Escribo esto a pocas horas de que -según las últimas noticias- el presidente Santos se reúna con Timochenko en La Habana, presuntamente para explicar los alcances de la justicia transicional y anunciar la fecha de la firma definitiva de los acuerdos de paz. Aún consciente de que una firma en un papel no significa nada, y de que, como siempre ocurre cuando finaliza un conflicto de esta naturaleza, vendrá un coletazo de la guerra, ya moribunda, y un recrudecimiento de la violencia por cuenta de las bandas delincuenciales que conformarán los inevitables elementos que renuncien a reincorporarse a la vida civil, aún consciente de todo eso, digo, la sola posibilidad de que pudiesen ser ciertas las noticias me produjo una extraña sensación de irrealidad.

Tan fuerte fue esa sensación, que quise compartirla por todos los lados posibles: en las redes sociales, en las conversaciones telefónicas que sostuve, en los grupos de chats colectivos a los que pertenezco. En general encontré un buen ambiente por parte de la mayoría de personas. Otras fueron un poco más frías, tal vez incrédulas ante la incertidumbre de lo que se avecina. Pero hubo también algunas que -por increíble que parezca- se indignaron con la noticia de que, si todo sale bien, se acabará una guerra de medio siglo, que ha costado centenas de miles de muertos y una cantidad incalculable de recursos. Más aún: despotricaron del gobierno y de los funcionarios que han hecho posible lo que parecía imposible, calificándolos con los epítetos más ofensivos que escuché en años.

Obviamente quise saber cuál era el motivo de tanta molestia. Uno de los indignados me sacó de dudas con tres frases lapidarias: "Es una paz con impunidad. A esos asesinos van a permitirles hacer política. Hoy muere la decencia en Colombia". Entiendo su molestia: quien me dijo eso es un tipo honesto, que trabaja como un mulo y aún así no logra zafarse por completo de sus deudas. Pero también veo la otra cara de esa misma moneda: dejando de lado el hecho de que -no sé con qué fundamento- da por descontado que va a haber impunidad, aquí desde hace 50 años no solo vivimos una guerra con impunidad, sino que los asesinos han hecho política a través de esos mismos 50 años. Y lo único que no hemos sido durante ese medio siglo es un país decente.

Un país decente sería uno en el que las cárceles no tuvieran pabellones estratificados según la clase social o la capacidad económica del recluso; en el que los delincuentes de cuello blanco no hicieran ruidosas jaranas de compadres con whisky y putas mientras dizque pagan sus condenas; en el que los criminales más peligrosos no terminaran encarcelados en sus propios apartamentos de lujo o simplemente viviendo libres y felices en ellos gracias al vencimiento de términos; en el que la clase política no se viniera robando consuetudinariamente los recursos de la salud y la educación de millones de colombianos, incluyendo niños que, cuando no murieron por esa causa, de adultos solo tuvieron la alternativa de la ilegalidad como único medio de subsistencia; en el que las Fuerzas Militares -nuestros supuestos guardianes- no hubiesen cometido contra la población civil unas atrocidades comparables a las perpetradas por los grupos de los que dicen defendernos; en el que las grandes y encopetadas corporaciones no conformaran carteles para estafar a sus clientes; en el que el derecho a contratar con el Estado no fuese privativo de un puñado de corruptos que se embolsillan el dinero que es de todos; en el que los funcionarios públicos no se sientiesen con la prerrogativa de creerse por encima de la ley y ya no preguntaran más que si no sabemos quiénes son ellos; en el que las sentencias por robarse un caldo de gallina en una tienda de barrio no resultasen siendo tres veces más altas que las se dan por robarse billones de pesos del erario; en el que los magistrados de las Cortes no diesen vergüenza ajena; en el que los entes de control no se hicieran favores mutuos a través del nombramiento de familiares para repartirse los presupuestos…

¿Esa es la decencia que dice mi amigo que se va a acabar con la firma de los acuerdos de La Habana? ¿No merece este país que nos traguemos el orgullo de una hipotética impunidad en favor de que se acabe una guerra de 50 años (¡una guerra!), teniendo en cuenta que de todos modos nos lo hemos tragado durante ese mismo período en favor de que un impune curubito de dirigentes criminales se hayan forrado literalmente en billetes a costa del trabajo honesto del resto de nosotros?¿No es el momento para dejar de creerles a los corruptos que nos gobiernan eso de que nuestro único enemigo es la guerrilla, y en cambio sí lo es de darnos cuenta de que ellos son uno peor? ¿No llegó la hora de exigirle a los partidos políticos cuyos discurso y poder electoral se basan en el miedo y en la guerra que cambien o simplemente desaparezcan y nos dejen vivir en paz a los que así lo queremos? ¿No estamos ya lo suficientemente creciditos como para que sean unos noticieros y periódicos abyectos al gran capital los que con su tergiversación de la realidad direccionen nuestro criterio en vez de que sea nuestra cotidianeidad de país inviable la que lo haga? ¿No es suficiente con los paseos de la muerte y otras lindezas como prueba reina de que este ha sido desde siempre un Establecimiento criminal? ¿No deberíamos de una buena vez cambiar el miedo a la paz por el miedo a que sigan gobernándonos unos criminales con la promesa de protegernos de una guerra de la que ellos mismos han sido artífices?

Ojalá la respuesta a todas esas preguntas fuese "sí", a ver si por fin empezamos -ahora sí- a convertirnos en un país decente.

Twitter: @samrosacruz, @OpinaElDiablo Facebook: Pame Rosales

(Imagen tomada de http://lachachara.org/)