

Es posible que mi condición de fumador arrinconado en nombre del bienestar público me impida tener una visión imparcial del asunto. Pero, a pesar de que no descreo de la ciencia, intuyo cierta vulnerabilidad misteriosa en el inconsciente colectivo que nos hace propensos a padecer enfermedades relacionadas con algún descubrimiento relativamente reciente. Imagino, mientras fumo con lentitud mi cigarrillo de la vergüenza, que si los científicos descubriesen que cortarse el pelo produce ceguera, casualmente se incrementarían los ciegos del mundo y, claro está, las calles estarían atestadas de melenudos con visión 20/20.

En un acto de secreta venganza miro a los ojos a una señora que pasa al frente de mi banca en el parque y desafío su gesto de reprobación (acompañado de una falsamente espontánea tosecita), lanzando hacia ella la última carga de humo; luego, en lugar de botar la colilla en la caneca que está a menos de un metro de mi brazo, la apago contra el suelo, para que algún no fumador la barra o la recoja o le tome una foto y la suba a su muro de Facebook, acusándonos a los fumadores, no sólo de suicidas y de asesinos, sino también de incivilizados ensuciadores de parques.

Esta rebeldía, estas momentáneas ganas de transgredir, se me quitan enseguida y, como un borrego que regresa a su rebaño, voy a la tienda de la esquina a comprar un chicle, no vaya a ser que a alguien le incomode mi aliento a cenicero. Al hacerlo confirmo que los no fumadores ganaron la guerra y que yo no repetiré el destino de mi abuela; por el contrario, moriré dentro de poco a causa de una incurable insuficiencia respiratoria.

Twitter: @desdeelfrio, @OpinaElDiablo Facebook: Jorge Muñoz Cepeda