Augusto sabe que no es un cobarde. No es por cobardía que no sale a enfrentar al energúmeno dueño del apartamento en el que vive, un hombrecillo sombrío que le exige a gritos que abra, que pague la deuda, que sea hombre, que empaque sus cosas y se largue. Cuando sintió el primer golpe en la puerta, Augusto se encerró en el baño y allí permanece acurrucado en el suelo, temblando, con las dos manos tapando sus orejas y el corazón amenazando con romperle el pecho. Si alguien pudiera verlo así, postrado por el miedo, patético, reducido, no pensaría que no es el temor el que lo ha obligado a esconderse, sino la piedad.

El casero sabe que Augusto, el moroso, no ha salido en días, y esa certeza lo exaspera; los golpes de puño en la puerta se han convertido en patadas y se sienten los forcejeos en la cerradura; los gritos son ahora alaridos intimidantes que retumban en el corredor y llegan hasta el baño, adelgazados pero incansables; con los minutos se ha ido olvidando de las razones de su visita y ha concentrado su diatriba en la cobardía del arrendatario que se niega a salir para darle la cara a la adversidad, para enfrentar sus responsabilidades; extrañamente, su furia se redobla porque no concibe que un hombre sea capaz de dejarse humillar de la forma en la que él está humillando al amedrentado; estas cosas las dice con la voz aún más chillona, para que los vecinos se enteren de que el inquilino del 701 no sólo es un conchudo, sino también un maricón sin dignidad.

El pobre Augusto está rezando; le pide a Dios que lo libre de esta prueba, que haga que el hombrecillo se canse al fin y se vaya a su casa con nada más que un dolor de garganta. Pero el escándalo no cesa y taparse las orejas ya no está funcionando para abstraerlo de las patadas en la puerta, sabe que está atrapado en una batalla de paciencias y que alguno de los dos contendientes terminará claudicando; tiembla y suplica al Cielo que no sea él quien termine perdiendo esta pequeña guerra doméstica tan absurda e innecesaria.

De repente hay silencio; tal vez sus ruegos han sido escuchados. Pasa un rato y no se siente nada afuera, ningún ruido, ninguna respiración. Los latidos se normalizan y Augusto enciende un cigarrillo antes de salir con cuidado del baño. Se quita los zapatos y camina con cautela hacia la puerta; se detiene a pocos centímetros de ella y trata de adivinar si el casero ya se ha ido. Cuando está punto de regresar al cuarto para seguir fumando su tristeza, aliviado y triunfante, escucha un estruendo terrible. La madera de la puerta se ha dejado vencer por lo que parece ser un golpe con un objeto pesado –tal vez un bate o un extintor­­– y la agitación en la aguda voz del hombrecillo, acompañada de tres arremetidas más que terminan por romper por la mitad la delgada lámina que los ha mantenido separados, es una prueba de que no descansará hasta irrumpir por la fuerza en el apartamento. Extrañamente, ante la inminencia del encuentro, el miedo de Augusto se ha ido; ahora sólo espera que la puerta se abra y que todo termine de una vez. Los segundos que preceden a la tragedia los usa para pensar en su condición de desempleado, en lo inútiles que han resultado sus esfuerzos para conseguir el dinero que le debe a todo el mundo y en la tendencia de los acreedores a resolver los conflictos valiéndose de la violencia, ignorando las alternativas que la ley les concede. Apaga el cigarrillo con calma y espera.

La puerta se abre ante un último estacazo y en el marco aparece el hombrecillo, el rostro enrojecido por la ira, sosteniendo una enorme varilla de metal. Camina hacia Augusto, que permanece quieto a un par de metros, y cuando está muy cerca se deja venir con una repetición iracunda del monólogo insultante de hace unos minutos.

Usted es un hampón, un ratero; ni para comer debe tener; ¿dónde está mi plata?; ¿se la tomó? ¿se la fumó?; porque cara de flojo y de vicioso sí tiene; cuatro meses llamando y nada; que la otra semana, que el otro viernes y de mi plata ni mierda; yo soy un hombre decente pero, ¿qué quiere? ¿que lo tenga viviendo gratis?; y de aquí no saca nada, esas cosas me las quedo como parte del pago; por eso es que estamos así, por gente como usted, tramposa, mantenida; dígale a la amiguita que mete aquí, que bien zorra debe ser, que le pague la deuda, para algo le tiene que servir; pero diga algo, no sea tan huevón; además de moroso, cobarde; diga algo, carajo, responda, tenga pantalones, abra le jeta y hable…

La primera cachetada hace volar por el aire los anteojos del hombrecillo, interrumpiendo la sarta abruptamente; Augusto lo toma por el cuello y lo estrella contra la pared; los ojos del acreedor se abren como platos, presos por la sorpresa y el temor; la varilla cae al suelo al tiempo que el pequeño cuerpo recibe golpes desde todos los ángulos; el rostro de Augusto no expresa emoción alguna y la paliza se desarrolla casi en silencio; la sangre brota de pequeñas grietas en la nariz y la boca del que hace muy poco era un agresor impune; Augusto aprisiona su pie descalzo en la cara del vencido y luego lo agarra por el cinturón y lo echa al corredor. Antes de regresar adentro contempla por unos segundos al apaleado hombrecillo que yace en posición fetal, temblando de miedo, llorando quedo y con las manos en las orejas, y por primera vez en todo el día pronuncia una palabras: “No era por cobarde que no quería salir. No era por eso”.

El pie descalzo deja una huella de sangre en el suelo que va de la puerta a la habitación. Augusto enciende el televisor y escucha con desdén la noticia que anuncia la firma del acuerdo de paz en La Habana.

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