Si muero pronto sin poder publicar ningún libro sin ver la cara que tienen mis versos en letras de molde ruego, si se afligen a causa de esto que no se aflijan. Si ocurre, era lo justo. Fernando Pessoa

Antes de salir del closet les diré qué tuvo que pasar para que hoy, 29 de septiembre de 2015, a las tres y media de la tarde, esté sentada en mi cuarto redactando lo que parece un testamento. Yo no estaba grabando ningún desafío cuando la cubeta de hielo me cayó en la cabeza, no. Estaba leyendo la última columna de Héctor Abad Faciolince en El Espectador a raíz de la reciente muerte de Carmen Balcells, la mítica agente literaria del boom latinoamericano, cuando ¡soácata!, lo que parecía un homenaje de despedida para una mujer inmensa que dignificó la escritura en nuestra lengua, se convirtió de repente en un chubasco que me dejó toda emparamada.

En el párrafo que más me impactó, Abad es enfático al referirse a la vanidad del medio al que pertenece, concluyendo:

“En general es mentira que a los escritores no les importe vender libros. El supuesto desapego a los bienes materiales, el desprecio por la fama y el reconocimiento, es algo que se inventan algunos escritores sin éxito…Si tienes éxito, te pavoneas del éxito y exhibes tus medallas; si fracasas, también te pavoneas del fracaso y desdeñas como comerciales a los exitosos.”

Y tal vez tenga razón. ¿Quién le va a creer a Gabo que escribía para que sus amigos lo quisieran más?, ¿quién va a comerse el carretazo de que Wole Soyinka escribe por puro y físico masoquismo?, ¿quién va a tragarse el cuento de que Gesualdo Bufalino escribía para vencer la amnesia?, ¿quién va a estar de acuerdo con que Cioran escribía para vengarse, o que Borges escribía para no sentir remordimiento si dejaba de hacerlo, o que Vargas Llosa escribe porque es su manera de vivir, porque no concibe otra? ¿Cómo creerlo, si es claro que quien escribe lo que quiere es vender y vender y vender? Ser famoso, tocar el cielo con las manos, caminar por alfombras rojas, recibir premios y reconocimientos y aplausos, exhibirse, pavonearse, contonearse: eso es lo que buscan quienes escriben. No más. Y quienes no lo logran, me refiero al “éxito” reflejado en miles de libros vendidos, fingen, hacen alarde de su condición de desprendidos. Pero ese desapego no es real, es impostado, la careta del farsante, del envidioso, del fracasado. Si lo dice un escritor, uno reconocido como Abad, esa vaina debe ser cierta, dirán muchos. Pero yo, yo no lo creo.

Y como no pude lidiar con el desconsuelo que me produjo su diatriba, me quedé patinando varios días alrededor del tema. Pensando en mi propia muerte y en lo que esconden mis gavetas. Sé bien que Héctor Abad se refiere es a escritores con libros publicados, no a los otros, a esos anónimos que escriben porque sí y que no mueven ni un dedo para ver su obra en estantes de librería, que los hay. De esos no se habla, ¿para qué? Si no son capaces de mostrarse, si carecen de lo que se requiere para salir al ruedo y entrar al mundo de la vanidad, no cuentan, no suman. No venden.

Es la primera vez que lo digo en voz alta: soy escritora. Lo supe antes de que dos dígitos determinaran la edad de mis dedos. Cuando escribí la primera carta que metí bajo la puerta del vecino -diez años mayor que yo- por el que suspiraba cuando tenía seis, ya lo sabía. Tal vez lo supe, aunque no estoy segura de ello, cuando aprendí a leer a una edad a la que los niños hablan y cantan a media lengua, pero no leen. La certeza creo que apareció luego de devorar El Principito, pero no lo puedo asegurar tampoco, fue hace mucho tiempo y la memoria falla. Lo que sí sé es que lo presentía desde antes de percatarme que la belleza de las letras del abecedario tenían el don de hipnotizarme (y de obsesionarme). Era un llamado, uno que me avergonzaba a veces, uno que intenté esconder todo lo que pude. Dichas o escritas, las palabras eran las mismas, pero en el papel me fluían, cobraban vida, como un torrente imposible de contener valiéndome de un vaso.

Escribí por mucho tiempo para otros, por encargo. Desde ensayos hasta las palabras leídas en la misa del colegio. Desde cartas hasta poemas de amor. Bienvenidas, despedidas, tarjetas de cumpleaños. Otros narraban la historia, el resumen de los hechos, y yo de ahí me inspiraba para darle voz a voces ajenas. Pero al tiempo escribía mis cosas, las mías mías, las que me perforan, las que me taladran, sin que nadie lo supiera. De noche, cuando todos duermen, yo escribo. Así ha sido siempre. El insomnio, mis letras y yo. Y todo eso lo he guardado con recelo, con pudor, durante décadas. Ni en este blog ni en mis redes sociales ni en ninguna otra parte, he publicado jamás mi literatura. Como periodista me muestro sin rodeos, como escritora me oculto. No por vergüenza ni por falso desapego ni porque dude de mi talento. La razón es otra: Yo, María Antonia Pardo Jiménez, escribo para las gavetas. Lo confieso.

Para no descoserme, por eso también. No es por placer, no es por gusto, no es por ego. Escribo porque a pesar del dolor que me produce escribir, es mi única opción, es la única salida de mis callejones sin salida, de mis laberintos. Escribo para llorar, y también para dejar de hacerlo. Escribo para pensar y para olvidar y para recordar y para no volverme loca. Si estuviera en mis manos elegir, no escribiría. No escribiría porque cada que lo hago, muero. Muero y resucito. Por absurdo, por loco que parezca, escribo para engavetar, no para publicar. ¿Por qué? Tampoco lo sé bien. Supongo que me puede el miedo, verme desnuda en la mitad de la plaza arrancándole de paso la ropa a los míos.

En mi mesa de noche está todo lo que he escrito en treinta años. Ahí, en memorias usb y en discos duros externos y en hojas de papel, están mis tripas y mi estómago y mi matriz, lo que he parido aparte de mis hijos. Soy escritora, una que escribe porque no tiene más opción que hacerlo, una que escribe para no vender libros, una que escribe para no ser leída por multitudes. Lo que he abortado también está ahí. Trozos y trazos y múltiples intentos por contar mis cuentos. Junto a cachivaches, a fotos viejas, a recuerdos, a aretes sin su par; están mis poemas y mis cuentos y una novela a medio hacer sobre la vida de mi familia. Y el relato de una historia de amor que si llegara a cobrar vida, en el primer párrafo de la primera página diría: Él fuma.

Pasa el tiempo y el pánico escénico permanece, no me suelta. Sigue el misterio alrededor de qué hago cuando no hago nada por estar pegada al teclado del computador. Y como sé que mañana es hoy, y como estoy convencida de que no todo lo escrito vale un árbol, y como creo profundamente que también hay dignidad en las gavetas; si yo, que soy su madre, no permito en vida que esos críos míos vean la luz del sol, cuando muera, si muero pronto:

¡QUEMEN LAS GAVETAS!

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo