¿Qué cuernos pasó para que el cuerno, otrora insignia de prosperidad, abundancia y poder, se convirtiera en el símbolo por excelencia de la traición marital?


Nada más democrático y universal que los cuernos. Desde Lady Di hasta al más anónimo de los mortales los han padecido. De ellos es difícil salvarse. ¿Quién le va a meter cachos a un mujerononón como Beyoncé? La respuesta debería ser nadie, ¡pero qué va! Hasta a ella su marido, un tipo bastante feíto, le pegó cachos. Y unos bien grandes. Así que la vaina es pelicruspeda, pues ni siendo diva o divo hay manera de librarse de la cornamenta.

Ya sean públicos o discretos, los cuernos están ahí, acechando. Y dan para todo, para chismes de pasillo y burlas despiadadas, para llanto, para risas, para fines, para inicios. Cuando se trata de una celebridad, los cuernos le dan la vuelta al mundo y se instalan en las portadas de las revistas de farándula. De ellos se alimenta el morbo y las maledicencias. El último escándalo protagonizado por Vargas Llosa e Isabel Presley, confirma que de los cuernos no se está libre ni siquiera luego de cincuenta años de casado. Patricia, ex esposa de Llosa, seguramente detesta la cornamenta que le adorna la cabeza luego de que su marido decidiera que nunca es tarde para el amor. ¡Y pensar que antes ser cornudo daba caché!

En la antigüedad llevar cuernos en la cabeza era propio de dioses, de valientes, de elegidos. Al poderoso dios Anu lo representaban los babilonios con una corona adornada con muchos cachos; lo mismo hacían los egipcios con su diosa Isis a quien exaltaban con un par de largos cuernos sosteniendo un disco solar, o con el dios Amon Rá a quien también representaban con cuernos de autoridad. La imagen de Alejandro Magno, a quienes los árabes llamaban Iskandar (el de los dos cuernos), fue inmortalizada con caras cornudas en monedas y efigies. Así mismo ocurrió con muchos otros personajes, entre ellos el profeta Moisés, a quien Miguel Ángel esculpió, para la tumba del papa Julio II en una basílica en Roma, con cuernos de blanco mármol. ¿Y quién no ha visto imágenes de Zeus, el dios de los dioses de la mitología griega, exhibiendo con orgullo y altivez un tocado de cuernos de carnero? No queda duda entonces de que los cuernos eran exclusivos y que portarlos cabeza arriba daba prestigio pues denotaban poder y glorificación. Tener cuernos estuvo “in” por siglos.

La relación entre prosperidad y cuernos es tan vieja que tendríamos que irnos varios milenios años atrás para encontrar su posible origen. Los griegos le atribuyen tal relación a un accidente que tuvo Zeus en su infancia con la cabra que lo proveía de leche, Amaltea. La explicación mitológica es que Zeus, jugando con sus rayos y sin culpa, le rebanó uno de los cuernos a Amaltea. De ahí surgió la leyenda de la cornucopia -del latín cornu (cuerno) y copĭa (abundancia)-, en español conocida también como el cuerno de la abundancia; según la cual, a quien poseyese el cuerno roto de la cabra se le concedería todo lo que deseara. Por esa relación es que a la diosa romana Fortuna se le representaba también con dicho cuerno.

Pero como las tradiciones son como el lenguaje, las mismas no se mantienen incólumes ni inamovibles ante los ires y venires de los tiempos y sus gentes. Todo cambia, todo se transforma. Y eso pasó con los cachos. En la Edad Media, los cuernos empezaron a asociarse con el mal, con el demonio. Tal parece que el cristianismo en algún punto entre el siglo V y el siglo XV, determinó la existencia de una estrecha relación entre los cuernos y el pecado, no olvidemos que el diablo no sería diablo sin sus cachos. Las historias al respecto se enrevesan y aunque no hay claridad sobre cuál leyenda pagana es culpable de que la desgracia hubiera caído con toda sobre las cornamentas, las teorías convergen en explicaciones mitológicas que nacieron mucho antes que Jesús alrededor de las famosas infidelidades de Penélope, por un lado; y de Pasifae, por el otro. De una de ellas, o de ambas historias entrecruzadas, surgió la mala leche alrededor de las cornamentas. El semidios romano Pan, representado por un fauno mitad hombre, mitad macho cabrío, no solo exhibía un apetito sexual insaciable (por ello era el exponente máximo de la fertilidad, la lujuria, y la virilidad masculina), sino que además fue concebido, según una de las versiones que narran su origen, gracias a la infidelidad de Penélope, quien a pesar de ser esposa de Odiseo, lo engañó con Hermes y al parecer con cientos de hombres más (de ahí el nombre Pan, el hijo de todos). Por su parte, el Minotauro, mitad hombre, mitad toro, fue engendrado gracias a que Pasifae (esposa del rey Minos), sostuvo relaciones sexuales extramaritales con el Toro de Creta.

