Por John Better

En la etapa de creación de mi libro Locas de felicidad decidí hacer una visita a personas y lugares que me ayudaran a afianzar las historias que allí contaba.

Uno de eso lugares fue la peluquería “Darwin”, un local ubicado en el segundo piso de una casa en los alrededores del estadio Metropolitano. El lugar era una de esas peluquerías de barrio donde todavía pueden encontrarse joyas del oficio, como el clásico “Manual del corte italiano”, o viejísimas ediciones de las revistas Cosmopolitan y Vanidades. La Maira, una chica trans experta en el tema, me enseñó pilas de fotografías donde aparecían las más conocidas transformistas de las décadas del ochenta y noventa.

Darwin, el propietario, prefería contar anécdotas mientras pasaba su máquina de “motilar” en la cabeza de un muchachito de escasos 17 años, quien estaba vestido con una camisilla esqueleto y una raída pantaloneta detrás de la cual se levantaba una combada erección que era atizada por el constante roce de Darwin, cuando accidentalmente dejaba caer la peinilla sobre el bulto del chiquillo.

En una silla de mimbre, ojeando una revista, se encontraba una loca cincuentona que parecía fastidiada cada vez que yo lanzaba algún comentario sobre las travestis que aparecían recubiertas de brillos en las antiguas fotografías:

-Qué regias se ven en estas fotos, la Dubys, la Pantoja, la Diana Verusca, La Dayanna, La Pato, La Rafa…

-¿Es que tú no sabes quién soy yo? -me Interrumpió la loca, lanzando la revista con divura al anaquel donde reposaban el resto de añejas publicaciones-. -Lo siento, pero no sé, ¿podrías decirme quién eres? -repuse ante su evidente malestar-.

-Pues marico, yo soy “la famosa Canasto”.

Por lo general las locas actuales prefieren nombres como Linda Callejas, o Fallow Lacouture. Era evidente que aquel personaje pertenecía a una generación menos pretensiosa, en la que preferían hacerse conocer con simples chapas como la Leonela, la Terror, la Cero Cero o la Loba.

-¿Y por qué la Canasto? -indagué curioso-.

-Pues niña, ¿es qué estás ciega?, ¿no ves esto que tengo aquí? – contestó-.

A lo que se refería con “esto” era un enorme canasto de cintas de colores, de los mismos que algunas señoras barranquilleras de clase media llevan al mercado a la hora de hacer compras. Del interior del objeto, la Canasto extrajo velas con forma humana, esencias, imágenes paganas y una carcomida baraja española.

-Soy adivina -dijo con algo de orgullo y se acicaló el pelo con delicadeza-.

La charla continuó, la Darwin y la Maira siguieron dándome datos, fechas de concursos de belleza “transformer” y nombres de algunas personas que no identificaba en las fotografías. La Canasto prefirió jalar una repisita de madera, desplegar su baraja y asumir una actitud de misterio, como el que se enfrenta a un jeroglífico o trata de descifrar algún pasaje apocalíptico.

Viendo ya mi inminente partida, la Canasto ofreció leerme la baraja

-Para ti es gratis –propuso-.

Le dije que no tenía tiempo y me dispuse a salir. Antes de llegar a la puerta de salida sentí su lijosa voz diciéndome: “Bueno, tú te pierdes de saber si ese libro que preparas será un éxito”. De eso hace más de dos años.

Hace un par de días esperaba la ruta que me llevaría al periódico donde habitualmente escribo mis crónicas y entrevistas. Estaba tan distraído y de mal humor por el calor endemoniado que no me percaté de la compañía a mi lado.

-¿Ajá marico, no se acuerda de mí?

Dudé por un instante, y antes de por lo menos fingir que si me acordaba de aquel extraño personaje, se adelantó diciendo:

-Niña, soy yo, ¡La famosa Canasto!, te perdono por no reconocerme, es que ya no cargo encima esa horrible cosa, ahora uso este bolso más moderno –dijo, enseñándome una burda imitación de un Louis Vuitton-, y por un instante sentí nostalgia al recordar aquel enorme canasto hecho con cintas plásticas de colores: azul, amarillo, verde, violeta, blanco…

-Pero todavía leo la baraja, ¿ahora sí te vas a dejar leer la suerte?

En la distancia el autobús que esperaba se aproximaba lentamente.

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