No hablaré de las más respetables, que no son otras que las que ejercen ese oficio tan misterioso en el cual el amor se cambia por billetes. Sí, el amor, porque todos los viajes por los infinitos territorios de la carne tienen que ver, aunque sea por unos instantes, con el amor o con su idea o con su espejismo.

No hablaré de las millones de mujeres cuyo oficio ha salvado tantas vidas, sino de las otras putas, las que ejercen el tráfico del amor poniendo en él sus cuerpos y sus almas a disposición del mejor postor, pero se niegan a reconocerse como las más profesionales de las meretrices.

Las prostitutas ocultas, las hipócritas, las solapadas, pueblan el mundo. Son nuestras amigas, nuestras vecinas, nuestras madres e hijas. Se pasan la vida ofreciendo, no sólo sus vaginas, sino también su tiempo, su presencia y su supuesta incondicionalidad, no para obtener algunos billetes; sus transacciones son más complejas porque tienen que ver con la adquisición de intangibles: tranquilidad, protección, reconocimiento, seguridad, fidelidad. Por supuesto que en este ejercicio soterrado de la putería existen también, y en gran medida, transacciones que incluyen joyas, viajes, cuentas pagadas y hasta ositos de peluche.

Creo, sin ningún resquemor que me impida renunciar a los condicionamientos morales, que esta práctica de “yo te doy siempre y cuando tú me des algo a cambio” es consustancial a la naturaleza humana, tan egoísta y vulgar. Lo que resulta francamente digno de un sainete de quinta categoría es que una mujer que amenaza a su pareja con mandar su relación a la mierda si no le garantiza un anhelado anillo de compromiso se atreva a criticar a la esquinera que regatea el precio de un rato de placer; lo que resulta impresentable es que una acompañante de burdel sea tratada como una cosa por la “respetable” mujer casada, que condiciona el sexo con su marido a que éste lleve la plata a la casa en lugar de gastársela en cerveza con sus amigotes; lo que decepciona es que las putas que no asumen que lo son se sientan moralmente superiores a quienes tienen la entereza de aceptar su oficio y de ejercerlo sin ambages.

Estas maneras de disfrazar nuestro entender el mundo, de camuflar el uso de las armas que nos han sido dadas, de sentirnos aptos para juzgar y condenar y ejecutar a los demás sin mirar nuestros rabos de paja (o de silicona pagada por quienes complacemos) es una muestra de la mezquindad y la amoralidad que nos gobierna. Los pájaros les tiran a las escopetas y los conejos se aventuran, con una pasmosa cara de yo no fui, a burlarse del tamaño de las orejas de los burros.

Quienes bien me conocen saben que en mi talante no está la discriminación de ningún tipo hacia las mujeres; no pienso en ellas como miembros inevitables de un grupúsculo de seres inferiores; he levantado mi voz muchas veces en contra de la violencia de género y de la violencia sexual, la más repugnante de todas. No se trata este texto de un arrebato machista, sino de la reseña crítica, no de un comportamiento generalizado, sino de su ocultamiento y de cómo se cree que el hecho de esconderlo lo hace desaparecer, poniendo a sus participantes (ofertantes y demandantes) en el privilegiado escaño de los depredadores.

Lo ideal, lo edificante, lo hermoso sería que las relaciones entre hombres y mujeres se basaran en la incondicionalidad, la transparencia y la renuncia a las condiciones, y que el afecto, con sus sombras y sus miedos y sus incertidumbres, fuera asumido sin reservas, aún si sus consecuencias son el sufrimiento o el olvido. Pero es una verdad insoslayable que así no funciona el mundo, el que hemos construido a imagen y semejanza de nuestros egos e inseguridades.

Y si las cosas son así, si no podemos huir de nuestro destino de mercachifles del amor, por lo menos deberíamos aceptar que todos los días convivimos, como compradores y vendedores, en este gigantesco puteadero en el que hemos convertido el mundo; y, por supuesto, callar cuando se nos vengan a los labios las palabras del odio, la estigmatización y la condena a las millones de mujeres que ejercen, sin negarlo, el antiguo oficio en el que el amor se cambia por billetes. Porque ellas son iguales de putas a sus acusadoras, a las que se ocultan detrás de las puertas para poder intercambiar sus cuerpos y sus presencias y sus tiempos por una casa, un culo falso o un anillo de compromiso.

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