El lingüista Noam Chomsky es uno de los favoritos de las redes sociales, por sus opiniones y sus frases elocuentes casi perfectas, que nos llegan cada tanto, denunciando el capitalismo, el papel de los EE UU en el mundo, la inmigración a Europa, la política americana, Israel, la falta de compasión y solidaridad que reina en el mundo, la indolencia de las sociedades desarrolladas y un largo etcétera. Frases, que dichas o no por él, son casi que irreprochables, y que los bien pensantes de internet repiten como loros. Sin embargo, unos pocos critican esta actitud. Tal vez uno de sus más conocidos adversarios fue el fallecido Christopher Hitchens, quien señalaba que Chomsky había preferido conservar su superioridad moral en vez de actuar o al menos tomar partido por mejorar al mundo. Y no es que Hitchens fuera un adversario ideológico extremo de Chomsky, bien conocido era su ateísmo y su ideología liberal. De hecho Hitchens era seguidor de la vieja idea sartriana del escritor comprometido con su tiempo. En su autobiografía Hitch 22 relata cómo en un viaje a Irak se montó en un jeep con unos kurdos que tenían en el espejo unas fotos de los dos George Bush, y al preguntarles el porqué le respondieron: “Si no es por la decisión de estos hombres nosotros no seriamos libres”. Algo en contravía de la opinión mundial aún hoy predominante.


Volviendo a Chomsky, su caso es ejemplo del uso y abuso de la información que nos llega en internet. Hay en la red demasiada información manipulada que, desde un supuesto de superioridad moral, pretende dejarnos sin posibilidades de discutir y de actuar. El único detalle es que el mundo no funciona así. Lo voy a explicar con dos ejemplos.

Es muy fácil criticar a Europa por poner límites a la inmigración ilegal de gente que huye de un conflicto y vive en condiciones miserables en campos de refugiados. Las fotos del niño Aylan, muerto en una playa de Turquía, nos conmovieron hasta llevar a los europeos a abrir sus fronteras y recibir a los refugiados. Sin embargo, eso se estrella con el hecho de que ningún país del mundo puede manejar esa avalancha sin que se termine causando un conflicto social, pues recibir a 800.000 desplazados requiere de una infraestructura de la que se carece. De allí que al final, las naciones solo podrán recibir unos tantos miles. Igual lloverán rayos y centellas sobre la decisión que se tome, el clásico palo porque bogas, palo porque no.

El segundo ejemplo esta tomado de la visita que Benedicto XVI hizo a España, en el marco de unas Jornadas Mundiales de la Juventud. El viaje del Papa coincidió con una hambruna en Sudán y alguien publicó que la visita de Benedicto valía 100 millones de Euros, después de lo cual vino el razonamiento de que ese dinero era preferible dárselo a los niños hambrientos de Darfur. Me llegaron mensajes del tipo “dale like” si estás de acuerdo con que Benedicto no venga a España y ese dinero se le dé a los niños hambrientos. Suena muy bien, nos empapamos de solidaridad, pero la realidad es que al final el mundo no funciona así. Imaginen a un Presidente cambiando el destino de uso de 100 millones de euros, casi que de repente; le esperaría la cárcel.

Toda esa información que busque denunciar mediante comparaciones es, en esencia, pura fraseología barata que busca conmover el corazón y fijar una posición de antemano establecida sin que por ello necesariamente se atenga a la realidad. Son frases huecas, maniqueas, manidas, llenas de supuesta sabiduría y justicia, pero que si se miran con atención encierran manipulación, el llamado a los sentimientos primarios.

En los últimos días tenemos en Colombia un acabado ejemplo de lo anterior. Hemos escuchado frases del tipo “Paz sí, pero con castigo a los culpables de delitos atroces”, “Primero las víctimas, después los criminales”, “Se está favoreciendo la impunidad”, “Se iguala a la fuerza pública con los criminales”, “No acepto que quien mató, violó o asesinó, esté en el Congreso”. Argumentos moralmente irreprochables que cuentan con sus defensores. En todas estas posturas de superioridad moral hay también mucho resentimiento, alguno será válido, pero debajo lo que queda es la pasión por destruir mediante la inacción. Porque lo ideal, para ellos, es que no exista proceso de paz. En mi opinión, si hablamos de paz, yo me sumo a lo que decían los abuelos: es mejor un mal arreglo, que un buen pleito. Ahora tenemos un buen pleito y seguramente los eternos beneficiados protestarán por ello. Pero yo sí creo en el mal arreglo, que por cierto no incluye entregar el país a la FARC.

Todas estas maneras de reaccionar e invitar a los demás a la acción no es más que una fraseología hueca revestida de una supuesta “ superioridad moral,” heredada tal vez de cierta educación formal de la cual no logramos despegarnos. Esa fraseología, que ha mutado con el tiempo, tiene un hermoso nombre: Centenarismo.

Marta Traba escribió en el prólogo del libro de Hernando Téllez, Cenizas para el Viento, lo siguiente:

El Centenarismo es una pauta de la mentalidad colombiana: un comportamiento que implica, en términos globales, la pérdida de la objetividad, la inflación de los datos culturales, el vacío informativo, la inexistencia de una confrontación con otras formas estables de la lectura extranjera. (el subrayado es mío)

Además de llevar a la irrealidad, el Centenarismo representa una manera de ser formal: el cultivo de las buenas maneras, los valores de herencia, de apellido, la fraseología ceremonial de los rituales de familia. Representa la cultura de la "gente decente", el privilegio de "parecer culto". Nada de eso tiene relación con la verdadera cultura.

Aunque es aplicable a la cultura, con cierto cuidado se puede extender a nuestra sociedad en general. En ese texto de Marta Traba basta cambiar ‘culto’ por ‘políticamente correctos’, y lo entenderán. No hay objetividad, no se analiza o pacta un punto de vista, solo se pretende imponer una idea, bajo el supuesto de superioridad moral. Muchos se sienten representados con esa frase de “gente decente” porque la gente decente es solidaria, se conmueve frente a lo que sucede a su alrededor, mientras se muestra indignada por la falta de justicia aquí o en el otro extremo del mundo. La sociedad no parece entender que esta manipulación, esta descarada información interesada, no es sino una llamada sutil a la inacción, a dejar las cosas como están. Vivimos dando “me gusta”, con carita feliz, según nuestras opiniones, y en realidad no hacemos nada, porque por fuera de nuestra pequeña oficina, o de las calles que recorremos, o de la pantalla del computador, se nos escapa una vasta realidad. De allí que tampoco nos importe realmente los deportados de Venezuela, ya el gobierno hará algo y después nos olvidaremos de ellos, fuera de gritar en la red “abajo Venezuela”, o “bienvenidos a su patria”, y cuando los veamos en un semáforo pidiendo limosna, cerraremos los vidrios de la camioneta. Nos indignaremos porque se mueran 3.000 o 50.000 niños en la Guajira (la cifra –aunque suene políticamente incorrecto- no importa), pero no saldremos a protestar por las calles por ello ni caerá al menos un ministro. Inacción pura, desde la comodidad de las pantallas del computador. Lo verdaderamente peligroso frente a esta inacción es el hecho de que dejamos el mundo en manos de unos pocos y algunos de esos pocos, francamente, son criminales vestidos de políticos honorables que sí actúan cuando invitan al odio y a dejar las cosas como están.

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