Como ven, en ambas versiones la mujer y los cachos están en el ojo del huracán. Tal vez por ello en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua la palabra cornuda no existía, solo cornudo, pues los hombres sí tenían licencia para ser infieles, no así las mujeres, a quienes se les podía castigar y hasta matar por adulterio. Tampoco habían cabronas, solo cabrones, palabra que se refería a aquellos hombres que no solo estaban al tanto de la infidelidad de sus mujeres, sino que además la consentían.

Gracias a la burla y a someter al ofendido y al pecador al escarnio público, es que en el imaginario popular terminó pesando más la asociación entre infidelidad y cuernos, que el valor proverbial que nuestros antepasados le daban a las cornamentas. Y cómo no, si la cosa llegó a tal punto que en la España de los siglos XVI y XVII era común exhibir por las calles, sobre asnos, a los maridos cabrones y a sus infieles mujeres, vestidos solo con cuernos y cascabeles sobre sus cabezas, al tiempo que un verdugo los azotaba y que el pueblo aglomerado alrededor del espectáculo se burlaba de ellos lanzándoles toda clase de improperios y ofensas. Como dice el dicho, tras de cornudo, apaleado. Quevedo, con su obra “El siglo del cuerno” en donde se puede leer una hilarante carta de un cornudo a otro, es claro ejemplo de la obsesión de la época con las infidelidades femeninas, fueren ellas aprobadas o no por el marido.

Las interpretaciones burlescas de episodios mitológicos unidas a la tendencia cristiana de asociar el pecado con un demonio con cuernos, acabaron para siempre con la grandiosidad y magnificencia de las cabezas con cornamentas. Y entonces lo que era antes un símbolo de virilidad, de hombría, pasó a ser objeto de burla y sorna hasta tal punto que se volvió costumbre dejar cuernos y huesos en el frente de las casas de varios países europeos durante el medievo para indicar que en dicho hogar el pecado había entrado. Llevar cuernos dejó de ser bien visto antes de que Colón llegara a América.

Varios siglos transcurrieron para que la simbología alrededor de los cuernos pasara de la gloria al desprestigio, pero acá, en nuestro continente, como que de eso nos percatamos tarde. O por lo menos eso es lo que se deduce al analizar sucesos ocurridos en las recientes repúblicas del nuevo continente americano una vez dejaron de ser colonias y tuvieron que diseñar heráldicas para mostrarse al mundo con credenciales renovadas. Es así como ya en el siglo XIX y con sus países independizados de la Madre Patria, varias naciones latinoamericanas incorporaron cuernos en sus símbolos patrios. Para no ir muy lejos, nuestro escudo de armas ostenta en la franja superior un par de cornucopias amarillas: la de la izquierda llena con monedas de oro, y la de la derecha, con frutos y flores exóticos; todo ello simbolizando, supuestamente, la riqueza y abundancia de la tierra de este país, y no que todos los colombianos seamos unos cornudos o unos cachones o unos cabrones. Lo propio hicieron Venezuela, Perú, Honduras y Panamá, países todos con cuernos en sus escudos.

Dudo que a los próceres que tuvieron la brillante idea de adoptar como propio esos cuernos de cabra gloriosos en lares tan distantes y en tiempos tan lejanos, se les haya pasado por la cabeza que las cornamentas serían proscritas y ridiculizadas hasta tal punto que en los años noventa del siglo pasado, la gente con rabo de paja pagara escondedero con tal de que no le cantaran el corito celestial: “y que no me digan en la esquina, el venao, el venao, que eso a mí me mortifica, el venao, el venao…” Pero una nunca sabe, tal vez lo hicieron adrede, y nos quisieron marcar al igual que milenios atrás los babilonios determinaron que de los doce signos, tres de ellos tendrían las características propias de un carnero, de un toro o de una cabra; es decir, que los nacidos bajo el signo de Aries, de Tauro y de Capricornio serían, sin más ni más, los cachones del Zodiaco.

A estas alturas del partido en donde gracias a la inmensidad e inmediatez del ciberespacio, el matoneo, la montadera, o lo que ahora denominamos bullying, adquirieron proporciones astronómicas, nadie quiere ser el cornudo del paseo. Porque no nos digamos mentiras, lo malo de los cachos no son los cachos en sí, es que debido a la sorna de propios y extraños golpean donde más duele: en la boca del ego. Especialmente si en su caso está predestinado como yo a cargarlos cabeza arriba (soy ariana), no le queda de otra que procurar no amargarse por ellos. Es preferible que se convierta en un digno y orgulloso exponente de la multitud de “cachos contento” que pueblan el mundo, a terminar pelando el cobre por una infidelidad. Por eso lo sano, lo recomendable, es que recuerde a nuestros lejanísimos ancestros y los luzca con gallardía, con altura. Como si fuera una diosa egipcia. Así.

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