Cuando el miércoles pasado en La Habana se estrecharon las manos Juan Manuel Santos y Timochenko, nadie en Colombia pudo ocultar sus verdaderas emociones: algunos estuvimos algo eufóricos (tal vez exagerada y prematuramente); otros, indignados. O al menos eso mostraban nuestras redes sociales. En las pantallas ocurría algo similar: Uribe enrojecía de furia, Timochenko sonreía un poco. Hasta a Raúl Castro, que ni siquiera es colombiano, se le veía satisfecho. La única excepción fue el presidente Santos, a quien durante todo el asunto se le vio completamente inexpresivo.

En ese momento yo veía la transmisión con otras personas, y las opiniones se dividieron: uno opinó que estaba desconcertado, otro aventuró que tal vez lo que estaba era triste con lo conseguido, y hasta hubo quien asegurara que era vergüenza el sentimiento que embargaba al presidente. Yo no supe qué creer, tal vez por la emoción del momento, y me tomó siete días darme cuenta de que esa que tenía Santos el miércoles pasado era simplemente su cara de póker, que es el semblante inescrutable que adquieren los mejores en ese juego.

Me explico: Santos ese día mostró voluntariamente una carta (y ocultó otra, como ya veremos). Pero no mostró una cualquiera, sino tal vez la más sensible: la correspondiente al único tema de todos los tratados en la Mesa que parece importarle al vengativo y pendenciero espíritu colombiano: la justicia transicional. ¿Por qué lo hizo Santos, si nada lo obligaba a ello y era además ir contra aquello de que "nada está acordado hasta que todo esté acordado"? La explicación de que se trató de un simple show mediático resulta más ingenua que fácil: alguien con la habilidad de Santos no iba a exponerse de esa manera a estas alturas del partido. No: el fin era otro: que los demás jugadores mostraran su juego. Y -tal cual- así lo hicieron.

La primera reacción era más que previsible: provendría del rufián que desarma la mesa de juego de un patadón cuando no es él quien va ganando: menos de dos horas después del apretón de manos de Cuba, el expresidente Uribe leía en televisión un sartal de falacias en contra de los acuerdos divulgados. Luego no pasó mucho tiempo antes de que el jugador tramposo tratara de sacar una carta de debajo de la manga: en una entrevista con Piedad Córdoba, Timochenko calificó de "interpretaciones unilaterales" las que dio el gobierno a los puntos del acuerdo. Como quien dice: "quizás no estoy tan de acuerdo con el acuerdo". Apareció también quien, molesto porque no lo invitaron, quiso entrar a la mitad del juego: el fiscal no tardó en anunciar que un eventual tribunal podría judicializar al expresidente Uribe. Y también se manifestaron los observadores internacionales del juego: la Corte Penal Internacional se mostró conforme con lo revelado, al igual que el gobierno de Obama a través de Bernard Aronson, el enviado especial de Estados Unidos. Y ya dije lo de Raúl Castro. Hubo -naturalmente- voces inconformes, como la de Human Rights Watch. Pero todos se destaparon, que era el propósito de Santos.

¿Y la carta que Santos no mostró? Ahí va: ayer en la mañana en entrevista con La W el ministro de justicia, Yesid Reyes, aclaró que lo divulgado en La Habana son apenas las bases de un acuerdo que aún está "en desarrollo". Habrá que afinarlo, según sus palabras. Ahí es donde está la clave de todo, porque ya los observadores internacionales y la opinión pública expresaron qué los satisfizo del acuerdo y qué no aprobarían. Y eso le da juego a Santos.

Timochenko (las Farc) sabe que por muy unilateral que él considere la interpretación que dio el gobierno, difícilmente podrá intentar imponer otras diferentes: ni los observadores ni la opinión tolerarían otra cosa. Esa presión hace que su otra alternativa sea volver al monte, y exponerse a ser dado de baja en un bombardeo. No way, dicen los americanos.

Uribe no solo perdió ese día su discapacitado caballito de batalla de la supuesta impunidad total, sino que en su precipitada declaración develó, entre falacia y falacia, sus últimas patadas de ahorcado: los puntos con los que él podría manipular a la opinión que está de su lado para torpedear el acuerdo. Dejándole, de ese modo, el camino expedito a Santos para maquillar esos mismos puntos en el proceso de afinamiento, para que queden presentables. Si Uribe dentro de seis meses interpusiera nuevas zancadillas a unos acuerdos avalados por prestigiosos observadores, y que además se parecen mucho a los que él mismo hizo con los paramilitares, equivaldría a declararse abiertamente enemigo de la paz. Y tal vez eso no se lo perdonaría ni siquiera un buen sector de sus seguidores.

De modo que con el visto bueno de una parte importante del mundo, con sus adversarios descubiertos, y con seis meses para torear pequeñas pero legítimas tormentas, como la desatada por el fiscal, Santos justifica y explica la cara de póker que tuvo durante todo el acto de La Habana. Y -ojalá- dentro de seis meses, al descubrir sus cartas, nos muestre una escalera real.

La escalera real de la firma de la paz en Colombia.

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